lunes, 6 de mayo de 2013

CAPÍTULO VIII “El Batán”


 


 Desde esta mañana, un cielo gris se aplomaba sobre el cerro, amenazando tormenta. "Claro al Tajo, sierra oscura: lluvia segura", ¿En cuantas ocasiones este augurio se mostró acertadísimo a lo largo de la vida? ¿Porqué el refranero mostrará, tan a menudo, más ciencia que el satélite meteosat?, supongo que se debe al pálpito que de la naturaleza tiene la propia naturaleza (el hombre del campo es al fin materia del mundo, el hombre de la ciudad un extraterrestre).

       Qué poco interesa a los jóvenes la información del tiempo y la trascendencia que le damos los viejos, que permanecemos ajenos a las noticias del mundo como si ya no fueran con nosotros, y sin embargo hacemos callar a todos  cuando aparecen las isobaras .Mientras que el futuro para unos es una entelequia, para nosotros lo más que tenemos como porvenir es el día siguiente, por eso el hombre del tiempo se nos representa como un augur, un chamán, un arúspice que adivina el futuro.

      ¡Cómo han cambiado las cosas!, desde los tiempos en que el parte metereológico tenía la familiaridad de la tiza al dibujar las ondas que producían los anticiclones (como piedras tiradas sobre el estanque de la pizarra), a la producción apabullante y hollywoodiense actual que representa el devenir de los frentes fríos y las borrascas como la guerra de las galaxias. 

      Poco después de mediodía, el fuerte estampido producido por una descarga eléctrica fue el pistoletazo de salida de un descomunal aguacero, que fue derivando en una llovizna constante y monótona. Yo la miraba caer, anestesiado por su melodía dulce y repetitiva y por el calor del brasero (ombligo de la casa). Las manos de la lluvia redoblan sobre el tambor de los charcos y las gotas son saetas de cristal sobre el cristal de la ventana, jalbegando de pompas el umbral del suelo. La fragancia sincera y profunda de la tierra húmeda me parece que es el olor del mundo.   

      En otros tiempos la lluvia me entristecía y las nubes parecían arrastrar cadenas sobre la tierra. Mas ahora las creo caravanas festivas y esponjosas que salpican de confites las calles y puedo oí r la jácara de las rosas y la risa del agua.  El calor del picón conforta mi cuerpo y el humo del cigarrillo complace mi espíritu. Sé que no me conviene fumar, pero ¿Cómo ahuyentar los fantasmas del álbum de fotos si no es con el ritual silente de la boca sorbiendo el alma del tabaco?.

 Ahora recuerdo un día como este que, tras la escuela, me escape (una vez más) hasta el Batán, para ver los toros de Don Joaquín Asensio. Este había hecho una envidiable fortuna con el estraperlo  y había comprado una vacada y un semental del Conde de la Corte y quería compensar  con la nobleza de  sangre de los toros  el abolengo que él no poseía. Pese a los esfuerzos que hizo siempre por borrar su genealogía, le siguieron conociendo por el mote de su padre, “adobasillas”, ya que este se había ganado la vida arreglando sillas   y canastos por los pueblos.


A Don Joaquín le irritaban sobremanera los curiosos y husmeadores, como había demostrado con gran violencia a quienes, en alguna ocasión, habían osado traspasar los linderos de su finca y mi madre me había advertido  afanosamente de que no me acercase a sus tierras en el Batán. Pero los buenos consejos se olvidan pronto, y si el hombre tiene una gran capacidad para apartar de su memoria lo que no le es grato, un niño simplemente no tiene memoria.

      Con gran sigilo me acercaba a la pared, que excedía unos palmos mi estatura, me aupaba entre los resquicios de las piedras y asomaba la cabeza vacilante. En el acto todos los toros, novillos, erales y chotos se agrupaban marcialmente. Siempre realizaban los mismos pasos ,primero se alejaban atropelladamente, y luego se acercaban pausadamente, siguiendo al semental en una especie de coreografía aprendida. Después, siguiendo como un ritual, permanecían estáticos mirándome con la misma atención y curiosidad que yo les miraba. Pero aquel día tormentoso los animales estaban dentro de unas portaleras y yo no llegaba a distinguirlos bien. Sobre el tejado un fresno imponente extendía sus ramas que sobresalían del saledizo. Sin pensarlo dos veces gatee por sus ramas blancas y elásticas, intentando llegar a un lugar óptimo para contemplar los astados. Pero la madera resbaladiza hizo desasirme y caí en una monumental costalada, que fue amortiguada en parte por el lecho de barro y estiércol ablandado por el agua y hollado por las pezuñas.

      Aturdido por el golpe, aún estaba recorriendo mentalmente las partes de mi cuerpo que estaban dañadas, cuando de repente sonó un mugido profundo y furioso que retumbó sobre la voz del agua y los campos. Tumbado boca a bajo, tal como había caído, ladeé la cabeza ligeramente y pude ver a un toro que se dirigía hacia mí con un brillo dominador e inquiriente en sus ojos. Fuese por el trastazo fuese por el miedo, la realidad es que no me podía mover, como ocurre en las pesadillas, despertando luego con gran angustia, pero ahora, para mi pesar, estaba bien despierto y sólo me quedaba sepultarme en el lodo, con las manos sobre la cabeza, adoptando la postura defensiva aprendida a los toreros, para ofrecer el menor flanco posible. Se frenó el toro justo encima e incomprensiblemente no me atacó. Sentía su respiración fuerte sobre mi cuello, como si me estuviera olisqueando, luego giró a mi alrededor y ante mi asombro empezó a orinarme encima, con total desvergüenza y descuido de mi orgullo, para mayor afrenta de mi honra y salvación de mi culo. Estuvo merodeando un rato a mi lado, y luego se marchó con total desdén. 

      Una vez pasado mi gran sorpresa fui reaccionando y sobreponiéndome al estupor que me calaba más que la lluvia. Me levanté y fui retrocediendo muy lentamente, sin perder de vista la manada que se guarecía bajo el techado. Me pareció ver en las vacas un gesto de burla fina y disimulada pero no podría asegurarlo. Cuando me encontré al otro lado de la valla corrí como poseído hacia mi casa haciendo saltar los charcos al mismo tiempo que rezaba. No se debía al miedo sino a un desbordante sentimiento de alivio y agradecimiento a la vida. Por primera vez tuve la conciencia de lo sublime que puede ser la existencia al mismo tiempo que efímera y quebradiza.  No tuvo tanta suerte en el Batán “Bombita”, el maletilla.

 

CAPÍTULO VII “Los titiriteros”


               Mañana será la noche de reyes y aún no he comprado los juguetes de mis nietos. Cuando lo hacía para mis hijos realmente me encantaba, la llegada de estas fechas me ilusionaba tanto o más que a ellos, pero ahora se ha convertido en una tarea fría e ingrata. Entonces disfrutaba pensando en la cara de felicidad que pondrían al abrir los paquetes, arrancando impacientes las cenefas que los envolvían y corriendo jubilosos a enseñárselos a su madre; y también, porque mi alma de niño se entusiasmaba terriblemente con todos aquellos prodigios de la mecánica y el juego, que yo nunca pude tener. Sin embargo los niños ahora tienen todo tipo de artilugios y muñecos, y ya pocas cosas le hacen ilusión, en cuyo caso, las desechan a los tres días para devolver su incondicional atención al aparato de televisión, que, por el magnetismo que en ellos produce, podríamos hablar del nuevo flautista de Hamelin.

               

                En mi infancia, los únicos regalos que recibíamos los escondía mi madre en la troje, y nosotros los buscábamos entre los numerosos intersticios que había entre la solera y el tejado, y eran unas pastas de harina, huevo, azúcar y manteca que había cocido al horno mi abuela o unas almendras bañadas en almíbar, y a veces, en alguna ocasión especial, un puñado de monedas de cobre. Entonces no se compraban juguetes, los juguetes se hacían. Por supuesto que eran más toscos y menos vistosos, pero curiosamente producían mayor diversión y entusiasmo. Tengo la impresión de que, en estos tiempos del suicidio del comunismo y la inmortalidad del consumismo, los hombres han sido arrebatados por los cantos de sirena de la publicidad y se han convertido a la nueva religión que profetizan los anunciantes. Se acaba con la fantasía, esa capacidad necesaria en el hombre de dar forma sensible a las cosas ideales, de idealizar las reales, y condenamos a nuestros hijos a la pena de creer que no se puede ser feliz sin adquirir más de lo que se tiene. Estamos terminando con la oportunidad de sorprenderse por las cosas, y esto no ocurriría si dejáramos que las descubrieran por ellos mismos, teniendo la posibilidad de conocer la realidad sin la mediatización de los intereses comerciales de las grandes empresas.

                 Y así en otras muchas áreas de entretenimiento que han subyugado a la humanidad desde sus comienzos, y que, ahora, parecen perderse en esa memoria atávica que nos define como especie. El teatro, la más antigua y apasionante manifestación del espíritu y el arte, que secularmente se ha repetido con la mayor admiración y deleite, en toda época y civilización, muere actualmente de inanición, causada entre otras cosas por la ansiedad de su hijo pródigo el cine. Los libros son arrojados, cada vez más, por la juventud, al ostracismo de las estanterías, pues prefieren la imaginería impuesta y estandarizada de los videojuegos que la que creamos, imaginativa y personal, cuando leemos una novela. Y que tristeza me produce observar las pobres y nada bulliciosas colas a la entrada del circo, recordando la excitación y algazara que nos confería la llegada de los titiriteros. Niños y mayores salíamos a las afueras del pueblo a recibirlos, y ellos correspondían a nuestra bienvenida con la música rimbombante y acerada de sus trompetas y la alegría y algarada de los platillos y panderetas, todo ello acompañado del son hueco y repetitivo del tambor.


Acudían puntualmente a su cita con la villa cada año, entorno al mes de abril, coincidiendo con la llegada de la primavera y tras el obligado parón por el recogimiento debido durante la cuaresma y el lógico rigor de la semana santa. Al atardecer, cuando el pueblo se encontraba aún entre dos luces, las calles se convertían en un fluir de personas, que con sillas y bancos, se dirigían prontos a la plaza para poder reservar luego un bueno sitio. Tras la cena, apresuraba nervioso a mis padres para dirigirnos a ocupar nuestro lugar y no perder ni un instante de tan esperado espectáculo. ¡Cómo me seducía aquel montaje!, unas grandes teas encendidas con astillas resinosas, que alumbraban a modo de hacha, enmarcaban el escenario, dándole una apariencia misteriosa y rutilante. El telón, que en algún tiempo habría tenido una apariencia suntuosa y rica, ahora presentaba un color indefinido, ajado por la insidiosa acción del tiempo y la farándula.

                 Un redoble impetuoso y metálico, que iba aumentando progresivamente su potencia y ritmo anunciaba el inicio de la función. En ese momento, aparecía el maestro de ceremonias, que con el torso desnudo, dorado turbante y un alfanje sarraceno colgando de la cintura, se dirigía con gran ceremonial al público diciendo:

                -"El gran circo oriental, llegado de las lejanas y tórridas tierras de Arabia y Berbería, tiene el placer de presentarles el más sorprendente y admirado espectáculo que en el orbe mundo jamás se haya visto. Hemos atravesado, de uno a otro confín, las anchurosas y encrespadas aguas de toda la mar océana, fondeado en las más maravillosas e ignotas islas, que la mente imaginar pueda, y salvado las escarpadas y nivosas cordilleras de los países andinos y el Asia. Y todo este aventurado periplo nos ha provisto de las más asombrosas historias y las más increíbles pericias, que ahora tenemos el gusto de ofrecerles".

                 El espectáculo comenzaba con la actuación de los volatineros, que daban impensables piruetas y arriesgados saltos, además demostraban su admirable equilibrio en un meritorio número de funambulismo en una estructura elevada 5 metros sobre el escenario. Los aplausos acompañaban cada acción y yo, boquiabierto, no perdía ni un detalle. A continuación le sucedía un fornido personaje, presentado como descendiente de los heraclidas, que con unos brazos descomunales doblaba barras de hierro, con total facilidad, como si fueran retamas, y levantaba inmensas pesas. Así se fueron siguiendo, no menos dignos de elogio, unos perritos pequineses amaestrados, un faquir que ingería espadas y escupía bolas de fuego, haciendo gala de una magnífica digestión, y unos histriones que se daban una incruenta paliza, que siempre terminaba con alguno de ellos cayendo aparatosamente y dando un gran golpe con las asentaderas en el suelo, lo que conseguía terribles carcajadas y regocijo, sobre todo entre los infantes.

Pero sin embargo, lo que a mí más me atraía era la actuación de un falso anciano, con luenga barba postiza, que a modo de romancero, vestía unos desastrados pantalones y unos lastimosos borceguíes, cuya función era dar tiempo para cambiar los decorados y prepararse los artistas, como el papel ingrato del entremés, narrando en verso increíbles historias e ilustrándolas con un puntero sobre unos pergaminos con viñetas que enrollaba sobre un caballete. En cierta ocasión, y tras haber relatado los atractivos monumentos y considerables beldades de lugares remotos y las maravillas de países feraces y venturosos, se bajo entre el público y acompasando el tono de su voz a sus palabras, creó un clima de complicidad y anuencia que hacía pensar a su audiencia que iba a revelar guardadísimos secretos o verdades superiores transmitidas, y entonces confesó:

                -"Pero de todas las naciones, de todos los imperios, emiratos, satrapías y repúblicas que yo haya conocido, es España la más admirable y digna de loores, la más feliz y deseada tierra que jamás alma mortal pudiera haber soñado. Su producción posible en plantas propias y exóticas, y en toda suerte de cereales y legumbres, sustanciosas y nutritivas, sobraría para mantener, al menos, un número de habitantes el doble del que ahora tiene. Júntese luego a esto sus innumerables y pingües viñedos, tan ricamente variados, sus campos y selvas de olivares, sus populosos naranjeros que al aire libre se levantan más altos que los cedros, sus limonares, sus limeros, sus afamados higuerales, sus bosques de castaños, sus nogueras colosales, sus paraísos de frutales, sus avellanos, sus almendros, sus palmeras y palmitos, sus espesos encinares de la edad dorada, sus madroños, , el moral y la morera, pasto gustoso y natural del preciado cerdo ibérico, Y que decir, amigos, del reino animal: en el ganado lanar aventaja España a las demás naciones por la excelencia de su lana; y los caballos, que traen su fama desde el tiempo de los romanos, por los cuales eran llamados hijos del viento, llevándose entre todos la palma los caballos andaluces, en cuanto a su finura, belleza, elegancia, agilidad y viveza”.

                Pronunció el romancero estas palabras tomado de una inspiración volcánica y arrebatadora, su voz guiada de un entusiasmo angélico, lejano de la afectación propia del comediante. Para la mayor parte de los allí presentes, aquello no dejó de ser el relato brillante de un cuentista ingenioso, la demostración esplendorosa de un tahúr de la palabra para quién una frase no es el mero atrezzo de una idea. Pero para algunos pocos, el fuego de su voz fue como una pavesa en el pasto seco de sus conciencias. Se alumbró una idea inquietante: "Si nuestra tierra no es peor que otras, ni nuestros hombres menos sabios y esforzados, ¿Porqué la nación padecía miseria y estrecheces?, una nación que tiene como libro de cabecera la cartilla de racionamiento y que fracciona la ilusión en cupones, una nación que entona penitentemente el miserere y nunca el "Gloria in excelsis Deo".


                 La exposición del comediante quitó la venda de la inocencia de los ojos del conocimiento, como el labrador que desembaraza la cepa de la tierra con la que la había abrigado, para dejarla en la libertad de su vida y de su fuerza.     Al terminar la representación, las gentes abandonaron la plaza alegres y resueltas, pero unos pocos quedaron en sus asientos, como viendo los títulos de crédito en el interior de su corazón, representando el sueño de una España ubérrima. Don Manuel, el maestro, se acercó a las bambalinas y se quedó hablando durante largo tiempo con el actor. Me hubiera gustado acercarme a su lado para escucharles, pero mi padre ya me había agarrado la mano y me conducía a casa, en la otra portaba una silla (y no sabía cual de los dos era más trasto).

      A la mañana siguiente, en el colegio, aguantaba el aburrimiento como podía. Al fastidio que ya de por sí me producían las clases, se unía el atontamiento producto de la falta de sueño. Pasé gran parte de la noche recordando cada detalle del espectáculo, en mi cabeza giraban, como en un caleidoscopio, las imágenes de la función confundidas con las de exóticos lugares y mares sin techo. Pensé, por primera vez, en que sería mi vida: ¿Permanecería siempre en el universo minifundista de mi pueblo, como mi padre, o llegaría a descubrir, alguna vez, la cara oculta de la tierra?.

 
      Estaba en medio de estas abstracciones y el sopor de la lección recitada, cuando sonó la puerta. Todos mirábamos expectantes siempre que esto ocurría, la experiencia nos decía que detrás de la puerta siempre había algo que rompía la monotonía y el tedio, y cualquier distracción, por breve que esta fuera, se convertía en motivo de fiesta. Pero ni nuestras más fantasiosas y lúdicas mentes infantiles podían imaginar lo que nos aguardaba. Don Manuel entreabrió la puerta y, con sonrisa de satisfacción, entró compañado del titiritero y, para nuestro asombro, estaba ataviado con el mismo disfraz de ciego romancero que había vestido la noche anterior. Don Manuel le había convencido para que compusiera una serie de romanzas como las que acostumbraba a cantar, con ese soniquete característico que alarga las últimas sílabas del cuarto verso. Pero esta vez, en lugar de narrar sucesos y chismes(muy del gusto de los convecinos ,sobre todo de algunas mujeres de naturaleza murmuradora) debía tratar sobre hechos de la historia de España, para provecho y deleite de los estudiantes. Comenzó con la unidad de los reinos católicos y terminó con la guerra de liberación contra los franceses, cuatro siglos de gestas y penuria, de hazañas y pobreza.

      Estoy convencido de que si, aún hoy, preguntaran a los supervivientes de aquel curso sobre nuestra edad moderna, sabrían dar respuesta a muchas cuestiones, y todo eso gracias a la seducción de aquellos dibujos y la sonoridad de las palabras. Todavía recuerdo como comenzaban aquellos versos:

 

               Don Fernando e Isabel

               reúnen en sus banderas

               a castillos y leones

               las barras aragonesas.

  

               Pierde el moro cuantas plazas

               aún en España conserva,

               y luego en las Alpujarras

               nuevo escarmiento le espera.

 

               De moriscos y judíos

               libre la española tierra,

               en tranquilidad ganó

               lo que en riqueza perdiera.

 

               Celo por su religión

               los dos esposos demuestran,

               si como justos castigan

               como magnánimos premian.           

 

 

CAPÍTULO VI “El padre Cristobal”


 
 

                El padre Cristóbal fue el sacerdote elegido como  sustituto de Don Dimas. Cuando llegó a Castillo de Bayuela contaba 26 años y estaba casi recién salido del seminario. Había pasado 8 meses como coadjutor en la iglesia-ermita de la Virgen del Prado en Talavera de la Reina, y que, por sus desusadas dimensiones para lo que era su función original de lugar de refugio y descanso de la venerada imagen, era tenida como la más grande del mundo cristiano. Su período de aprendizaje se vió interrumpido, antes de lo previsto, por la desgraciada vacante producida en un pueblo cercano, (que aún lo sería más en su corazón), perteneciente a la archidiócesis. Y he aquí que, sin apenas haber tomado conciencia de la nueva tarea encomendada, se encontró ante la doble y ardua misión de hacer iglesia, no sólo en el sentido místico y pastoral sino en el más puro sentido físico. Durante las primeras horas que pasó en el pueblo una gran angustia y desazón le atenazaban debido a la significada responsabilidad que le aguardaba. Se le pasó por la cabeza, incluso, pedir el relevo al vicario. El desasosiego, no mitigado con la oración, le hacía reflexionar penosamente: ¿Será esta misión un designio del cielo?, ¿Estará poniendo a prueba Dios el verdadero valor de mi promesa ecuménica?, ¿Seré capaz de llegar al sacrificio supremo como lo fue Cristo por su iglesia? ¿O como lo fue Don Dimas por la suya?

                Pero entonces pensó en lo que había sido su vida y esto le serenó: nació en una familia humilde, era el menor de 6 hermanos. Su madre había muerto en el parto, así que su padre, que era pastor de ovejas, viudo y ausente la mayor parte del tiempo de su hogar, pensó que la mejor solución para la cría del más pequeño era enviarle al seminario de Pamplona. Allí, interno con los padres dominicos, podría tener cuidados y una buena formación hasta la edad en que, si su inteligencia y disposición  lo hacían posible, estudiaría teología y, una vez ordenado, vestiría los hábitos.

                 Cuando llegó con 9 años a la puerta del colegio-seminario para infantes "Santo Domingo", a las afueras de la ciudad, junto a la carretera empedrada que lleva hasta Estella, se sintió convicto de una pena no conocida ni consentida. Aquellas pulcras y simétricas naves, los espaciosos comedores, los ordenados dormitorios sólo le parecían una cárcel camuflada, una prisión oculta. Añoraba su sencilla cabaña de madera  y adobe, en ella vivía con la pobreza, pero esta era bien aceptada al ser compartida con el calor de la familia y el cantar de las perdices, que, encerradas en jaulas, aguardaban la cacería que organizaba anualmente el nombrado prócer para invitados y amigos. Pero aunque, durante mucho tiempo, su actitud distante y enigmática, así como ciertas ausencias, no convencían del todo al prior, ni a él tampoco, sobre su vocación, el tiempo y la lectura le fueron afirmando en la creencia de que el servicio a Dios, a más de ser un buen remedio para apaciguar el propio espíritu, era el mejor, del que podía servirse él, para reconfortar y aliviar el alma de sus semejantes, y por primera vez, se le ocurrió pensar que, con su vida, podía hacer algo verdaderamente importante.

 


CAPÍTULO V “La quema de la iglesia”



                 Era casi medianoche, una "calima" agónica se había instalado durante el día consintiendo una noche ardorosa y densa. Las gentes se encontraban en la calle, sentadas en sus sillas de espadaña, conjurando su conversación a la brisa más ligera. Algún otro, tumbado sobre una áspera manta de Pedro Bernardo, caía en una especie de modorra transitoria en la sombra de la charla de sus convecinos. De improviso, el cielo se tintó del color del Apocalipsis y el aire comenzó a machacar con el saña el dorso de las tejas y ululaba salvaje por entre las rendijas. Un primer rayo deslumbró la tierra y se desplegó intratable, hundiendo sus raíces en las simas de la atmósfera. Un segundo rayo restalló diestramente, como un látigo de luz inmenso, sobre el transepto de la iglesia, que se encontraba, respetuosamente sitiada, en el lugar cimero, ahijando al resto de las construcciones. Atronó como un hiperbólico coro de timbales y un brutal escalofrío removió los maderos y adobes de las casas. Después, el más absoluto silencio lo abarcó todo, y en un instante, el bisbiseo de las primeras gotas de lluvia se confundió con los gritos de: ¡Fuego!, ¡Fuego!.
 

 Un fuego extrañamente azul, que chisporroteaba como una higuera ardiente, iba arreciando al tiempo de la lluvia, como si esta, en lugar de sofocar el incendio lo alentara, como cuando mi padre derramaba el resto de una copa de anís sobre la lumbre y esta, soliviantada, mostraba su enojo desprendiendo bruscas llamas amenazantes. Una flamante columna de humo y fuego fue ganando altura hasta parecer la sombra ardiente del espigado campanario. Todo el mundo se echó a la calle con baldes y cubos, pero la gran elevación de la falsa bóveda hacía imposible cualquier acción de extinción, así que, alertados por la voz del sacristán, centraron sus esfuerzos en la salvación de las reliquias e imágenes sagradas.
 
Don Dimas, el cura, asistía enmudecido y como extraviado a la anárquica procesión de figuras de vírgenes inmaculadas y santos piadosos, que atropellándose, eran sacados por la ojiva de la cara oeste. Allí estaba San Roque, con su afectado sombrero y una calabaza auténtica colgando de su cayado, se dejaba llevar inútil, dando bandazos, sobre los hombros de aquellos labriegos que en tantas ocasiones le habían rezado. A sus pies, su inseparable compañero, desconsolado, parecía responder a la letanía de aullidos que por doquier resonaban. Un apolíneo San Sebastián, tallado en madera, al tiempo de ver su cuerpo florido de dardos, sufría el doble martirio de tener quemadas sus piernas; uno de los travesaños encendidos había caído a los pies del cadalso sobre el que se erigía y había sido rescatado justo a tiempo; unos instantes después se desplomaba el resto de la cubierta, produciendo un estruendoso chasquido que fue el preludio de un delirante espectáculo de formas y luces infernales.


lunes, 29 de abril de 2013

CAPÍTULO IV "El Belén"



Llegó el solsticio de diciembre. El sol se retiró, allende los mundos, a sus cuarteles de invierno, al lugar lejano y vacío donde el silencio de las luces, lo cubre todo. Me levanto con los destellos albinos de la más tierna madrugada. Últimamente duermo poco y me despierto como confundido, abandono la cama con ansiedad (con lo que siempre me había gustado hacerme el remolón cuando mi madre llamaba), pero si en la juventud el sueño es la recreación de la vida, en la vejez es la premonición de la muerte.

 
                Bien abrigado y con apenas una manzanilla en el estómago, comienzo mi paseo de cada día. La mañana es fresca pero despejada, por lo que el campo se llena de unos brillos irisados que parpadean con el viento. Los predios y los lomos parecen azotados por olas de escarcha que rompen contra el musgo de los canchales. Me dirijo a la umbría del cerro, frente a la Parrablanca, donde coinciden los alcornoques y el musgo más vistoso; allí siempre han crecido las primeras y mejores hierbas que pastaban las vacas de mi padre ya desde la fiesta de Santiago Apóstol. Este lugar se convierte, todos los años, en el almacén natural de elementos ornamentales para belenes: el corcho rememora las montañas de Palestina y el liquen las verdes praderas de Belén, que espolvoreadas con harina, en algunas partes, simulaban las tierras nevadas, (más tarde, en los libros, descubrí que el próximo Oriente, lejano a la tundra, se compone de suelos áridos y desiertos pedregosos).

 
                Cada Navidad, con un rito ancestral, coloco con gran ceremonia cada figurilla, puente o casa del nacimiento. Esto me devuelve, (por encima de lo que el espejo, tan ecuánime como implacable, testifica) a otras épocas de mi vida, en que, con el mismo anhelo y dedicación, realizaba esta gratificante tarea. Una sensación candorosa y de bienestar me llena cuando finalmente lo termino; como si fuera lo único verdaderamente importante que hubiera hecho en la vida, lo único que de valor humano pudiera atribuírseme. Esta inquietud, a medio camino entre el gozo religioso y lo sentimental, entre lo trascendente y lo cotidiano, me la inculcó de la manera más sencilla y tierna, como sólo él sabía hacerlo, el padre Cristóbal de Echevarría. Cuando este navarro inquieto pero bonachón, humano a la vez que enérgico, llegó en 1924 tenía una tarea nada fácil por delante. Un año antes la iglesia había ardido, debido a una tormenta, quedando en su mayor parte arrasada.

CAPITULO III "La escuela"


          

      D. Amadeo García Belloso, director de la escuela nacional "San Andrés", dirigía, visiblemente enorgullecido, el saludo marcial matutino. A su condición de preboste escolar unía la dignidad de comisario-secretario de la Falange en la localidad. Llevaba siempre una camisa púrpura, llamada hábito, anudada al cuello por un cordón de hilos blancos y negros entrelazados y con flecos en sus extremos. Era el distintivo de los que, habiendo rogado una intervención divina, hacían la promesa de no quitarse esa vestimenta si el Altísimo escuchaba su súplica. D. Amadeo  explicaba que había realizado esta ofrenda, en julio del 36, a cambio de que España fuera liberada de las garras del estalinismo y la anarquía,  aunque, en realidad, el no había hecho mucho por la causa.
 

Pasó toda la guerra en Sevilla, lejos del frente, ejerciendo de ordenanza de un capitán de intendencia, tío suyo, encargado del abasto del ejército del General Varela, que en su marcha hacia Madrid, se encontraba en plena "guerra de columnas" tratando de acabar con pequeñas unidades republicanas dispersas. Mientras, en retaguardia, el capitán emérito encomendó a su sobrino la exclusiva responsabilidad de que los envíos de Oporto al generalato no se interrumpieran, trasladándose él mismo a Rosal de la Frontera cuando algún cargamento quedaba inmovilizado por las autoridades aduaneras portuguesas, lo cual solía solventarse aligerando algo el peso de los camiones.
 

                La máxima que guiaba sus acciones, y que a menudo gustaba repetirnos, era: "El deber es lo más hermoso y el sacrificio en el intento de cumplirlo lo más grande". El deber era hacernos buenos hombres y buenos españoles, por ello trataba con la máxima severidad el desliz más inocente. Era partidario de aplicar castigos colectivos incluso para faltas individuales, de este modo, quería inculcar los sentimientos de lealtad y respeto hacia los compañeros en la consecución de la causa común. A estos ideales apelé yo el día que una pelota perdida rompió un cristal de su despacho, y me negué a responder a la inquisición sobre el responsable del destrozo. Ello me costó ración doble de palos y un mes sin salir al recreo. Don Amadeo  era todo un virtuoso en el manejo de la regla como arma de castigo, desconozco si algún día le dió uso como instrumento de medición. Era uno de aquellos listones de madera que marcaban 40 cm. Se alabeaba notablemente, con la flexibilidad e inspiración de una fusta, infringiendo un considerable dolor y enrojecimiento en la palma de la mano. Allí donde pueden consultarse las líneas que desvelan el futuro, pero cuyos relieves y vaguadas habían sido borrados del mapa a fuerza de golpes, como negando el porvenir.

 
      Pero lo peor fueron las cuatro semanas de reclusión: ¡Cómo sufría viendo a mis amigos jugar en el patio!. Era curioso observar cómo aquella pléyade de niños, de distinta edad pero igual desbordante energía, se entrecruzaban atendiendo a sus actividades (la pelota, las canícas, el churro- media manga- manga entera) sin, aparentemente, estorbarse, como un ejército de hormigas perfectamente adiestrado que cruza sus trayectorias siguiendo un plan previsto, como un mecanismo de relojería.

Lleno de hastío miraba por la ventana, tintando de vaho el cristal con mi aliento triste y dibujando sobre él los contornos de la melancolía. Maldiciendo mi suerte y mi conciencia, pues allí estaba Carlitos, libre y despreocupado, chutando a la pelota, cuando él había sido el causante del destrozo. Entonces entró Don Manuel en la clase, y al verme así, se sentó a mi lado y me habló haciéndome compañía. En medio de la conversación me preguntó:

                - ¿Qué querrás ser de mayor?.

       Yo que nunca me había planteado tal cosa, pues no pensé que fuera algo que se pudiera elegir, me quedé extrañado por la pregunta (¿Cómo si no podían haber escogido los hombres del pueblo ganarse la vida doblando el torso eternamente y batiéndose con la tierra con la innoble defensa de un azadón?).

                - Guerrillero, quiero ser guerrillero.

      Fue lo único que se me ocurrió decir para no decepcionarle, mi principal diversión era jugar a la guerra con mis amigos, junto a las ruinas del castillo, entre sus desvencijados lienzos y murallas mutiladas.   


                Él sonrió paternalmente por mi manifiesta inocencia pero luego sus ojos se ensombrecieron y dijo, (con una voz cansada pero profunda, como la de los profetas):

                - "La guerrilla es la guerra más justa: la guerra por la supervivencia. Pero has de saber que no sólo hay que derrotar al enemigo, sino que también hay que escarmentar a los traidores y alentar el sacrificio. La guerrilla es la guerra del hombre contra la injusticia, las reglas militares quedan extravasadas y se busca la consecución de la paz por todos los medios, incluso por aquellos que rozan la inhumanidad." Cuando pronunció estas palabras no me hablaba a mí, no al menos al niño, sino quizá al hombre que sería algún día. Hablaba para sí mismo, hablaba al mundo entero. En su mente estaban los sangrientos acontecimientos que habían hecho, en numerosas ocasiones, del hermano un enemigo y del amigo un extraño. Una guerra incivil que había sembrado España con los mejores corazones, para conseguir, al fin, una estéril cosecha de cruces.
 

                Se quedó en silencio unos instantes, como hipnotizado por sus propios pensamientos. Luego salió sin decir nada para volver en breve con un libro en sus manos.

                - "Toma, para que te entretengas mientras dura el castigo". Se trataba de "Juan Martín. El Empecinado" de Benito Pérez Galdós. ¡Cómo me sedujo aquel relato! Aquellas dispares batallas y gestos gloriosos. La osadía en la lucha y la camaradería en el descanso. El pueblo arrostrándose con biernos y hoces al francés invasor. A este fueron sucediendo otros episodios nacionales que me iba facilitando D. Manuel. A él le debo, entre otras cosas, el amor por la lectura y la pasión por la historia.

 
                Años después, releyendo esta novela, remarqué unas líneas que explicaban de un modo clarividente el devenir histórico de esta tierra: "Los guerrilleros constituyen nuestra esencia nacional: son nuestro cuerpo y nuestra alma; son el espíritu, el genio, la historia de España; ellos son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al pillaje". Galdós sabía calar, diestramente, en el meollo de las cosas, tanto las cotidianas como las épicas. Galdós fue uno de esos escritores, tan infrecuentes en nuestros días, que haciendo prosa hacen patria.

 

jueves, 25 de abril de 2013

CAPITULO II "Don Gabriel"


     





                Cuando era joven la vida parecía acabarse con el verano, pero ahora que la vista se confunde y se nublan algunos recuerdos, ahora que mis manos parecen sarmientos sin el dulce humor, ahora amo el invierno.
 

                Niños y animales, hombres y frutos se recogen, y aunque la artrosis no tuviera mis rodillas como un San Sebastián, saeteadas por los pinchazos, tampoco podría andar senderos y brincar portillos en busca del tomillo que da fragancia a la casa y, cuando se seca, gusto a las aceitunas. El frío y la lluvia hacen rasero de las edades, igualan sus horas y ritmos, democratizan la vida. Los niños van al colegio, después de comer, con sus gruesos abrigos y bufandas, festoneadas como banderas, tapando sus orejas; lejos están aquellos tabardos ásperos y chalinas de indefinible color, pero no les envidio; la escuela siempre me enseñó cosas a mi pesar, igual que la vida, además me esperan en la taberna de Frutos, para echar una partida de dominó con una copa de coñac o tal vez una palomita. 

                El único maestro que recuerdo con cariño es a D. Gabriel. Había sido secretario personal del gobernador civil de Pontevedra con tan sólo 23 años y se esperaba de él una fulgurante carrera que, sin duda, finalizaría en Madrid, como alto cargo de algún ministerio de relevancia como el de Guerra o el de Agricultura. Entonces lucía un bigote perfecto que subrayaba sus labios finos de gran atractivo.

 En una fiesta organizada por el comandante militar de la zona centro, con motivo de la conmemoración del alzamiento nacional, fue presentado a Florita, la hija menor del conde de Humelos. Tenía unos ojos chispeantes y orientales, acentuados por la raya pintada alargando el ojo al modo egipcio. Le dedicó una sonrisa que  le pareció demasiado abierta para ser simple cortesía, así que, tras conversar un buen rato, mostrándose decidido, le  invitó a bailar. Bailaron el resto de la velada y cuando la orquesta anunciaba su última pieza musical sintió una mano en su hombro que le retenía y una voz que, con un deje agresivo, decía:

                - "Si es tan amable de soltar a mi hija". Su madre, una señora decorosa y decimonónica, chincheteada de joyas, miraba desaprobadoramente a Florita, como no advirtiendo la presencia del joven Gabriel, aunque el mensaje había sido incuestionablemente dirigido a él.

                - "Pero mamá, únicamente bailábamos, este joven ha sido muy cortés". Interpeló ella con tono desconsolado.

-"¡Sé digna de tu posición y de tu casa y no oses contradecirme!", le reconvino enérgicamente su progenitora, y acto seguido se la llevaba, fuertemente cogida de la mano, desapareciendo por entre la sala, que estaba a rebosar de parejas justo en el momento que atacaban a la última canción. Un calor irrefrenable y volcánico recorrió desde las extremidades hasta sus sienes, y no se debía a las altas temperaturas del verano ni al impermeable frac alquilado.

                 
El fuego de esa noche se convirtió en fiebre a la semana siguiente, hasta que por fin se decidió a escribir unas líneas de amor a su Dulcinea palatina, y los pliegos de papel hicieron la función de cataplasma que disiparon su mal en unos ardientes versos que rimaban ABBA. Florita quiso responder a sus sentimientos, pero su madre interceptó la candorosa misiva escrita en cuartilla holandesa (perfumada con sedimentos de jazmín). Así acabó el particular romance y también el personal "cursus honorum" del atrevido secretario, pues el duque de Humelos, padrino del ministro de Gobernación, se encargó de ello personalmente. No podía permitirse emparentar con el hijo de una familia de la pequeña burguesía provinciana, tan reprochada por los grandes de España desde el tiempo de los Austrias. Y así fue arrojado al ostracismo de una plaza de maestro rural en la ruda y rectilínea meseta castellana, lejos de aquellos altos prados, atestados de clorofila, de su querida tierra gallega.

                En D. Gabriel se enquistó una furia incontrolable contra la aristocracia, que le incluyó, de por vida, en las filas del socialismo planetario y el anarquismo doméstico. El bigote atildado se trocó en barba y, como era harto difícil adquirir una formación política revolucionaria en la España del racionamiento, se convirtió en un autodidacta de la revolución. Comenzó leyendo todos los libros de cuentos autores rusos caían en sus manos (y que no estaban en la lista prohibida del censor general de literatura y prensa): Pushkin y Tolstoi, en un principio, más adelante se apasionó con la lectura de Dostoyeski, que auguraba, en cada una de sus voluminosas y bíblicas novelas, la decadencia de Occidente y la muerte de una civilización caduca. Además se sentía fuertemente identificado con muchos de los personajes de sus obras, que como él, eran criaturas atormentadas que luchaban contra su destino. En su época sus utopías tenían el mismo crédito que las fantasías de su contemporáneo Julio Verne ( un siglo después, muchas de las premoniciones técnicas y científicas del francés se han visto ampliamente superadas mientras que apenas se ha avanzado en los ideales humanitarios del ruso). Pero cuando su espíritu se convulsionó verdaderamente fue con la lectura de "La madre" de Máximo Gorki. Sin necesidad de conocer la retórica teorizante de Engels y Marx, se afirmó en él la más pura conciencia obrera.

                Casi siempre se las arreglaba para ausentarse, a primera hora de la mañana, cuando formábamos en el patio para entonar el Cara al sol, antes de comenzar las clases. Los chicos, desde nuestro lado de la tapia, cantábamos el himno con toda la potencia de que eran capaces los pulmones, para tapar así el tono agudo y gritón proveniente del lado de las niñas y dejar constancia, desde el principio, de nuestra superioridad y dominio. Seguramente esto sería tomado, por el señor director, como la muestra del ardor y lealtad, que los hijos de la triunfante nación, agradecidos, ofrecían a sus guías de la nación. (Durante algún tiempo, al oir hablar de la Santísima Trinidad, creí que se trataba de Franco, Cristo y José Antonio, pues de hecho, este era la iconografía repetida y venerada en las aulas y demás espacios públicos).