miércoles, 13 de junio de 2018

NO LEAS ESTAS LÍNEAS SI ESTÁS TRISTE




No leas estas líneas si estás triste o has cumplido más de 60. No leas este artículo si estás afligido o te sientes viejo,  pero tampoco  si eres joven y feliz…








…NO SIGAS LEYENDO.













Con este párrafo en blanco te he dado la oportunidad  de que lo dejaras y siguieras ojeando tranquilamente el “Aguasal”. No quiero  amargarte la existencia. Todavía estás a tiempo de leer el artículo de Robert que siempre  te contagia su buen humor (Roberto hace pan también con las palabras pues todo lo que dice tiene mucha miga). O si prefieres puedes leer el artículo de Gogar pues sus pensamientos  destilan  un deseo juvenil de cambiar el mundo. Porque yo suelo escribir de la adolescencia, ese lugar  feliz a donde vuelan  los sueños  pero no anidan las penas. Pero hoy no me da la gana, m e he levantado cruzado y voy a hablar de la vejez y la muerte.
Cuando yo era niño, había un abuelo que se sentaba todos los días del año en los poyos del ayuntamiento, con la cabeza apoyada sobre la garrota y la mirada perdida en el horizonte de las agujas de la calle de Prisco. Permanecía en esa postura horas y horas, y cuando alguien pasaba por delante y le saludaba, le  devolvía el saludo levantado ligeramente la cabeza  pero sin mover ningún otro  músculo de su cuerpo. Se podría decir que no dormía ni comía pues a  cualquier hora le podías encontrar  allí, como una estatua.
Un día me senté a su lado, y pasado un  rato en el que parecía no haber advertido mi presencia, le pregunté porque nunca se movía, él me contestó: “Estoy viejo y cansado, hijo, sólo tengo fuerzas para soplar las velas de los cumpleaños  y enterrar a mis amigos”
 Creo que no se movía para burlar a la muerte, como queriendo mostrarle que  su vida era insignificante y que no le merecía la pena llevárselo.  Pienso que se camuflaba en los poyos para que la muerte le confundiera con la sombra  del rollo, aunque el rollo se mostraba siempre recto y orgulloso y  él cada día  más encorvado y abatido.
Un verano volví y no lo encontré. Esperé que tan sólo estuviera pachucho y que cuando mejorara volvería a ocupar su lugar en la plaza, pero pasados unos días, temiéndome lo peor,  pregunté por él y me confirmaron que había fallecido . Por desgracia la muerte nunca olvida, nunca se despista, nunca perdona. Como oí decir a  Apolonio un día en la barra del bar: “Los jóvenes también mueren, pero es que los viejos no queda ni uno” .Durante un tiempo la plaza se me hizo extraña sin él, como cuando quitan los entablados después de las fiestas.
Si comparamos la  vida de un hombre con el periodo de tiempo de una semana, podríamos decir que la Tercera Edad es como un Domingo, es el final de todo,  un tiempo de descanso y  vacío. A mí nunca me gustaron los domingos, ni en  vacaciones, porque es un día en que todo lo emocionante  ya ha pasado (el viernes, el sábado) y desde que  te levantas tienes una sensación de  resaca, por el alcohol o por los recuerdos, que  ratifica la idea de  que todo lo bueno se  termina.  
La vejez es  un domingo por la tarde y la muerte un lunes eterno.

viernes, 29 de septiembre de 2017

DON MANUEL




En 1971 , cuando empecé  el colegio, mi primer profesor fue  Don Arturo, un hombre riguroso e irascible que lucía un bigotito recortado y fascista que subrayaba su mal humor. D. Arturo era muy estricto y todavía utilizaba el castigo físico como práctica educativa. La dictadura franquista  estaba cercana a  su fin pero todavía quedaban  retazos  de una forma cuartelaría de ver la vida.  Aparte de algún “regletazo” en la mano cuando no te sabías la lección, en ocasiones utilizaba una práctica cruel cuando dos alumnos hablaban: “El cascanueces”.  Te llamaba a su mesa junto al compañero con el que estabas  hablando, te cogía de las patillas y te levantaba del suelo , y apenas puesto de puntillas, cuando  estabas semiflotando  como una marioneta,  golpeaba las dos cabezas. Regresabas a tu sitio sin ganas de volver a hablar pero también sin ganas de aprender, sin ganas de pensar, pues tenías dolor de cabeza hasta el final de la clase.

Un día que había traído los ejercicios sin terminar, porque no sabía cómo se hacían,  me expulsó al pasillo (cuando te echaban de clase, el pasillo resultaba un lugar inhóspito y frío, que no te auguraba nada bueno, como el corredor de la muerte), y me dijo que no me dejaría entrar hasta que no los tuviera bien hechos. Asustado ante esa perspectiva  me escapé del colegio y me fui a mi casa pues   vivía muy cerca. Llegué llorando y le rogué a mi madre  que me los hiciera y aunque me reprendió por haberme escapado, no pudo menos que ayudarme ¡era tan buena!. Cuando volví a clase y se los di a D. Arturo, les echó un vistazo inquisitivo y luego me pegó un capón. Pensé que quizá mi madre se había equivocado en algún ejercicio, pero salí de dudas cuando me dijo: “Ves como tenía yo razón, no los habías hecho porque no te había dado la gana”. La verdad era que las matemáticas se me daban mal, fatal,  con ellas siempre me pasó  como con   las mujeres: por mucho tiempo que las dedicara, nunca las comprendí. Y  así ocurrió que algún verano me amargaron la existencia (las matemáticas, no las mujeres).

Al curso siguiente la cosa cambió radicalmente. Tuvimos a D. Manuel, un profesor alegre y progre que lucía una  larga barba  y vestía rebecas coloridas de sabor hippy. Su pedagogía era totalmente distinta, un  adelanto de los nuevos tiempos que iban a llegar, se basaba en crear un ambiente de libertad y participación  en clase que  resultaba muy estimulante. En lugar de colocarnos en clase por apellido o por calificaciones, como se hacía todavía en algunos colegios, intercalaba alumnos buenos con otros a los que les costaba más seguir las clases, para que unos ayudaran a los otros. No enseñó a jugar al ajedrez, que entonces era algo totalmente inusual e innovador.  A mí me tenía mucho cariño y me llamaba “El imaginativo” porque siempre estaba inventando historias  y hacía  preguntas raras. Al siguiente curso, con gran pesar, descubrí ya no estaba en el colegio. Alguien nos comentó que se había marchado a trabajar a Francia. Quizá la Directora no entendió sus métodos y él  tuvo que buscar otros caminos. Yo le eché mucho de menos.

 Algunos años después, estando en el patio del colegio,  aparcó al otro lado de la valla un Citroen DS de color negro cuyo morro alargado le daba el apelativo de  “Tiburón”. Me pareció el coche más bonito que había visto en mi vida (la verdad es que en aquellos años no había mucha variedad más allá de los SEAT)  y me pareció un adelanto de la técnica, pues aunque ya había parado  seguía bajando lentamente de nivel mientras emitía un resoplido que le hacía parecer  un una nave espacial. Pero mi capacidad de asombro fue aún  más lejos  cuando vi salir del coche a D. Manuel. Después de abrazarnos a todos,  nos explicó que  había estado  recorriendo toda Europa por trabajo y  en su tono didáctico habitual nos dijo: “Viajad chicos , viajad todo lo que podáis. Viajar es mejor que comer, viajar es mejor que estudiar. Si el colegio es la mejor gimnasia para la mente, viajar es el atletismo del alma”.   


Es incalculable  la huella que un buen profesor puede dejar en sus alumnos. Fue por Don Manuel que me dediqué a la docencia. Fue por él que mi primer coche fue un Citroen BX de segunda mano, que aunque no tenía el perfil curvilíneo y sensual del “Tiburón” conservaba la suspensión hidroneumática autonivelable que tanto me impactó de pequeño. Con ese coche, siguiendo sus enseñanzas, hice un viaje en solitario por Portugal, sin itinerario marcado ni ruta definida, durmiendo por las noches en pensiones baratas  y moteles marchitos, viviendo por el día entre ciudades seculares  y monumentos eternos.

jueves, 7 de abril de 2016

NOCHE VIEJA EN EL BAR DE FRUTOS




La última noche de 1987 tomé las doce uvas antes de terminaran las campanadas. No lo hice por que trajera suerte, ni tampoco por tradición,  las comí rápido porque estaba deseando salir a la calle.  La Nochevieja era una ventana a la ilusión, era una promesa de risas y besos , era una noche donde todo era posible.
La gente salía a las calles y se dirigía en masa a celebra el Año Nuevo al Puri, al Toro o a la discoteca, pero la Peña Iceberg, a contracorriente,  habíamos quedado en el bar de Frutos. Era un bar típico  de pueblo donde convivían dos generaciones distintas: por un lado los parroquianos habituales, abueletes y jubilados que jugaban eternamente a las cartas y por otro  chavales jóvenes que iba exclusivamente a jugar al ping-pong o al futbolín. Por las noches apenas tenía clientela, pero nosotros lo habíamos convertido en nuestros cuarteles de invierno, donde tomábamos siempre la primera copa.
Cuando entramos en el bar había solo tres personas: Frutos, detrás de la barra,  y al otro lado Eulalio , su padre, y Tío Matías , un viejete de  boina gastada y mirada añeja que siempre estaba allí y que parecía formar parte de la decoración. Se alegraron mucho al vernos, y nos felicitamos el año con grandes abrazos y palmadas en la espalda. A la copa de coñac de Tío Matias, que campeaba solitaria sobre el mostrador, se unieron pronto   dos ponches , 3 medios de ginebra , un vodka con naranja y una Cocacola sola  (Jesús era el único de la peña que no bebía alcohol, le bastaba con su inteligencia para sortear la realidad).
Animado por el entusiasmo con que habíamos entrado, Eulalio, acompañado por una botella de anís, comenzó a cantar villancicos  y canciones antiguas que  enseguida coreamos:” Estaba el hombre en su lugar, vino la mujer y le hizo mal. La mujer al hombre, el hombre al fuego, el fuego al palo, el palo al perro…”
Estaba la tele puesta, entonces no había otro canal que “La 1” y si en Nochebuena, a las 12 de la noche, todo el mundo estaba ante el altar en la misa del gallo, en Nochevieja , a la misma hora,  todos los españoles estaban ante el televisor viendo el mismo programa especial de fin de año. No  estábamos prestando atención pero cuando  salió a  actuar Sabrina, una italiana espectacular y voluptuosa, sex simbol de la época, todos en el bar nos  callamos como por encanto y nos acercamos  a la pantalla. Si el flautista de Hamelin podía conducir a los niños a donde quisiera con el sonido de su flauta  ella nos podía llevar al fin del mundo con el canalillo de su escote.
Vestía unos pantalones vaqueros cortísimos y ajustados, una chupa de cuero negro  tipo torera y un body blanco que realzaba generosamente su busto. Cuando empezó a bailar, los pechos se le salían   y tenía que  taparse  constantemente, labor que resultaba imposible. En medio de ese bamboleo tan sugerente Tio Matias gritó: “¡Que se quite la sariana!”. Nos empezamos a tronchar de risa pues nos hizo gracia la expresión y  además compartíamos el mismo deseo.
 Como no podía ser de otro modo  por fin se le salió un pezón. Cuando le vi pensé que era redondo y sonrosado como un sol de invierno, Tío Matias, más prosaico pero más certero dijo: “Tiene unos pezones como los faros del camión de Tío Uve” y decía la verdad, eran  grandes y luminosos como una luna de verano. Cuando terminó su actuación volvimos a la barra y durante unos segundos permanecimos callados, había pasado un ángel ( de Victoria´s Secret). Tuvimos que volver a empezar la canción: “Estaba la mosca en su lugar, vino la araña y le hizo mal…”
Eran ya las 2 de la madrugada, nos habíamos alargado más de lo esperado, y aunque lo estábamos pasando bien teníamos que irnos, habíamos quedado con nuestras amigas. Las habíamos convencido de que ese año había que empezarlo de un modo diferente: nos daríamos un beso en la boca para felicitarnos el año. Habíamos argumentando que era lo moderno, lo europeo. Acabábamos de entrar en la CEE y  mi primo Josemi , que había estado en Amsterdam , me contó que las holandesas le daban un “pico” en los labios cuando le saludaban . Queríamos también derribar esa frontera.
Estábamos poniendo los abrigos y despidiéndonos de Frutos cuando se abrieron las puertas metálicas de par en par, haciendo gran estruendo al golpear contra la pared. Eran  nuestras amigas que, cansadas de esperar, venían a buscarnos. Estaban guapísimas, peinadas y maquilladas con esmero y con unas faldas demasiado cortas para ser invierno aunque todavía largas para nuestro deseo. Se dirigieron hacia nosotros  con  sonrisa pícara  y ojos brillantes y nos empezaron a saludar con un beso en la boca. Sus labios me supieron tan dulces  como el ponche que estaba tomando.

 Salimos del bar abrazados a ellas, riendo, cantando,  pensando que la noche era larga. Tío Matias, nos miraba con incredulidad y admiración, pensando que la vida era corta o que, quizá, había nacido demasiado pronto.

jueves, 14 de enero de 2016

SUERTE

                                    

El primer  fin de semana de Octubre de 1981  eran las Fiestas de Cardiel en honor a la Virgen del Rosario. Yo no era mucho de  ir a las fiestas de otros pueblos pero esta era una excepción, primero porque soy medio cardielejo y en segundo lugar porque tienen un encanto especial. Al ser las últimas del año son como la despedida definitiva de las vacaciones de verano,  edad dorada para un adolescente, y aunque ya ha empezado el Otoño,  los días son todavía bellos y cálidos. 
El sábado por la noche, estaba con mis primos en la plaza del  Cerrillo oyendo tocar a  los “Pekes Brandys” y  vi llegar  a tres chicas de Bayuela: Marta, Elena y  Patricia. Me acerqué a saludarlas y aunque no éramos amigos, el hecho  de encontrarse con una cara conocida, siendo ellas forasteras,  hizo que me recibieran con gusto. Con quien más conecté fue con  Patricia que se reía todo el tiempo con las cosas que le contaba  y  en un momento dado  me cogió de la cintura y, sin preguntarme,  me sacó a bailar un pasodoble. En un descanso, mientras tomábamos una Mirinda y  charlábamos me comentó que era la primera vez que bajaba a Cardiel y que no conocía el pueblo. Entonces yo, como buen anfitrión,  me   ofrecí a ser su guía turístico. Primero rodeamos la iglesia y le mostré la pared donde se jugaba al frontón (deporte nacional de Cardiel), luego  le enseñé el rollo, hermano  pequeño del de Bayuela, después  el ayuntamiento y como final del tour,  le llevé a dar un paseo hasta el puente sobre el arroyo Saucedoso,
 Sentados sobre el pretil del puente  nos quedamos en silencio y mirábamos las estrellas , el momento era  mágico: la luna menguante parecía guiñarme el ojo   y en la orilla los chopos se inclinaban sobre la aliseda insinuándome  que la besara , estaba a punto de hacerlo pero de repente la magia se rompió y dijo: “Nos tenemos que marchar, va a venir a recogernos el padre de Elena y  a lo mejor me están buscando”. Efectivamente cuando volvimos al Cerrillo ya estaban esperándole para marcharse, antes de entrar en el coche se volvió sonriéndome y me preguntó:“¿Nos vemos mañana? ,¿Estarás en Bayuela?”.  “Sí, le contesté,  subo al pueblo a dormir.”
Al día siguiente, Domingo, habíamos  quedado mi amigo  Manolo y yo  a jugar al mus con Goyo y Miliki. Eran mayores que nosotros pero en un campeonato que se había celebrado en la “Cafe”, durante el verano,  habíamos jugado la final con ellos. Nos habían ganado pero nos ofrecieron  caballerosamente jugar la revancha y  habíamos elegido ese día.
Todo estaba dispuesto, el tapete verde como el césped del Santiago Bernabeu, los chinos plateados y  relucientes. Me encantaba jugar al mus, y hacerlo con Goyo y Miliki  era como  jugar la Copa de Europa contra el Madrid. Goyo faroleaba sin pestañear y Miliki te miraba muy fijamente a través de sus  gafas de pasta y, como si estas tuvieran rayos X, te adivinaba las cartas,  sobre todo en juego, parecía saber siempre  si  llevabas o no 31.
Habíamos perdido la primera vaca, entonces entró Patricia por la puerta de la Plaza y me sonrió, cruzando la cafetería con coquetería  para salir  estilosamente por  puerta de la Plazuela. Pensé que lo había hecho para que la viera. En ese momento perdí todo interés por la partida y toda mi atención estaba en ella, que, no por casualidad, se había sentado en los poyos de la Teléfonica, justo enfrente de la ventana  donde estaba jugando. Yo  quería perder cuanto antes y salir a  hablar con ella, pero  entonces empezaron a entrarme buenas cartas, lo cual además de ser un contratiempo era de  mal agüero: “Afortunado en el juego, desafortunado en amores”. Eran las 6 de la tarde y los que vivían en Madrid ya empezaban a marcharse, pues  con que hubiera un poco de  caravana se tardaban  tres horas en llegar, por lo que posiblemente Patricia no tardaría mucho en partir. Ella volvió a entrar en la cafetería, compró unas pipas y volvió a sonreírme.
Tenía que terminar la partida como fuera y empecé a arriesgar y a echar órdagos. Tenía a Goyo y Miliki totalmente despistados, también a mi compañero que me miraba sorprendido, no sabían  a qué atenerse. Miliki ya no acertaba en sus predicciones  y Goyo se desesperaba porque yo siempre llevaba cartas. Empatamos a una vaca y en la definitiva ya no sabía si ir a ganar o a perder, pues las cartas se mostraban caprichosamente en contra de mis deseos. Llegamos al juego definitivo, Miliki echó un órdago,  puse las cartas boca arriba y sin esperar a comprobar quien había ganado, salí disparado hacia la plaza,   pero en ese momento  el 124 blanco del padre de Patricia acaba de recogerla y se dirigía  calle abajo hacia el cruce. El perro de adorno que muchos coches de aquella época  llevaban en la parte de atrás movía la cabeza  arriba y abajo,  corroborando lo que yo pensaba, que sí, que había perdido mi oportunidad.

Aquella fecha quedaría  marcada en mi vida como “El día en  que gané a Goyo y Miliki pero perdí  el amor de una mujer”

lunes, 19 de octubre de 2015

BROMAS APARTE.



En el arroyo de Guadamora, junto al  molino viejo y derrotado, con los sillares tirados por el suelo, como nuestra ropa, nos bañábamos desnudos una soleada tarde de Agosto. Mi madre no quería  que lo hiciera, le parecía peligroso porque no había nadie para vigilarnos y sabía que nos tirábamos desde las piedras en la pequeña poza que se formaba con las aguas rezagadas del invierno . Por eso  yo lo hacía a sus espaldas hasta que descubrió el bañador mojado que yo colgaba en la troje, detrás de la máquina de coser Singer. Por eso nos bañábamos desnudos aquella tarde , por eso y porque no hay mayor desvergüenza que la de un chaval de 12 años con poco vello en las ingles y menos sentido común en la cabeza.

Chema, Javier  y yo, estábamos felices, despreocupados, entonces el verano nos parecía eterno y la vida simplemente no tenía fin. Eramos inquietos, fanfarrones, bromistas, y siempre buscábamos la manera de estar pasándolo bien, la risa era el himno de nuestro país y su bandera un ojo guiñado  después de cada frase dicha con ironía.
. Ese tarde  jugábamos a tirar una botella al agua y había que encontrarla buceando, la botella al ser de cristal se confundía con los espejismos del agua pero la banda azul sobre la que estaba escrita la marca FANTA la hacía distinguirse del fondo. Cuando fue mi turno para encontrarla  vi de reojo a Chema cuchicheando algo con Javier, y aacto seguido , aprovechando que estaba zambulléndome, cogieron todas las ropas, incluída la mía , y salieron corriendo. Grité sus nombres acompañados de palabrotas e improperios pero no contestaban, pensé que pasado un tiempo aparecerían y la broma habría acabado pero no fue así.

 No pensaba volver al pueblo en pelotas pero la perspectiva de que viniese alguien y me viera no me seducía mucho.  Alguna vez nuestras amigas venían allí a vernos e incluso alguna más atrevida se metía también en el agua. Cuando más agobiado estaba encontré mi salvación   unos  50 metros  arroyo abajo, en la huerta del Tio “Pajarín“. Llevaba sombrero de fieltro, camisa a cuadros sin mangas y unos pantalones que algún día fueron de pana, mantenía abiertos sus brazos en señal de bienvenida o  penitencia, manteniéndose imperturbable así de la mañana a la noche . Era un espantapájaros estupendo que vigilaba las hortalizas y que habría aprobado con nota el examen para Judas en Semana Santa. Con cuidado de no pincharme en los pies fui avanzando de puntillas hasta que salté al huerto, me puse el pantalón anudado con una pita, la camisa desgastada por el tiempo y la intemperie y para no dañarme los pies encontré detrás de un chamizo unas botas de goma que usaba el  Tio “pajarín” para regar.

De esta guisa subía la cuesta arriba cuando a la altura del caño bajaban Chema, Javier y las chicas, a las que habían ido a avisar para hacer escarnio de mi a situación comprometida. La cara de estupefacción de Chema fue de libro, sus ojos , que cuando se ponía gracioso eran achinados , se volvían ahora  grandes y redondos, como los faros del camión de Tio Uve.  el pensaba que había hecho la broma del siglo pero yo  había sabido vencerle.  Las chicas se reían pero yo seguí mi camino con mucha dignidad, aunque con poca elegancia en la vestimenta, hasta el campo de futbol donde me pude cambiar en sus vestuarios .

Aunque había salvado la papeleta mi deseo de venganza era muy grande y para darle un escarmiento  pensé darle donde más le dolía. Aunque era ocurrente y muy desenvuelto con las chicas, cuando le  gustaba una  de verdad no hilaba más de dos palabras y entonces, el chico gracioso se convertía en un patoso. Había una chica que se llamaba Mamen a la cual no se atrevía a decirle nada y en cuya presencia palidecía y casi tartamudeaba, así que pensé que podía ser un buen instrumento para hacer mi broma a Chema, Le escribí una carta de amor en su nombre llena de cursilerías y con un poema final que era para producir jolgorio en cualquiera que la leyera. Todavía recuerdo unos versos: “Tengo destrozado el corazón/ Por tu cara redonda y bonita,/Tu boca es como un cañón/Tus dientes como la dinamita”.
Mi primera intención era echarla en el  correo para que Pascual, el cartero, la llevara hasta el buzón y no ser descubierto. pero mi impaciencia era grande, así que  esa misma noche la  metí en su buzón mientras su perro me ladraba acusica.

Ya me frotaba las manos  imaginando la cara que pondría Chema cuando Mamen le hablara de la carta que le había escrito, jeje. Aunque le negara su autoría pasaría bastante  vergüenza y además su más que seguro azoramiento le delataría y Mamen vería que estaba por ella.  Pero resultó que a la chica le encantaron sus palabras (me di cuenta de que ella también  sentía algo por él), y una semana después empezaron a salir . Estaba claro que a mi no se me daban bien las bromas y me quedé como  Cirano de Bergerac, con su misma frustración y su misma nariz.

LAS LUMINARIAS


De todas las fiestas que se celebran en el pueblo “las luminarias” ocupan un lugar especial en mi corazón. Como vivo en Madrid sólo he podido celebrarlas cada 6 o 7 años, cuando caían en fin de semana y por ello han sido más anheladas, más deseadas y su recuerdo tiene un gran valor simbólico porque fueron coincidiendo con distintas etapas de la vida( infancia, adolescencia, juventud, …) .

En mi primer recuerdo de las luminarias tendría unos 7 años, y me parecieron asombrosas. Solo en la calle de la Iglesia había preparadas tres hogueras con grandes troncos de encina, retamas y algún mueble viejo. Sin moverme de casa, aquella noche, asistí a un espectáculo que me emocionó y asustó a partes iguales. Cuando se encendieron me pareció un espectáculo maravilloso, las llamas se retorcían y en poco tiempo se elevaban altaneras por encima de los tejados, pero entonces temí que se pudiera quemar alguna casa y me asusté. Cuando las llamas se atemperaron y ya todo parecía tranquilo se oyó un tumulto y de repente una caterva de muchachos bajaba por la cuesta aullando y brincando, eran los quintos que saltaban las lumbres como endemoniados y yo al verlos vestidos con ropa militar y la cara tiznada, me parecía estar en medio de una batalla, donde no sabía decir si huían o atacaban. Cuando al final de la noche todo pasó me quedé jugando con la lumbre que agonizaba, removiendo las ascuas mientras se asaban unas castañas. Cuando me fui a la cama me costó dormir, cerraba los ojos y todo eran chispas, como cuando te aprietas fuerte los ojos con los puños, que ves estrellas de colores, luego entré en un sueño profundo y se cumplió el augurio que hizo mi madre: “Si juegas con el fuego luego te harás pis en la cama”.

Pasó algo más de un lustro cuando presencié mi siguientes luminarias, entonces era ya era un adolescente y ya no quería ser un mero espectador sino protagonizar los hechos que recordaba haber visto cuando era niño y lo que me habían contado mis amigos que vivían en el pueblo. Recorrimos todas las calles viendo las luminarias, conté más de treinta, y delante de la casa de una chica que me gustaba salté varias veces por encima de la lumbre para mostrar mi valor, pero como a esa edad los hombres somos unos insensatos, una de las veces salté sin advertir que también lo hacía otro chico y chocamos en el aire. Yo me llevé la peor parte por que caí sobre las brasas y aunque de un brinco me levanté rápidamente, me quemé la mano y lo que es peor un plumas que acaba de estrenar y que a diferencia de mi mano ya no tendría remedio. Una vez más mi madre me había advertido y no la escuché: “Que te digo siempre, Juli, piensa antes de hacer las cosas”.

La tercera ocasión en que fui a las luminarias yo era quinto, y las viví con mucha pasión, teníamos la sensación eufórica de que el pueblo era nuestro, de que el mundo entero nos pertenecía. En nuestro recorrido por las calles del pueblo, robando algún trozo de panceta que se descuidaba en la parrilla y tirando cohetes que llegaban tan alto como nuestra chulería, paramos un momento en un mirador que hay en lo alto del “Cerrillo” y quede absorto contemplando el pueblo entero iluminado por las luces doradas que parpadeaban , y el cielo me pareció una enorme charca que reflejaba multiplicadas las luces de las hogueras y entonces pensé en las palabras que me dijo mi madre “Disfruta de la vida, hijo, pero recuerda que la juventud es como una luminaria: ardiente pero pasajera, lo importante es que cuando se apaguen las llamas duren mucho los rescoldos”. Una vez más ella tenía razón.


Y ahora, que ya he vivido muchas, pienso en el día que viejo y achacoso, contemple las luminarias sentado en una silla toda la noche , con la cabeza apoyada en la garrota, admirando la danza de las llamas y el baile de las pavesas, sin fuerzas para levantarme , pero con las mismas luces chispeantes en mis ojos ,como cuando era un niño.

MIEDO





Sé exactamente el día que perdí el miedo: fue un 22 de Julio de 1976, día de  la Malena. Tenía entonces 11 años.
Antes de esta fecha yo tenía miedo, como todos los niños supongo. Tenía miedo, por ejemplo,  a subir a la troje y cuando mi madre me mandaba a por unas cabezas de ajos o a por unas patatas, yo subía con  mucho recelo  pues a cada paso los tablones de madera crujían y el viento se colaba entre las tejas y aullaba como una fiera. Me daba miedo también entrar en el sótano y sacar agua del pozo pues de  pequeño mi Tío Dionisio  me había dicho , seguramente para que no me acercara, que dentro moraba S. Miguel ,  y cada vez que hundía el cubo en la oscuridad del pretil  las ondas que hacía el agua distorsionaban mi reflejo y me parecía ver al santo varón haciéndome gestos.
Pero aquel día de la Malena aquello cambió.  Manuel y yo bajamos en bicicleta a Garciotún, no habíamos dicho nada a nuestras madres, por si no nos dejaban. A la entrada del pueblo, junto a la puerta de la mayordoma, hombres maduros, con sabiduría en sus manos,  construían el ramo con sarmientos y  ramas y lo adornaban con panes y banderas, las mujeres cantaban canciones antiguas y se repartía limonada. En el aire se respiraba alegría y tradición, se celebraba la  vida y la historia.
Desde la casa de la mayordoma  seguimos a la comitiva y pasamos por una calle estrecha donde se repartían cucuruchos de tostones  y un haz de albahaca. Manuel y yo hicimos dos veces cola por lo que llevábamos los bolsillos de los pantalones manchados de cal pero atestados de garbanzos. Todo era júbilo y conmemoración  pero  Manuel se empezó a sentir  mal. Se había atracado de tostones y  había bebido 4 vasos de sangría. Dice el dicho “La limonada no emborracha pero agacha” pero a Manuel directamente le había tumbado. Le acompañé a casa de su tía Francisca, una prima de su padre que vivía  en Garciotún,  y allí subieron la bici a la parte de atrás  de una furgoneta “4 L” y le llevaron a Bayuela. Yo  no me quise ir  pues, a diferencia de Manuel, la sangría me había animado mucho y tenía ganas de bailar y seguir la fiesta. En el arco de entrada de la  iglesia, donde los mozos del pueblo paseaban el pesado ramo haciendo exhibición de su  fuerza, yo también me sentía capaz de acarrearlo.  Las mujeres les animaban con cánticos y palmas y cuando se había llegado al éxtasis  algunas de ellas  rompieron  las  panderetas mostrando que todo había acabado.
Fue entonces fue  cuando me di cuenta de lo  tarde que era, el sol se estaba poniendo y, me tenía que ir enseguida. Para venir habíamos bajado por la carretera, pero pensé que la vuelta sería más rápida por el camino del “Puente Romano”, cuando lo crucé ya era casi de noche . Miré  el agua estancada y oscura que había debajo y recordé la historia  sobre un  niño que  se había ahogado allí  muchos años atrás. Un escalofrío  recorrió todo mi cuerpo, sentí que un miedo profundo   me paralizaba pero ya era tarde para volver  atrás.
Los sonidos de la naturaleza  que de día son tan idílicos y transmiten serenidad, por la noche suenan siniestros y  producen  turbación. Los grillos me hostigaban  con sus chirridos agudos, como si tocaran violines metálicos, las ramas  movían sus  pámpanos con un ademán amenazante y la cadena oxidada de mi bicicleta sonaba a cada pedalada como un gemido.
Cuando subía la cuesta de los Molinos, en mitad del camino, vi  un mastín gigantesco que  venía hacia mí con no muy buenas intenciones, ladrando con un sonido ronco y profundo. En ese momento me vino a la mente  una historia que  me había contado mi padre: Cuando era novio de mi madre, una noche que volvía en bicicleta  hacia Cardiel, vio un lobo  al bajar la cuesta del “Reguero Hondo” y  entonces se puso a pedalear cuesta abajo a toda prisa y cuando pasó a su lado éste no le atacó, al día siguiente aparecieron 4 ovejas muertas en una finca cercana. Pero mi situación era distinta pues yo subía andando la cuesta, empujando mi pesada BH celeste, exhausto por el cansancio y el miedo.  Apenas me quedaba aire en los pulmones, pero sabía que no hay que demostrar temor ante los perros y ni corto ni perezoso me puse a tararear una canción, en ese momento la primera que me salió fue una de los payasos de la tele “Un barquito de cáscara de nuez”. El perro continuó ladrando con grandísima potencia, como el tañido de una campana, podía ver su saliva cayendo entre los colmillos y pensé que iba a devorarme, entonces empecé a cantar a viva voz. Increíblemente el perro  enmudeció y perdió interés en mí y se fue andando con total desdén en otra dirección.
Por fin  pude respirar pero me seguía encontrando en una total oscuridad, en aquella época la corriente eléctrica iba a 125 w y las farolas del pueblo eran mortecinas y apenas refulgían en la noche. Cuando coroné  la cuesta del Cucarabacho, a la altura del caño, vi por fin una luz, era el reloj del campanario, iluminado  en medio de la noche , guiándome a casa como un faro en medio de la tormenta. Estaba salvado.

Llegué a casa empapado en sudor y cansado pero orgulloso de haberlo conseguido. Sentí que había vencido la adversidad como un hombre.  Después de aquella noche ya no volví a tener miedo. Y si alguna vez lo tuve se desvanecía cuando empezaba a tararear:  “Navegar sin temor/ en el mar es lo mejor,/no hay razón de ponerse a temblar./Y si viene negra tempestad/reír y remar y cantar.”