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Vestirse, en muchos casos, es como componer una obra de
arte, dicen que Matisse tardaba mucho en considerar terminados algunos de sus
cuadros y que, a veces, una única pincelada le bastaba para sentir que por fin
lo había conseguido. Así hay muchas personas que se miran ante el espejo y no
quedan satisfechas con lo que ven, y de repente, un pequeño detalle (un
cinturón, una corbata, un pañuelo) es la pincelada que faltaba para componer el
outfit deseado. En cualquier caso es bueno recordar esa máxima de la
arquitectura renacentista que dice que “lo que no suma resta”, por tanto si
añades un complemento y no mejora tu atuendo, mejor quítatelo.
Que la ropa es una segunda piel lo comprobé ya en el verano
de 1981, tenía 16 años, era sábado en la noche y marchaba exultante con mis
amigos hacia la verbena, en Navahonda.
Cuando ya estábamos llegando, se nos ocurrió hacer algo divertido y
especial, y decidimos cambiarnos la ropa entre nosotros. Dicho y hecho nos
fuimos detrás de la valla, donde el
matadero, y a mí me tocó intercambiar la
ropa con Javier. Me puse sus pantalones de pinzas y un polo Fred Perry azul
marino que tenía muy chulo, él mi camisa blanca de cuello Mao y unos pantalones
vaqueros desgastados que eran mis favoritos. Igual que cuando te disfrazas te
desinhibes y puedes convertirte en algo que no eres, al llevar su ropa tomé
también prestada parte de su personalidad, más seductora, más elegante y él,
del mismo modo, se comportó un poco más gamberro y espontáneo. Él que era más de barra que de pista se puso
a bailar y yo , que era más movido y no dejaba de danzar toda la noche, me
quedé sentado en una mesa observando el panorama. A él se le acercaron chicas
(más de lo que ya era normal) sorprendidas quizás por esa actitud más divertida
y para mi sorpresa a mi también se me acercaron algunas chicas ( lo cual no era
normal) pues quizá les atrajo mi actitud
más distante y distinguida. Lo pasamos
estupendamente aquella noche con ese cambio de papeles y al día siguiente,
cuando íbamos a devolvernos la ropa, decidimos quedarnos con la camisa del otro
para siempre, como juramento de nuestra amistad, como pacto de sangre de
nuestra juventud.
A lo largo de la vida
quedan en arraigadas en tu memoria algunas prendas que se vuelven míticas,
quizá porque te veías más guapo que nunca, o porque te traen un grato recuerdo
o quizás te dieron suerte . Yo con cierto fetichismo las he guardado como oro
en paño, aunque nunca más las vistiera. Eso me ocurrió con aquel polo azul.
También recuerdo una camiseta a rayas horizontales negras y amarillas, como la que llevaba Sting en sus primeros conciertos, mi ídolo
entonces, y cuando ya estaba vieja y con algún agujero mi madre quiso hacerla trapos y yo no la dejé
, guardándola en un baúl como si fuera
un tesoro, o un bañador beige con un ribete verde oscuro, que como en la
película el bañista ,protagonizada por Burt Lancaster, me hacía sentir
poderoso, inmortal, y más vestido que
cuando llevaba tres capas de ropa en los días de invierno.
En mi época la ropa era más cara (no venía de lejanos
talleres de Asia) y las familias no ganaban tanto dinero como ahora, por lo que
nuestro armario tenía una décima parte de las prendas que tienen ahora los
jóvenes. Contábamos con dos o tres pares de pantalones, algunas camisetas y dos
pares de zapatillas, unas para salir y las otras para hacer deporte (las que
estuvieran más viejas). Ahora tengo un montón de ropa, entre otras razones
porque sigo poniéndome prendas que tengo desde hace más de 20 años, y esto es
porque soy de Bayuela y sabemos
aprovechar bien las cosas y en
segundo lugar porque me hace rejuvenecer, segunda piel.
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