"No te mando este mensaje para que me rescates, sino para que vengas a la isla a vivir conmigo"
lunes, 8 de julio de 2013
Héroes
Los niños admiran a los héroes de los cómics y el cine pues realizan hazañas prodigiosas, proezas extraordinarias, pero para ello cuentan con grandes superpoderes: algunos vuelan, otros tienen una fuerza inconmensurable y en general todos poseen un don sin igual. Yo admiro a otro tipo de héroes que tienen mucho más mérito pues realizan grandes hechos sin tener ningún poder sobrehumano, es más carecen de habilidades que son normales para la mayoría de nosotros: me refiero a los hombres y mujeres que cruzan el mar sin saber nadar, que llegan a un país sin conocer la tierra y que se dirigen a otros hombres sin saber su lengua, me refiero a los emigrantes. También los españoles fuimos héroes que abandonaron su hogar y buscaron un lugar de promisión, y no me refiero a la época de los Grandes Descubrimientos, que también, sino a los que en los años 40, 50 y 60 iniciamos un gran éxodo hacia otros países. Pero si los conquistadores españoles cruzaron el océano en carabelas en busca de aventura y riqueza, los héroes de la actualidad lo hacen en pateras y cayucos y tan sólo pretenden seguridad y un trozo de pan. Si aquellos perseguían el “Nuevo Mundo” estos buscan tan sólo un mundo nuevo.
En 1953, cuando acabé la mili, también yo quise buscar un mundo nuevo para mí y decidí que no volvería al pueblo. Aunque amaba Bayuela con todas mis fuerzas no regresaría para trabajar en el campo donde sólo me esperaba una vida precaria y dura. Decidí marcharme de España durante algunos años y conseguir el dinero necesario para cambiar el rumbo de mi vida, todavía no sabía cual era mi destino, pero era joven y decidido y pensaba que se me presentaría alguna oportunidad, solo tenía que estar preparado. Emigré a Alemania, a la ciudad de Heidelberg, donde un amigo del pueblo me había conseguido un trabajo en una de las muchas imprentas que había en la ciudad, allí se encontraba la universidad más antigua de Alemania y casi desde los tiempos de Gütenberg se venían editando libros.
Durante los primeros meses me sentía extraño, desarraigado, como un desterrado sin falta, como un proscrito sin culpa. Paseaba por las calles de Heidelberg como si fuera un fantasma y sus casas tan sólo un decorado sombrío, sin interesarme nada de lo que me rodeaba ni importarme nada de lo que ocurría, y eso que era una ciudad maravillosa y romántica llena de vida y energía. Su belleza se percibía perfectamente desde un paseo que se extiende a la otra parte del río Neckar llamado la ruta de los filósofos, desde allí contemplé en numerosas ocasiones la magnífica vista de la ciudad, en el mismo lugar donde, mucho antes que yo, numerosos artistas, escritores y poetas, Goethe entre ellos, se habían rendido a su hermosura. Desde aquel paraje se percibía la magnífica ubicación que la naturaleza dio a esta ciudad y que en cierto sentido me recordaba a Toledo. Emplazada en un promontorio estaba adornada por las murallas del castillo y abrazada por el río Neckar, cuya aguas cruzaba un puente de airosas arcadas, la ciudad parecía una joya engarzada en la corriente.
Pero yo en los primeros meses no disfruté de la ciudad, ni de la experiencia de conocer otra cultura y otras gentes, mi mente estaba desconcertada y no sabía a que atenerse pues aunque mi cuerpo estaba allí, mi corazón se encontraba muy lejos, ondeando en algún lugar de Bayuela, desolado y triste, como una bandera a media asta. Deambulaba por Heidelberg y aunque sus calles, repletas de tiendas, restaurantes y librerías de ocasión estaban pobladas de estudiantes alegres y amables comerciantes yo me encontraba terriblemente solo y fuera de sitio. Me aparté del flujo de la calle principal, la HauptStrasse, que era peatonal y estaba llena de gente, y alejándome del bullicio pasé por delante de la Iglesia católica del Santo Espirito, con su portada barroca soberbia y su altivo campanario. Escuché la música sosegada y dulce de un órgano y seducido por su melodía entré en el recinto. Allí, por primera vez desde que llegué a Alemania, me sentí confiado y seguro, me sentí protegido por aquellos altos muros y aquellas iluminadas vidrieras, al fin y al cabo todas las iglesias tienen un aire familiar, con semejantes imágenes y parecidos símbolos. Me pareció que iban a empezar los oficios así que me senté. No entendía las palabras pero conocía el ritual, así que me deje llevar por la corriente tranquilizadora del sermón. El hombre es un animal de costumbres y necesita del protocolo para sentirse seguro, requiere de la liturgia para creer que lo efímero es eterno y que algo de nuestra vida insignificante durará para siempre. Además estaba la música, que es la lengua universal del alma, el idioma del espíritu, no me hacía falta entender el alemán, comprendía lo que se decía.
Después de un año allí llegaron las vacaciones de navidad. Algunos compatriotas marcharon a España para pasar aquellas fechas y ver a la familia, me animaron a que les acompañara pero yo no quise, sabía que si me iba no volvería. En la Casa de España aquella nochevieja, embriagado por el vino tinto y la nostalgia, sentí una tristeza infinita. La orquesta tocaba un pasodoble y la gente bailaba animada pero mientras mis ojos se afligían. Si en la verbena del pueblo aquella música me sabía a optimismo y felicidad ahora, fuera de España, tenía un sabor extremadamente amargo. Debería estar prohibido tocar pasodobles en el extranjero pues se convierten en el himno de la melancolía, en la banda sonora de la añoranza.
jueves, 4 de julio de 2013
MADRID (2ª PARTE)
Seguimos subiendo la Gran Vía y dejamos atrás el Cine Capitol ,con su forma apuntada parecía un barco atracando en la Plaza de Callao. Allí, mis quintos y yo (Nasta de Cardiel, y Eusebio y Juan de Bayuela) cruzamos de acera y llegamos a la calle Preciados, jalonada de tiendas que brillaban en el atardecer de Madrid con sus luces y vidrieras. Recorrimos esta arteria comercial emocionados y en silencio, como si compusiéramos una procesión pagana donde las imágenes sagradas hubieran sido sustituidas por los maniquíes de los escaparates y el Corte Inglés y Galerías Preciados fueran las iglesias de una nueva religión basada en el extraperlo. La posguerra había sido dura y todavía sufríamos estrecheces, pero siempre habría ricos, y se paseaban por allí como sumos sacerdotes del derroche, con sus trajes hechos a medida y sus sombreros de fieltro ligeramente inclinados.
Me llamó poderosamente la atención la cantidad de limpiabotas que había en cada esquina, disputándose el sitio con las putas más madrugadoras. No podía comprender como alguien podía pagar por que le limpiaran los zapatos, una actividad que a mi me parecía tan sencilla e ilusionante. En el pueblo llevábamos siempre alpargatas (salvo algún día muy señalado) por lo que limpiar los zapatos significaba también dar brillo a una vida normalmente gris. Además me parecía que adoptaban una postura humillante, postrados a los pies del cliente como lacayos de una corte oriental, ennegreciendo sus manos para que lucieran los pies de otros.
Bajamos la calle y desembocamos en la Puerta del Sol, corazón palpitante de la ciudad y ombligo sentimental de aquella España que cada 31 de Diciembre comía las uvas a la sombra de su reloj. La plaza, barnizada de contaminación, parecía un monumento antiguo y entre el gentío destacaba un cartel en forma de rombo con la palabra METRO , debajo había una escalera que parecía dirigirse al mismo infierno. Nos acercamos y miramos con curiosidad pero no nos atrevimos a descender sus peldaños. Pasado unos instantes pensé que si de niño no tenía miedo al entrar en la “Cueva del Bufo”, guarnecida de telarañas y camisas de culebras, no habría ahora de arredrarme por entrar en una gruta que era artificial y además estaba tapizada de azulejos. Les hice un gesto a mis paisanos para que me siguieran pero con la cabeza me indicaron que no, aunque dudé por un instante ya no podía echarme atrás así que bajé las escaleras decidido.
Cuando quise darme cuenta me encontraba ante la taquillera. Como yo no decía nada me miró desconfiada, pero al ver mi maleta desgastada y mi gesto vacilante comprendió que tan sólo era un pueblerino más perdido en la gran ciudad y me preguntó divertida :
- “¿A dónde vas guapo?” .
- “Al Metro”, contesté .
-“¿ Pero a que estación? el precio del billete depende de a donde vayas ”. Me aclaró pacientemente
-“Yo solo quiero ver el Metro” contesté de modo lacónico y casi suplicante, y la taquillera, entendiendo por fin mi deseo me explicó:
-“ Mira, Hay 3 líneas y todas pasan por aquí, pero acaban de ampliar la Línea 3 hasta Legazpi así que sigue esa dirección y encontrarás las estaciones más modernas “.
Siguiendo su consejo pagué el billete y me adentré sin más dilación (sentía que ya había hecho bastante el ridículo). A medida que bajaba por las escaleras me parecía estar adentrándome en un hormiguero, tanto por la cantidad de túneles y pasillos que encontraba como por las personas que iban de un lado para otro como autómatas, como si fueran insectos, sin hablarse unas a otras pero sabiéndose partícipes de una misma misión. La ciudad entera me pareció una colonia gigante de hormigas en la que cada una cumplía su papel: unas eran obreras, otras soldados y tan sólo una pocas privilegiadas podían hacer de reinas.
Esperando en el andén, intranquilo y excitado, sentía que iba a emprender una gran aventura, y cuando por fin llegó el convoy los vagones pasaron delante de mi a gran velocidad, como fotogramas de una película revolucionada, provocando que el flequillo se me despeinara y se me desbocara el corazón. Se abrieron las puertas y al contemplar el interior, con las paredes de hierro unidas por grandes tornillos , con las barras metálicas recorriendo el largo pasillo y con el sonido de la sirena anunciando la partida, me hicieron creer que entraba en un submarino de aquellos que salían en las grandes producciones de Hollywood sobre la II Guerra Mundial. Al adentrarnos en la oscuridad del túnel sentí seguramente la misma emoción y temor que aquellos marineros al sumergirse en las negras aguas del océano. Mirando mi reflejo sobre el cristal no me reconocía, estaba en un lugar tan extraño , compartiendo espacio con gente a la que desconocía, no parecía ser yo mismo sino el protagonista de una película. Una mueca de satisfacción apareció en mis labios y por primera vez se me quitó la cara de tonto.
MADRID (1ª parte)
Nunca olvidaré la primera vez
que vi Madrid, fue en 1952, llegaba a la gran ciudad para cumplir el
servicio militar. Bajaba el autobús de línea por el paseo de Extremadura, a un lado quedaba la Casa de Campo, a otro una hilera de casas antiguas junto a
la Puerta del Angel y un poco más allá otras en construcción en lo que sería la
avenida de Portugal. Entonces alcé la vista y en el horizonte, en lo alto de
una colina, apareció el Palacio
Real, grandioso, refulgiendo con sus
sillares plateados por la luz de la
tarde, engarzado como una alhaja en el Campo del Moro.
Aquello me pareció una visión sublime, como una revelación.
Cuando crucé el Manzanares por el
puente de Segovia sentí que atravesaba una frontera que me iba a cambiar, no
entraba solo en un nuevo lugar, sino en
un nuevo tiempo. Para bien o para mal, la vida que había llevado hasta ese
momento había terminado, después de
Madrid ya nada sería igual.
Luego, subiendo la cuesta de San Vicente, con la cara pegada al
cristal como un niño en un escaparate,
intentaba no perderme detalle. Los edificios me parecían castillos
y los policías municipales, con sus cascos blancos y sus cananas cruzadas,
caballeros medievales que dirigían a los
coches como si fueran sus huestes. Por
las aceras las gentes andaban aprisa, con
paso decidido y marcial, en lugar
de caminar parecían estar desfilando. Desde entonces me ha dado
la sensación de que Madrid se encuentra siempre en estado de sitio, como si
estuviera en constante preparación para la
batalla (para muchos de los que nos criamos en un pueblo ir a la capital
era como ir a la guerra).
Me acompañaban en el autobús mis quintos Eusebio y Juan de Bayuela y Nasta de Cardiel, nos había tocado hacer el campamento en el Pardo e íbamos juntos en esta aventura.
Asombrados como yo, contemplaban todo con la máxima curiosidad y hacía rato que
no hablaban. Sentados en la fila abatible del pasillo, sin saber decidirse,
miraban a izquierda y derecha como si vieran un partido de tenis. Cuando
ya íbamos a torcer por la calle de Bailén, en dirección a la
estación, paramos en un semáforo y entonces me sorprendí al ver a lo lejos una
construcción gigantesca, la más grande que había visto en mi vida. De repente,
como si estuviera poseído, le imploré al conductor que abriera las puertas y
nos dejará bajar, consintió con desgana y poco después atravesaba la Plaza de España con la maleta a
cuestas, andando ligero y decidido, como un visionario, algunos pasos atrás me
seguían mis paisanos a regañadientes,
quejándose de la marcha que llevábamos, pero es que yo me sentía como
Moisés guiando al pueblo de Israel y no podía parar.
Al llegar al final de la plaza miré hacia arriba hasta que el cuello ya
no me daba más, el Edificio España, recién inaugurado, con sus 25
plantas y sus mil ventanas, era algo nunca visto, de hecho se había convertido
en el edificio más alto de Europa.
Viendo pasar las nubes por su fachada
parecía que el edificio se echaba encima, una sensación de vértigo recorría mi cuerpo y aún mi alma
vacilaba más.
Hasta ese día la construcción más grande que había contemplado era
la catedral de Toledo pero ahora
la recordaba pequeña e inocente
en comparación. En el flanco izquierdo de la plaza se estaba iniciando la
construcción de otro edificio que sería aún más alto, la Torre de Madrid. Pensé
que las iglesias góticas iban a sentirse tristes, sus piedras nunca
podrían igualar la ligereza del hierro
y el hormigón, y los
hombres iban a dirigir ahora su atención
a estas catedrales civiles que son los rascacielos.
(Continuará)
miércoles, 3 de julio de 2013
Capítulo XXI "Aquella tarde en el rio"
Cuando era niño los veranos en Bayuela podían resultar muy duros. Por el día el calor era sofocante y había que buscar el interior de las casas, esperando que sus gruesos muros ahuyentaran la flama. De noche, por el contrario, la gente salía a la calle aguardando la llegada de la brisa con resignación, como el que espera en la estación un tren que ya se fue. Pese al bochorno, recuerdo con cariño aquellas noches cálidas de Agosto, se regaban con un cubo las calles secas y los vecinos sacaban las sillas de espadaña haciendo corrillos donde se charlaba de cualquier cosa, para los niños se extendían en el suelo mantas de “Pedro Bernardo” donde poder tumbarnos. Yo me quedaba escuchando las conversaciones y con aquel tono cadencioso de voz, el que se utiliza cuando se habla de noche, me iba quedando dormido apaciblemente. Creo que fue entonces cuando cogí la manía de dormirme escuchando hablar y ahora no puedo meterme en la cama sin poner la radio.
En aquellos veranos ardientes y pegajosos la única manera de combatir la canícula era cobijarse del sol bajo una morera o refrescarse en un arroyo, pero estos se agostaban la mayoría de las veces y apenas podías mojarte en alguna de las charcas que hubieran quedado con agua como la que estaba bajo el “puente romano” o la que había junto al molino del arroyo Guadamora. Por eso el mayor lujo que uno podía permitirse en aquellos días era bajar al río a bañarse. No ocurría muchas veces, pues siempre había alguna tarea que hacer en el campo y además se tardaba más de una hora yendo en carro o en caballería, pero cuando por fin se emprendía el camino aquello era una fiesta para pequeños y mayores. Tras cruzar el secarral en que se convierte el campo en verano y a medida que te acercabas al río notabas que llegabas a un nuevo mundo, el suelo empezaba a cubrirse de verde y entonces aparecía la pradera, que crecía vigorosa uniéndose con el río. Los chopos en las orillas jaleaban el paso del agua como la multitud anima a los ciclistas, mientras que los sauces, más elegantes y ensimismados, con sus ramas jóvenes, sedosas, y sus hojas plateadas se entretenían acariciando el viento. Junto a la exhibición vegetal estaba el espectáculo humano: los niños correteaban alocadamente chapoteando sobre el agua y las mujeres, que acudían de Cardiel para hacer la colada, extendían las sábanas sobre la hierba para que se secaran, como lienzos pintados por la luna y las camisas relucientes, colgadas sobre los juncos, daban un ambiente festivo como de banderas en los balcones el día del Corpus.
Recuerdo una tarde del verano de 1949, mi padre decidió que bajáramos al río, quería ver como iban las obras del puente que se habían iniciado un año antes y que, según decían, había hecho grandes progresos en los últimos meses. Su construcción era un grandísimo acontecimiento, no en vano los puentes más cercanos para cruzar el Alberche estaban lejos, uno llegando a Talavera en el paraje conocido como El Cristo y otro en Escalona donde el río forma un meandro que rodea al castillo medieval. El único medio para cruzar el río, en este lugar, era mediante una barcaza que el tío Feliciano de Cardiel movía con la sola ayuda de una pértiga. Era impresionante la facilidad con que atravesaba la corriente, sobre todo teniendo en cuenta que muchas veces transportaba no solo personas sino también animales o carros, parecía una hoja movida por el viento.
La obra que se estaba realizando allí era sorprendente, ya se habían construido dos arcos, uno a cada orilla, y entre ambas había una pasarela con láminas de madera que iba de un lado otro permitiendo el trabajo y el paso de los obreros. Como era Domingo las obras estaban paradas y un grupo de chicos, la mayoría de Cardiel, estaban jugando y bañándose al pie de las cepas del puente recién levantadas. Nos acercamos mi hermano y yo y vimos como se tiraban desde la pasarela al río, las chicas desde la orilla reían y animaban a los muchachos para que se lanzaran al agua, entre ellas había una chica menuda y morena, sus ojos eran brillantes y vivos, como destellos del río, y a diferencia de sus amigas, que llevaban el pelo recogido, ella lucía su melena al viento (parecía que corrieran toros por su pelo). Yo no podía dejar de mirarla y ella se daba cuenta, pasado un rato ella me miró también y tras hacer una mueca llena de gracia se dirigió a mi con tono burlón: “¿Porqué no te tiras?, ¿No te atreves o es verdad lo que dicen que los de Bayuela no sabéis nadar?”.
Aquello me dolió en el alma, primero porque había aprendido de bien chico, en la alberca del tío José, y me encantaba nadar (quizá porque es la sensación más cercana a volar a que puede aspirar el hombre) y en segundo lugar porque tenía 16 años, y con esa edad, en la frontera entre el niño y el hombre, escuece que duden en que lado estás. Espoleado por sus palabras y más aún por sus ojos negros, no tarde en quitarme la ropa y subir a la pasarela, habría unos 7 u 8 metros hasta la superficie, y desde arriba la altura parecía mayor. Una vez allí ya no podía volverme atrás, demostrando así que no podía lograr lo que ya habían conseguido otros, pero además el amor propio me empujaba a hacer algo que aún incluso les superara. Los chicos se tiraban de pié, batiendo los brazos como para frenar la caída, así que yo decidí arriesgar más y tirarme de cabeza. No pensé en la profundidad que podía tener esa parte del cauce ni si el fondo estaba tapizado de arena o por el contrario cubierto de piedras, pero el hombre, cuando se sabe observado por una mujer, siempre se ha decantado por la acción en lugar de por la reflexión. Cogí una profunda bocanada de aire y salté con decisión hacia las aguas serpenteantes y algo turbias debido a la fuerza de la corriente, gracias a ella se frenó un poco el ímpetu de mi zambullida y aunque golpeé con las manos en el fondo no me hice daño. Cuando salí a la superficie escuché aplausos y silbidos, al parecer el salto les había impresionado, el agua estaba fría pero yo sentía fuego en el cuerpo. Mientras nadaba hacia la orilla la buscaba entre el grupo, pasado un momento por fin la divisé, ella aplaudía entusiasmada y me dedicó una sonrisa que nunca olvidaré, 11 años después me casé con ella.
Dicen que Abderramán III redactó una especie de diario en el que hizo constar los días en que fue realmente feliz, llama la atención que aquel hombre poderoso y decidido sólo pudo reseñar 14 días de verdadera y pura felicidad, esa que te llena de júbilo sin saber porqué y que te hace sentir eufórico y radiante. Pues bien, no sabría decir cuantos días de esos he sumado en mi vida, quizá no muchos más, pero entre ellos estaría sin duda aquella tarde en el río.
Capítulo XX “Días de futbol"”
A la gente le gusta el fútbol porque el ser humano siempre ha sentido la necesidad de dar sentido a su vida a través de la épica. Como la vida nos resulta la mayoría de las veces corta y mediocre, buscamos hechos heroicos que rompan la cotidianeidad y señalen en rojo una fecha en el calendario (que es el cementerio de los días). En la antigüedad fueron las hazañas sobre héroes y dioses que nos contaba un poeta ciego a las puertas de Troya. En el medievo las gestas de caballeros que ponían a prueba su valor arrebatando a las doncellas de las garras del dragón. Pero en nuestros días ya no quedan princesas que salvar ni ciudades que conquistar por lo que hemos tenido que inventar nuestras propias leyendas y crear una nueva saga de héroes a partir de los ídolos del balompié. La odisea moderna se llama liga de fútbol y la aventura termina en el Olimpo de la “Champion League” o en el Averno de la 2ª división.
Para mi el fútbol fue una pasión en la juventud mientras que en la vejez es tan sólo un pasatiempo (para bien o para mal, el ardor y el entusiasmo que pones en las cosas va disminuyendo con el paso de los años). Pero entonces el fútbol era de las pocas diversiones que podíamos permitirnos en aquella España de los años 40 que luchaba por olvidar sus penurias y los fantasmas de la guerra. Y cuando el trabajo nos lo permitía corríamos a Navahonda (cuyo campo estaba entonces al revés) y dábamos rienda suelta a nuestras ganas de jugar que era lo mismo que decir de nuestras ganas de vivir. Necesitábamos bien poco: el balón y unas porterías hechas con dos palos cualquiera y una pita como larguero. Ahora una equipación completa de fútbol cuesta más que un buen traje y todos los chicos lo llevan por la calle, pero entonces no teníamos ni para el balón (en la escuela jugábamos con una madeja hecha con telas viejas). A veces nos permitíamos el lujo de comprar uno de cuero duro y con ásperas costuras por donde se inflaba y que te dejaba una marca en la frente cuando rematabas de cabeza. Debido a su alto coste, unas 100 pesetas, teníamos que comprarlo entre todos, a razón de un duro por cabeza. Para jugar nos poníamos unas simples zapatillas de suela de goma que al no llevar caucho se agrietaban enseguida y no daban mucha seguridad al pié, otros, menos afortunados y más duros, jugaban descalzos. Recuerdo todavía como la pegaba con el pié desnudo mi amigo Costa, su dedo gordo encallecido de sólo usar abarcas era un contundente espolón que impulsaba la pelota con gran potencia y más de un portero se apartaba cobarde para no recibir el impacto.
Algún domingo quedábamos con los de otro pueblo para jugar, con el Real lo hacíamos en la “Era Llana” (Maracaná de la Sierra San Vicente) y hubo partidos de una emoción y bizarría tan grande que no tenían nada que envidiar a los derbis de hoy en día. En un partido contra Cazalegas, ellos traían como gran estrella a uno de Torrijos que tenía novia allí. Era el mejor jugador con quien nos habíamos enfrentado hasta entonces pues militaba en el “Torrijeño” equipo entonces de la 3ª división (una especie de 2ª B actual) y ganaba dinero por ello (lo que hoy llamaríamos semiprofesional). Cuando le vimos calentar, dando toques a la pelota, nos quedamos asombrados con su destreza pues con total indolencia la golpeaba con pies, cabeza y hombros sin dejarla caer en ningún momento en el suelo. Si es cierto que en el deporte existe el juego psicológico ya nos habían marcado el primer gol antes de empezar el partido pues estábamos todos paralizados observándole en lugar de tirar unos “centres” que era nuestro modo propio de calentar. Un grito vino a romper el encantamiento en que nos encontrábamos, era Costa que con su voz grave y sus gestos rudos pero eficaces nos dijo: “¿Estos quienes son?: los titiriteros que han venido aquí con la cabra a montar la función. Dejádmelo a mi, a ver si hace las mismas piruetas cuando empiece esto”. Y así fue, Costa no le dejó tocar una en todo el partido, le encimaba todo el rato y cuando iba a recibir el balón su pierna guadañaba lo que se encontraba por el camino, como en tiempo de siega, y desesperado el otro quedaba tumbado en el suelo, como el trigo maduro. Al final ganamos 3 a 1 y el de Torrijos abandonó el campo con sus botas de tacos relucientes pero abatido mientras que Costa lo hizo con sus pies llenos de callos pero triunfante.
Tendrían que pasar unos años para que viera mi primer partido serio con futbolistas de verdad. Fue en 1952, en el Vicente Calderón, se jugaba un amistoso Atlético de Madrid- River Plate que terminó empate a tres. Lo que realmente me llamó la atención no fue el juego, ni el ambiente, con las trompetas atronadoras y las banderas enardecidas, sino el campo de juego. El césped era de un verde fantástico como imaginan los cuentos el jardín del edén y las líneas de banda eran inmaculadas y perfectas, enmarcándolo todo como si fuera un cuadro en el Museo del Prado. Allí ví jugar por primera vez a un chico rubiejo y delgado, que no destacó especialmente aquel día y cuyo nombre nunca antes había escuchado. Años después, lo corearían en todos los estadios y su eco aún resuena en mi corazón: Alfredo Di Estéfano.
Si en Zidane destacamos el arte, en Roberto Carlos la energía y en Raul el pundonor, En Di Estéfano encontrábamos todos estos rasgos unidos a su capacidad de mandar en el campo, como un buen torero manda en la plaza. Cuando él jugaba todos los demás eran espectadores (no sólo el público, sino también el árbitro, lo jugadores de uno y otro equipo, las nubes, las estrellas) y cuando controlaba el balón en el círculo central todos guardaban respetuoso silencio, como la Maestranza cuando en los medios despliega el capote Curro Romero. ¡Cuántas tardes habría salido a hombros del Bernabeu de haber tenido Puerta Grande en la Castellana!
Capítulo XIX "El pregonero"
Antiguamente había dos clases de pregones: el que hacía el alguacil y el que hacía el vendedor ambulante. El alguacil era la voz oficial de las noticias del pueblo e iniciaba su anuncio con el tradicional “Con permiso del señor Alcalde se hace saber” para luego continuar “ que es la hora de pagar la contribución”, “ que ha llegado a la localidad un circo itinerante”, “que se ha perdido una borrica parda”,” que los quintos han de pasar por el Ayuntamiento a medirse”. Por su parte, el vendedor ambulante vociferaba con gracia y picardía todo tipo de productos: "A la rica miel" a la "Sandía colorá",”A los peces”, "El piconero", incluso alguno ofertaba "elixir de amores" para aquellos mozos que quisieran conseguir a la persona amada.
Estos últimos continúan en la actualidad aunque se han modernizado en el medio de transporte que ya no es un carro tirado por un burro o una bicicleta sino una práctica furgoneta y también en la manera de anunciarse ya que utilizan potentes megáfonos y sus mensajes , en muchos casos, están grabados en una cinta: “El tapicero, ha llegado a su localidad el tapicero, sillas, tresillos, sillones …” o “Ha llegado el del Puente, con muchas marcas de vaqueros como Lois y otras marcas”. Sin embargo el oficio de pregonero que difunde de viva voz y por la calle una noticia o aviso ha caído en desuso y su entrañable figura ha desaparecido de la mayoría de nuestros pueblos. Los altavoces de las Casas Consistoriales o del campanario de la Iglesia parroquial sirven para ampliar la voz del alguacil, pero con un sonido hueco y metálico que, aunque se escucha alto y claro en todo el pueblo, resulta un poco frío. Todo lo contrario ocurría con Tio Boni, allá por los años 50, que tenía una voz bonita y cálida con la que, según decían las vecinas, “floreaba”, esto es, que decía el pregón gustándose y entonando las palabras con gran musicalidad. Tio Boni recorría las calles tocando la corneta y yo salía pitando de casa a su encuentro. Me entusiasmaba escuchar ese sonido agudo y tonante porque era la promesa de novedades en un mundo anodino y gris donde nunca ocurría nada. Los vecinos se acercaban, se hacía el silencio y decía el pregón como si fuera uno de los salmos del Antiguo Testamento, y todos le escuchaban con la misma atención y respeto que si el propio rey David (autor de los salmos bíblicos) los cantara acompañado de su lira. Todo nuestro universo se resumía en su locución, lo que no decía no existía, pero independientemente de la información que diera lo que nos gustaba era su estilo, como le ocurre en la actualidad a mucha gente con Matías Prats.
Para las noticias que excedían el ámbito local estaba la radio, que fue el primer electrodoméstico que no servía al cuerpo, como hacen una lavadora o un frigorífico, sino al espíritu, pues con su música, sus noticias y sus seriales hacía volar la mente y alegraba el corazón. Todos nos congregábamos en torno a esos viejos aparatos de madera y paño para escuchar el “parte” (que era como se llamaba al informativo durante la contienda nacional y que muchos de los que ya tenemos cierta edad es como seguimos llamando al telediario), las primeras copas de Europa del Real Madrid o el consultorio de Elena Francis que aunque empezó dando consejos de todo tipo (belleza, cocina, salud, jardinería) con el paso del tiempo se convirtió en consultorio sentimental donde los españolitos de a pié compartían sin gran rubor problemas que hasta hacía poco solo hubieran dicho bajo secreto de confesionario.
Pero luego vino la televisión, y más tarde internet y los medios de comunicación de masas ampliaron extraordinariamente el número de canales a través de los que recibimos información del mundo exterior cuando la mayor parte de mi vida estos canales se habían restringido a la iglesia, la escuela y el ayuntamiento. Pero si aquello era a todas luces insuficiente y arbitrario lo de ahora resulta excesivo e inabarcable. Desbordado por el torrente de información que nos llega hoy en día y hastiado de las malas noticias que nos cuentan, empiezo a leer el periódico por la parte de atrás y pongo muy poca atención a las primeras páginas, donde vienen las noticias de ámbito nacional e internacional, que cada vez me interesan menos (quizá porque a mi edad se resigna uno a que ya no puede hacer nada para cambiar el mundo). Ya sólo me importa lo que pasa en mi pueblo y echo de menos los pregones del Tio Boni, por eso sólo pongo verdadero interés cuando leo el “Aguasal”, pues esta revista es para mi como un de pregón de papel, como un bando con fotografías que me habla de lo siento verdaderamente mío, y cuando releo algún número antiguo me doy cuenta de que se ha convertido también en un libro de Historia.
CAPÍTULO XVIII "Canciones de mi vida""
Próximo a cumplir los 80 años la mayor parte de mis pensamientos están relacionados con el pasado. Supongo que es normal porque a mi edad pesan más los recuerdos que las esperanzas, y mientras lo que ya he vivido ocuparía un volumen grueso con letra pequeña, mi futuro más lejano lo podría resumir con una revista TP y los programas que veré en la televisión la próxima semana.
No trato de hacer una reflexión pesimista de la vejez simplemente es que la vida es así. Lo importante es que esos recuerdos hayan sido felices y que el presente, si llega el momento, pudiera ser un gran fin. Yo me siento contento de mi existencia y no me quejo de lo que tengo ¿Qué más puedo pedir?. Si rastreo en la memoria, que es como un desván de los sentimientos, encuentro un montón de tesoros con los que sentirme dichoso, son historias vividas al lado de personas que me quisieron mucho, mi familia, mis amigos.
Muchos de esos buenos momentos tienen la imagen de mi madre y la banda sonora de sus canciones, pues más allá de acontecimientos relevantes como una boda o las fiestas del pueblo, mi madre sabía hacer especiales las situaciones más corrientes y convertía en mágicos los hechos más cotidianos, para ello contaba con dos armas maravillosas: su inagotable ternura y su cálida voz.
A su lado la vida era como un musical de Broadway, o si se prefiere como una zarzuela en el Teatro Español y, al igual que en esos espectáculos, bastaba una palabra suelta o un hecho intrascendente para que mi madre entrara en escena y se pusiera a cantar. Solía valerse para ello del repertorio completo de Quintero, León y Quiroga, que eran sus autores preferidos y para mí el trío más importante que ha dado la historia de la música española. Que mi padre, por ejemplo, decía que los limones en lugar de amarillos estaban verdes pues ella se arrancaba con “Ojos verdes, verdes como, la albahaca. Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón”, que mi hermana pequeña lloraba desconsolada pues ella entonaba “¿Qué tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones?”, que yo la abrazaba meloso porque quería conseguir algo: “Te quiero más que a mis ojos, te quiero más que a mi vía, más que al aire que respiro y más que a la mare mía.”Todos mis recuerdos se confunden con sus canciones: cuando era pequeño me daba miedo subir a la troje, y si tenía que hacerlo porque mi padre necesitaba alguna herramienta o mi madre me había mandado a buscar unos ajos, ella se quedaba al pié de la escalera y cantaba, en voz alta, para que supiera que estaba allí (que siempre iba a estar allí) y eso conjuraba mis recelos y me infundía valor. Del mismo modo, al acostarme, me arrullaba con “Mi niño se va a dormir , su mamá le va a cantar, para que cuando venga la loba esté dormidito ya” ahuyentando los fantasmas y desnudando a la oscuridad. En mi cumpleaños siempre me despertaba con “Estas son las mañanitas que cantaba el rey David, hoy por ser día de tu santo te las cantamos a ti. …” que se ha convertido para mí en un himno al amor más absoluto (el de una madre hacia su hijo), pues era como un recordatorio de que quien me dio la vida un día, daría, en cualquier momento, la suya por mi.
Pero si había un lugar donde resaltaba esta afición suya por cantar era en la iglesia, pues a su gusto por la música unía su amor a Dios. Si una canción era la mejor manera de expresar sus sentimientos, una canción de misa era para ella la forma más bella de oración, la manera más sublime de comunicarse con Dios, y cuando cantaba, parecía transfigurarse en uno de esos serafines que dirigen los coros de los ángeles y que tan gratos son al Padre Celestial, y por eso, hasta el órgano, con su tono profundo y su sonido vibrante, parecía sentir celos de su interpretación. Todavía hoy cuando escucho a las mujeres cantar en los oficios de Semana Santa “ Pange, lingua, gloriosi Córporis mystérium…”cierro los ojos y me parece oír su voz
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