"No te mando este mensaje para que me rescates, sino para que vengas a la isla a vivir conmigo"
sábado, 14 de septiembre de 2013
LA VERBENA
Desde bien pequeño me fascinaba la verbena, recuerdo que mis padres me llevaron a una que se celebraba enfrente de la Cooperativa. Estaba adornada con ruedas de carro antiguas y tenía un escenario de madera parecido a los "entablaos" que se ponían en las fiestas. Las luces de colores pestañeaban coquetas y la música clamorosa y vibrante me estremecía. Todo aquello me parecía un espectáculo maravilloso, como el "Circo Mundial" que ponían en la Plaza de las Ventas.
Siendo ya un chaval recuerdo la verbena que se celebraba en el Olivar. Me quedaba con mis amigos revoloteando alrededor de la puerta, como moscas en una taza de chocolate. Veíamos entrar a los mozos hablando a voces y fanfarroneando mientras las parejas salían con sigilo, susurrándose secretos al oído. A veces intentábamos colarnos ( una vez me llegaron a sacar de la oreja), pero otras Tío Fanegas se apiadaba de nosotros y nos dejaba pasar cuando llevábamos más de una hora dando por saco. Recuerdo haber visto allí a Los Pekes Brandis , que eran de Hinojosa, su cantante con pelo largo y barba recortada interpretó una canción de la ópera-rock Jesucristo Superstar con un verismo que me impresionó. Todavía hoy sigue tocando en las fiestas de los pueblos (los viejos rockeros nunca mueren), para mí es como el Mick Jagger de la sierra San Vicente.
Pero cuando pienso en la verbena pienso en la cancha polideportiva del CD Castillo, en ningún lugar he sido tan feliz en mi vida como en aquellos 1000 m. cuadrados. Durante la semana jugábamos allí a futbol y a tenis, utilizando como red improvisada una treintena de sillas oxidadas, y luego, sentados en la repisa de la puerta del matadero, hablábamos de chicas e imaginábamos cómo sería el futuro. Pero cuando aquel lugar se convertía verdaderamente en el paraíso de nuestra adolescencia era en las noches veraniegas de los sábados, cuando se celebraba la verbena. Allí crecían a la par, como en el jardín del edén, la alegría y la oportunidad, el amor y la revelación, y todo ello sobre una pradera de cemento que durante el día desgastaba nuestras zapatillas pero que por la noche florecía bajo nuestros pies.
Bailábamos con un entusiasmo y agitación como el de los indios cuando conjuran a la lluvia, aunque lo que nosotros deseábamos de verdad era que precipitaran nuestros sueños. Pero cuando el baile llegaba a su momento culminante era cuando tocaban las lentas. En aquellos tiempos aquella era una de las pocas oportunidades en que podías tener una chica entre tus brazos. Yo en esa cercanía sentía tanta emoción que temía que lo bombeos de mi corazón se transmitieran mediante mis manos a sus caderas, como si mis dedos fueran baquetas que redoblaran sobre su piel.
Un día, durante un descanso del baile, le pedí al cantante de Vieja Banda que tocara lentas, le expliqué que quería sacar a bailar a una chica. Ella acababa sus vacaciones ese día y se marchaba de regreso a Valencia a la mañana siguiente, no volvería verla hasta Navidad (y eso en la adolescencia era toda una vida) .
- El se sonrió y me preguntó "¿Cómo se llama esa chica tan afortunada?.
-María, le contesté algo ruborizado.
Para coger ánimos fui a la barra del bar a pedir un "medio". Como se habían quedado sin vasos limpios, el camarero vació la mitad de la botella de Pepsi en el fregadero rellenando el resto con ginebra. Luego me dirigí a la pista de tenis y me coloqué junto a la línea de dobles como el torero que espera en los tercios la salida del toro.
Cuando se reinició el baile, Ernesto, el cantante del grupo cogió el micrófono y dijo: "Dedicamos esta canción a María ,que se marcha mañana, de parte de un admirador que la echará mucho de menos".
En ese momento me quedé paralizado, no era mi intención mostrar tan a la luz mis sentimientos y me quedé azorado sin saber qué hacer. Si la sacaba a bailar sería evidente para todo el mundo que yo había hecho la petición pero si no lo hacía ella partiría sin saber mis sentimientos. Durante esos segundos de indecisión vi como Víctor Alcázar, uno de los guapos oficiales del pueblo, se dirigía hacia ella y la decía algo al oído. Ella se echó a reír y se dirigió con él a la pista de baile, se fundieron en un abrazo y ella apoyó la cabeza en su hombro en un signo indudable de complicidad. Sin duda alguna Víctor Alcázar se había apuntado el tanto de la canción y más tarde se apuntaría otra muesca en su revolver. Así es la vida, los ligones aprovechan la oportunidad en cuanto se les pone a tiro, mientras los tímidos escribimos poemas de amor.
Mientras el cantante de Vieja Banda silbaba "La muerte tenía un precio" yo sentía, ¡qué paradoja!, que la vida no valía nada. Aquella noche, cuando me metí en la cama, no podía dormir pues durante mucho tiempo seguía escuchando el zumbido de la música en mis oídos y el eco de la derrota en mi corazón.
VOLVER
Yo vivía feliz en Castillo de Bayuela, satisfecho en mi pequeño mundo, convencido de no querer estar en otro lugar, pero en 1981 un primo de mi padre, que había emigrado a América durante la dictadura, le ofreció un trabajo muy bien pagado en una prospección petrolífera de Venezuela. Lo que iba a ser una campaña de un año de duración, se convirtió en un empleo de por vida. Yo tenía 16 años, desde entonces no he vuelto al pueblo.
Dicen que la adolescencia es la patria de todo hombre, pues bien, desde entonces me consideré un apátrida, un bayolero errante y hoy, 30 años después vuelvo a casa, entusiasmado pero lleno de añoranzas, ilusionado pero con miedo de sentirme un extraño, de no ser reconocido, como Ulises de regreso a Itaca. Lo peor del paso del tiempo no es encontrar cambiado un lugar en que viviste sino comprobar que quién más ha cambiado eres tu.
Por la moderna autovía A-5, que entonces era una carretera de sólo dos carriles más conocida como la general, tomo el desvío y me enfrento al "sky-line" del pueblo formado por la sierra de San Vicente y el Cerro y las pulsaciones del mi corazón empiezan a acelerarse, como cuando era un chaval y veía de lejos la chica que me gustaba. Cuando pasé el cruce de Garciotún sentí que se abría una puerta en el tiempo y que, en ese mismo momento, cruzaba el umbral de la memoria, donde habitaban mis recuerdos más lejanos y también los más queridos.
La cuesta ya no tenía las curvas de antaño, algunas de las cuales todavía se podían apreciar en el margen izquierdo, como el meandro de un río que hubiera quedado fuera del cauce. El asfalto, que entonces era rugoso y lleno de baches, ahora era firme y liso como si la carretera se hubiera hecho un lifting, Estaba preparado para ver las cosas cambiadas pero aún no había entrado en el pueblo y ya eché en falta la caseta de los camineros. Aquel edificio de piedra, rematado en sus esquinas de ladrillo, había sido siempre la primera construcción que anunciaba la población, y aunque ya la conocí abandonada y fui testigo de como su techo se rendía, lentamente, cayendo las tejas como lágrimas, era un punto importante en el mapa sentimental de mi adolescencia. Aquel era un lugar habitual para ir de paseo por la noche y detrás de sus muros fumé mi primer cigarrillo, un celtas cortos sin boquilla, el más barato que pudimos comprar en el estanco. Era un tabaco negro de sabor áspero y olor amargo que sólo fumaban los hombres mayores del pueblo, pero entonces nos daba igual porque no nos tragábamos el humo. También allí, jugando a verdad o condición, di mi primer beso, que fue corto en el tiempo pero largo en el recuerdo.
Comprendí que para asimilar todo lo que me esperaba tenía que ir más despacio así qué aparqué el coche en el espacio donde otrora se levantaba la caseta y decidí continuar andando. Al entrar por fin al pueblo vi la casa de Antonio Tofiños, el auxiliar, que estaba tal como la recordaba, sólo faltaba, aparcado a la puerta, el R-12 ranchera de color blanco con que llevaba a misa a sus hijas, tan bellas, tan encantadoras, que a mi aquel Renault en vez de un coche me parecía una carroza real. Yo las espiaba desde la báscula de camiones que estaba enfrente, ahora ya marchita y oxidada. Desde su techo, en las noches de verano, contemplaba sus ventanas y cuando apagaban la luz me tumbaba, miraba al cielo y avistaba las estrellas fugaces deslizándose por el firmamento como gotas de agua sobre el cristal.
Las calles conservaban su trazado y algunas casas permanecían, pero las más antiguas, aquellas de adobe y piedra encaladas de blanco habían desaparecido y habían sido sustituidas, con mayor o menor fortuna, por construcciones de ladrillo o simplemente revocadas, cubiertas con otros colores, entre el amarillo y el ocre.
La plaza también había cambiado, hasta el ayuntamiento era distinto, sólo quedaba un dintel de piedra de la antigua construcción, que a su vez era un recuerdo del concejo primitivo. Sólo el rollo se mantenía imperturbable, testigo de muchos cambios, como una marcapáginas de piedra que se deja en el libro de la historia para saber por donde seguir leyendo. Recordaba los poyos donde Tío Blas, desde primera hora de la mañana, silbaba sus alegres canciones y saludaba con cariño a los vecinos, como si fuera el heraldo del nuevo día, el profeta de lo cotidiano.
En la plazuela me sorprendió ver al verraco rodeado de una valla, como si estuviera encerrado en una cochiquera. En mis tiempo estaba sólo, rotundo, elevado sobre un podio por el que los niños escalábamos con difícultad hasta cabalgarlo. Había una manera arriesgada que consistía en ir corriendo y subir del impulso, de ese modo, un día, taloné mal y estrellé mi cabeza contra sus testículos de piedra, un chichón enorme recordó todo el verano mi osadía y más tiempo aún las risas de los demás.
Miles de recuerdos se agolpaban en mi mente pero me costaba encajarlos en ese nuevo escenario. Empecé a tener una sensación extraña, como si fuera un intruso en aquel lugar, como si ya nada tuviera que hacer allí, y pensé que quizá Joaquín Sabina tenía razón al cantar "Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Decidí marcharme, sin que nadie me viera, para no volver jamás, pero ya que iba a ser la última vez, subiría al cerro como despedida.
Por el camino de la Fuente Arriba, quebrado y antiguo, jalonado de piedras poderosas y alcornoques fornidos, pensé que el hombre envejece y se arruga mientras los pueblos se modernizan y rejuvenecen, corriendo en direcciones opuestas, pero la naturaleza siempre está ahí, permanente, invariable , metáfora de la eternidad , y empecé a sentirme más confortado, más seguro, arropado por imágenes que reconocía y que no habían cambiado desde mi infancia: la sillita de la reina, el faratón del moro, la fuente sarmiento... Coroné el cerro y atravesé murallas milenarias que me hablaban de pueblos antiguos que existieron mucho antes que yo, y la Torre Castilla, vieja pero orgullosa, alzada por árabes y cristianos para que yo ahora la viera, me decía que yo también pertenecía a ese lugar.
Desde las lancheras, bandera de musgo y piedra, que ondea sobre Bayuela, contemplé las casas apiñadas y las calles torcidas, los campos desnudos y los caminos vacíos y sentí que todo seguía igual. Desde aquella distancia el pueblo parecía el mismo y en mi corazón no habían pasado los años, y entonces volví a sentirme bayolero, y volví a sentirme un chaval.
EL DÍA QUE MANUEL CONOCIÓ EL MAR"
El día que Manuel conoció por primera vez el mar le pareció una mierda.
Tenía 8 años y apenas había salido del pueblo, aunque esto a él no le preocupaba pues allí se sentía feliz. Su padre, sin embargo, pensó que ya era el momento de que su familia tuviera unas vacaciones de verdad y decidió llevarlos a la playa. Y así, un cálido día de Agosto, salieron de madrugada con el 850 azul cargado de maletas y el corazón de ilusiones.
Al llegar a la costa a Manuel le llamó la atención lo grande que era el mar pero le decepcionó su color ceniciento que nada tenía que ver con el azul radiante con que le pintaban en la escuela. Además le pareció tremendamente aburrido, no había árboles donde subirse, ni montañas donde esconderse, no había caminos ni ríos, no había nada, tan sólo arena y olas, y estas iban y venían con una monotonía que le recordaba el vaivén de la mecedora de su abuelo. También le desilusionó el hecho de no poder ver los animales marinos, pues en el pueblo jugaba con los perros y corría tras los gatos, pero allí no podía contemplar al bizarro pez espada haciendo esgrima con la espuma, ni al calamar gigante tocando varios instrumentos como un hombre-orquesta, ni al temible tiburón labrando con su aleta el océano.
Desencantado, se puso a caminar, cabizbajo, observando las huellas que dejaba la gente como puntos suspensivos sobre el renglón de la laya. De repente se chocó con una niña que corría en dirección contraria, ella tampoco le había visto pues tiraba entusiasmada de una cometa y miraba a lo alto. Cayeron ambos al suelo, y Sebastián, que estaba malhumorado, le iba a reprochar su acción cuando ella se echó a reír con todas sus ganas y entonces a Manuel, al ver sus ojos chispeantes y su risa encantadora, se le pasó el enfado de repente. Le ayudó a levantarse mientras ella se sacudía la arena del cuerpo con coquetería.
- Perdona, le dijo, no te vi.
- No pasa nada, yo tampoco iba atento, le contestó con algo de timidez.
- Cuando vuelo la cometa es que me olvido de todo. ¿Quieres probar? es muy divertido, ¡Venga inténtalo!
Manuel no estaba muy convencido, pero ante su insistencia cogió los dos hilos como ella le dijo y al momento, como si tuviera vida propia, la cometa se elevó rápidamente, surcando el cielo sin esfuerzo, con la sencillez de una nube, con la elegancia de una rapaz. Con su larga cola multicolor dibujaba garabatos en el cielo y le pareció que era la cometa quien le llevaba a él y no al revés. Sus brazos acompasaban sus movimientos por el cielo como si estuvieran bailando y la música era el viento. Durante unos minutos quedó absorto siguiendo el zigzag de la cometa como si esta fuera el péndulo de un hipnotizador y cuando salió de ese estado de trance le devolvió la cometa y con verdadero agradecimiento le dijo:
- ¡Genial! ha sido genial.
- Me alegro de que te haya gustado, me llamo María ¿Vienes conmigo?
No pudo decir que no (ningún hombre dice a una chica que no) y ella le tomó de la mano y le llevó a coger conchas por la playa, y aunque a él le parecían todas iguales, ella encontraba las más raras, con los brillos más vivos y las vetas más preciosas. Y a veces, entre todas ellas, encontraban un trozo de vidrio tallado por las olas y pulido por la sal y decía: ¡Mira! un diamante, si era un cristal transparente, o ¡Mira! una esmeralda si era el trozo de una botella de champan.
Al terminar el paseo el cubo de plástico estaba lleno de tesoros y Manuel tenía una sensación de bienestar y alegría que le sorprendió, y pensó, por primera vez, que quizá el mar tuviera su gracia. Este sentimiento fue efímero pues se escuchó una voz requisitoria que clamaba: ¡María! ¡Vamos!, Tenemos que irnos.
Ella encogió los hombros tiernamente e hizo un mohín de tristeza con la boca tras lo cual dijo: Me llaman mis padres, ya nos veremos, dio media vuelta y se marchó. Nunca más volvió a verla.
De vuelta al pueblo Manuel se acordaría muchas veces de ella, sin embargo nunca echó de menos el mar. Era lógico, su pueblo, en la sierra de san Vicente, era el lugar de España más alejado del mar, y Manuel era fruto de la montaña, un hijo del interior. Se crió entre pendientes y cuestas y lo rectilíneo le parecía aburrido, él no estaba hecho para la horizontalidad. Para Manuel pasado el Alberche todo le parecía playa y la Mancha era como el mismo mar.
MEMORIAS DE UN ALCORNOQUE
"Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas"
(CERVANTES: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, parte I, cap. XI, 1605)
Soy el alcornoque que cuida la cueva del Bufo. Habito aquí, en el cerro "Calamocho", desde hace más de 200 años y he visto muchas cosas a lo largo de mi vida. Nací solo entre estas grandes piedras y ellas han sido mi amparo en los días de viento y en los días de soledad mi compañía. Mis hermanos se encuentran algo alejados, sobre todo en el "Picacho", en la cara norte, en busca de la umbría. A veces oigo sus risas pero cuando les llamo no me oyen y así, estoy condenado a ser el único de mi especie.
Más lejos, en la llanura, puedo ver a mis primas las encinas, que dan alimento al ganado en invierno y sombra en el estío. Yo también doy bellotas pero son amargas para el hombre y las desprecia. Sin embargo mi corteza sí le es preciada pues le sirve para hacer muchas cosas: tapones, artes de pesca, colmenas, aislantes e incluso para curtir el cuero. Por eso aproximadamente cada 10 años viene a recogerla, quedando después todos expuestos, con los troncos desnudos y quebrados como una colección de estatuas griegas. Es un hermoso espectáculo vernos en ese momento en la falda del cerro, al pié de las lancheras, con el tronco escarlata como un nazareno, parecemos un paso de Semana Santa que, ceremoniosamente se hubiera detenido, para escuchar una saeta proveniente de lo más profundo de la tierra, el quejido de la naturaleza que muere para luego renacer. Pero no me quejo, ese es nuestro destino, mejor perder la corteza que el tronco aguerrido con sus poderosas ramas, pues nuestra madera, que es pesada, dura y tenaz, ha sido muy utilizada, sobre todo en el pasado, para hacer toneles que duerman el vino y barcos que despierten la mar, y si aún para eso no se nos considerara dignos, siempre podríamos hacer buen carbón para encender el hogar.
Por eso tengo miedo de que llegue el día en que inventen un material que sustituya nuestra corteza, entonces ya no valdremos para nada y decidirán cortarnos, sin compasión. Porque el hombre, que durante tanto tiempo ha vivido unido a la naturaleza (pues en realidad es parte de ella) se ha creído tan superior, tan autosuficiente, que en los últimos tiempos la desprecia y la humilla, tratándola, en lugar de cómo a una madre, como a una ramera. El hombre se comporta como el hijo pródigo que malgastó su herencia y renegó de su sangre pero luego, cuando llegaron los malos tiempos, tuvo que volver cabizbajo a pedir el favor de su padre. Puede que, cuando llegue ese día para el hombre, la Naturaleza no tenga la misma paciencia
El clima está cambiando y nuestro entorno se acaba tal como lo conocimos. Ya no corren los arroyos y se secó la fuente Sarmiento, los lagartos desaparecieron y el musgo, terciopelo de las piedras, ya no reverdece cuando llega el invierno. Los pájaros migran hacia otros lugares, las mariposas se alejaron hace ya tiempo, pero nosotros no podemos huir del holocausto, nuestras raíces están atadas al suelo sin remedio. Somos los últimos guardianes de otra época, los custodios de otras vidas y otros tiempos. Porque aquí aulló el lobo caprichoso la luna (pues le parecía el ombligo del cielo) y rindió el cazador a la liebre en su recelo. Aquí los maquis se escondieron en su huída (abrigando su cuerpo con una manta de Pedro Bernardo y su alma con una causa perdida). Aquí un pastorcillo soñó que las estrellas eran un campo de trigo y la llanura el firmamento pues aquí su niña del alma, vergonzosa, le dio el primer beso. Aquí han ocurrido tantas cosas qué sólo la cueva y yo sabemos. Soy el alcornoque que cuida la cueva del Bufo, moriré guardando su secreto.
NOTA DEL AUTOR
Escribí este artículo con los rudimentos de la memoria, con los recuerdos de las muchas veces que estuve en esos parajes. Después, decidí subir para hacer algunas fotos que acompañaran el artículo y comprobar si lo que había escrito se correspondía con la realidad y, de este modo, me daba el alcornoque su consentimiento. He de reconocer que siempre que subo me cuesta encontrar la Cueva del Bufo a la primera (son tan parecidas todas las piedras y tan semejantes todos los senderos) pero al final es siempre el alcornoque la referencia que me guía (como el faro en la tormenta). Pero en esta ocasión di más vueltas de lo normal y me encontraba totalmente desorientado. Tras pasar por el mismo sitio varias veces comprobé con estupor que había pasado por delante de la cueva y no me había dado cuenta y es que el alcornoque que buscaba ya no estaba allí, por lo menos no como yo esperaba, con su copa espesa y su rotunda presencia, orgulloso como una bandera. El alcornoque había muerto y estaba partido por la mitad caído sin enmienda por el suelo. Me quedé sin palabras ante lo que veían mis ojos y pasado ya un tiempo acerté tan sólo a escribir el siguiente epitafio:
" Yacen las ramas muertas a los pies del tronco seco, el cuerpo malogrado que ya no dará su piel ni las derrotadas manos sus verdes destellos, que no se convierta el Cerro en el cementerio de lo recuerdos"
lunes, 8 de julio de 2013
Tia Lucía
Tía Lucía era pequeña y seca como una cepa, y como ella daba un fruto generoso y dulce. Era hija de
la tierra, por eso se movía por ella con
la gracia y ligereza de un pajarillo y cuando iba al campo ,principalmente al
“Pan y vino”, saltaba las tapias y se doblaba bajo los alambres como una chiquilla. Y es que en realidad eso es lo que era,
porque entre las arrugas (surcos donde seguro
sembró muchas lágrimas) surgían unos ojos muy vivos, llenos de
ingenuidad y ternura, que revelaban una eterna juventud. Pese a quedarse viuda
y con hijos en plena posguerra , el peor escenario que uno pueda imaginarse,
supo vencer al destino y sobreponerse tanto a su historia personal cómo a la
Historia con mayúsculas, y todo ello sin renunciar a un optimismo
inquebrantable (que en los malos tiempos es la única riqueza con que cuentan los pobres).
Tía Lucía, pese a que vestía de negro y dejaba su cabello plateado, no
era una mujer antigua; era en el mejor de los sentidos “una mujer de las de
antes”, pero que no renunciaba a los nuevos tiempos. Su nieto Chema le decía
que no tenía que morirse sin probar la coca-cola y sin ir al menos una vez al
Bernabeu. No consiguió nunca lo primero, ella prefería su agua del botijo,
siempre presente, ya fuera verano o invierno, sobre el paño de la mesa camilla
(que aunque sólo fuera como adorno a mí me parecía más bello que una figura de
Lladró), pero sí logró que le acompañara, con 90 años, a ver el partido Real
Madrid-Sevilla. Habría que verla allí tan contenta, en el corner del fondo
norte, animando a sus jugadores, porque tía Lucía era muy aficionada a todos
los deportes (ya fuera futbol, baloncesto o
watterpolo), pero sobre todo le gustaba el Real Madrid.
Una vez le tejió a su nieto, que es socio y tan apasionado como ella
del equipo merengue, una bufanda blanca
con dos cenefas moradas, para cuando fuera al campo la ondeara
orgulloso, pero coincidió con las dos ligas que perdió el Madrid en Tenerife,
en la última jornada, y eso le dio mal
fario , pues bien, ni corta ni perezosa,
la devanó y la volvió a tejer
para ahuyentar así la mala suerte. Con esa misma bufanda , ave fénix de
lana, renacida por la determinación de
Tía Lucía, vi con Chema la final de la Champions League cuando el Madrid ganó
la 7ª y al finalizar el partido la llamó
por teléfono y vi que, durante largo tiempo, escuchaba en silencio húmedos los
ojos, le pregunté:
- ¿Qué te dice?, él me puso el auricular y aún
pude oírla cantar:
- ¡oéoéoéoéoéoé!
Hacer peña
Allá por los años
70 yo era un crío con pantalones cortos que aún no sabía lo que quería ser. Sin
embargo era el momento de tomar algunas decisiones fundamentales de esas que te
van a marcar luego toda la vida: ser del Real Madrid o del Atlético, preferir
las rubias o las morenas y estar en la
barra o en la pista cuando vas a la
verbena. Pues bien, aún no tenía
vocación ni un gusto
definido por casi nada pero ya tenía clara una cosa: quería hacer
Peña. Esta inclinación tan marcada es
común en todas las generaciones de muchachos de Bayuela y sirve como rito de iniciación a la vida, como aquellos
nativos de las tribus africanas que
tienen que matar un león para pasar de la pubertad al estado adulto. Todos hemos
jugado de niños a hacer “Peña” en la propia casa de alguno, con 4
banderines, unas cuantas botellas de
“Casera Cola “ compartiendo espacio con la leche en la nevera y la obligatoriedad de que estén todos los miembros
presentes para abrir una de ellas y repartirla en partes iguales.
Recuerdo que
enfrente de mi casa había una y yo me
quedaba ensimismado mirando todo lo que había dentro: los posters de mujeres
desnudas, las paredes pintadas con corazones
a los que le faltaba algún nombre (quizá por ser un amor pasajero o por
que se había caído el “calucho”) y sobre todo aquella habitación oscura en que
se adivinaba un camastro y que para mi imaginación infantil era un mundo por
descubrir , un compendio de lo anhelado
y lo temido, de lo deseado y lo prohibido, un espacio lejano que me hizo sentir
por primera vez “el lado oscuro de la fuerza”.
Entonces había tan
sólo un puñado de peñas, “la Alegría”,
“los halcones”, ”los X”, “ los vampiros”, “el Quedi”. Eran los tiempos
heroicos, la prehistoria de las peñas,
tiempos en los que sólo se bebía ginebra (el whisky era un bebida
exótica que sólo se pedía en las películas del oeste), las coca colas eran
pequeñas y en botella de cristal (que
tirando la mitad servía de recipiente para hacerse un “medio”) y las chicas no
hacían Peña ( de hecho se hacían las Peñas para que fueran las chicas).
Ahora que la “Peña
Iceberg”, a la cual pertenezco, cumple 25 años, echo la vista atrás y veo cómo
han cambiado las cosas: entonces se enfriaba la bebida con barras de
hielo, en arcones oxidados o en bidones
partidos (que el resto del año era donde comían las vacas), las chicas no
bebían alcohol, (¡Cómo han cambiado los cuentos!) y los discos que más se
escuchaban eran de música lenta (era la única oportunidad de tener a una chica entre tus brazos sin
tener que irte hasta el canto de “Tío Matías”).
Era 1981 y coincidió con la inauguración del
Pub del Toro, en el cartel de la puerta todavía se puede ver esta efeméride, y cuando lo pusieron yo me reía
porque una fecha tan “moderna” no pegaba con un letrero que imitaba al de una
fonda antigua. Ahora seguro que algún adolescente mal informado piensa que ese
era el estilo propio de la época; no le culpo, a veces yo también me siento
como un vestigio del pasado. Pero si ya no estamos de moda y muchas chicas ya
no nos conocen, y peor aún, otras ya nos
han olvidado, siempre quedará el
recuerdo de antiguas
Peñas que hicimos ( en Navahonda, en la Botíca, en el Cerrillo...) con
las letras desgastadas de nuestro nombre en la puerta, con el rojo ajado en sus
paredes como el rastro de un beso en el cuello de la camisa.
El beso
Luego, de jovencita, ningún mozo mostró interés por ella, y tuvo que conformarse con imaginar historias de amor en las hojas gastadas de novelitas románticas. ¡Cómo anhelaba aquellos besos largos y profundos que contenían sus páginas!. Lo que más le seducía no era el aspecto carnal del beso, sino una especie de curiosidad intelectual, por conocer al otro, al hombre, un ser al que desconocía como si fuera un extraterrestre. Un beso sería como poner en contacto dos mundos distintos, como un encuentro en la 3º fase.
Un día, rayando ya los 30 años, en la boda su prima Teresa ( 9 años más joven que ella y la última que quedaba por casar), contemplaba desde una segunda fila de sillas como se iban formando la parejas de baile en el salón del convite. Observaba la escena como si estuviera en el cine, como un espectador que sabe que está en un mundo paralelo. Ya se había hecho a la idea de no pisar jamás el país el amor, ni tan siquiera de alcanzar su frontera invisible: el beso; se había resignado a conocerlo sólo por imágenes, como en postales de turistas. Por eso se sorprendió sobremanera, cuando un buen muchacho, de nombre Gregorio, le sacó a bailar mientras le sonreía. Él le hablaba bajito y apenas le apretaba pero ella sentía con gran fuerza su mano en la cadera y sus palabras en el corazón.
Y así, Amelia, la solterona, la mujer que nunca besó a un hombre, quizás besó a Dios.
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