viernes, 18 de octubre de 2019

CIGARRILLOS


He sido fumador ocasional, me podía pasar semanas enteras sin probar un cigarrillo, pero a lo mejor un sábado, con los amigos, me fumaba un par de ellos. Sé que es malo y desaconsejo hacerlo, pero he de reconocer que el tabaco ha  tenido siempre en mi vida  un atractivo estético, un encanto poético.
La primera vez que fumé, con 10 u 11 años, no fue un cigarrillo, sino una caña que cortamos dos o tres amigos del pueblo, al lado del Canto de los Enamorados. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero teníamos ganas de experimentar y sentirnos mayores. Había que aspirar mucho para sacar humo  y daba un picor horrible en la garganta. Como la experiencia no fue muy exitosa, dimos un paso más en nuestra escalada hacia el vicio y la perdición, fuimos al estanco, que entonces estaba en la Calle Larga y compramos un paquete de Celtas Cortos. Era el más barato, pero cómo no nos tragábamos el humo daba igual su calidad, lo malo era que al no tener boquilla  se te pegaban las hebras a la lengua.
Me pareció divertido y pensé que cuando fuera mayor iba a fumar. No entendía mucho del tema, tenía la idea peregrina de que el tabaco negro lo fumaban solo los hombres, mientras que el rubio se había inventado después,  para que pudieran fumar las mujeres, pero decidí que fumaría “Rex” como mi profesor Don Ángel de 6º de EGB o “3 Carabelas” porque tenía un diseño muy bonito con los tres barcos en dorado sobre un fondo rojo. Luego fui descubriendo otras marcas, pero sin duda las más seductoras eran el Palmeiras, que tenía el papel oscuro con un ribete dorado en la boquilla, y sobre todo  el More, fino, alargado y de color caoba, la aristocracia de los cigarrillos.
Como era difícil encontrar estos pitillos en el estanco y además eran caros, la única  manera de conseguirlos era como  trofeos  tirando con las escopetillas en las fiestas de Bayuela. No  vayan a pensar que era una barraca de feria con su mostrador y todo, la cosa era mucho más artesanal,  de andar por casa. En la plaza, en la puerta de los cosiles, se ponía un hombre mayor con una  especie de maleta gigante  sobre unas patas de metal. Los blancos eran cigarrillos pinchados en un  palillo, tapones con anillos de bisutería y bolas de chicle de diferentes colores, que le daban algo más de vistosidad al puesto. Y allí de pie, si poder apoyarse en ningún sitio disparábamos como podíamos,  a veces se cruzaba gente por delante, como si estuviéramos en un Saloon del  Oeste. Tras conseguir el botín, lo llevábamos de medio lado en la comisura de la boca, como si fuéramos unos dandis,  luciéndolo con chulería delante de las chicas.
 Y es que, en mi caso, estaba muy relacionado el acto de fumar con que hubiera chicas delante. Me sentía más seguro, menos azorado  si tenía un cigarrillo en la mano. Recuerdo a María, una chica atractiva y distante, cuando quería fumar me pedía que me encendiera un cigarrillo, ella solo quería darle unas caladas, luego me lo devolvía y cuando mis labios se posaban en la boquilla todavía quedaba sabor de su boca, aquello me parecía un ejercicio de sensualidad sublime, una acto de complicidad maravilloso. Esos cigarrillos fumados a medias eran como  besos a través de una carta donde se imprimen los labios pintados con carmín, como acariciarse con la ropa puesta. Nunca tuvimos nada, pues  yo no jugaba en su liga, pero aquello inflamaba mi pasión y hoy  aviva mi nostalgia.
Como dije al principio, he sido un fumador social, encenderme un cigarrillo  era una manera de festejar  momentos especiales en la vida,  como lanzar cohetes en las fiesta del pueblo.  Los cigarrillos que más he disfrutado han sido en una buena charla con amigos, viendo partidos de futbol  o jugando al mus, donde dar una calada te daba la pausa necesaria para pensar la jugada y luego cuando exhalabas el humo creabas un halo de misterio que envolvía a tus contrincantes, y  que aprovechaba, muchas veces, para pasar seña. Cuando prohibieron fumar en los bares dejé de jugar al Mus.
Y ahora ya no fumo, pero mientras escribo esto tengo en la boca un cigarrillo de plástico, de esos de mentira que saben a mentolado y venden  en las farmacias. Me hago la ilusión de que echo humo, aunque en realidad  es el vapor de los recuerdos.

BICICLETAS


Cuando iba a cumplir  8 años le pedía mi Tía Florinda que me regalara una bicicleta, como todos los demás chicos de aquella época quería una  BH (Beístegui Hermanos, marca española). Cuando aquella mañana del 31 de Julio me levante y vi en el corral de mi casa la bici que me había traído, mi reacción no fue de alegría, más al contrario de cabreo y decepción:¡ la bici era de color azul celeste! Era una bici para chicas. Mi tía me explicó que a esas alturas del verano apenas quedaban bicis, (y eso que había ido a comprarla a “Mundial radio” en Talavera) y  era la única que tenían disponible,  si quería podía cambiarla pero tendría que  esperar una semana a que llegara una nueva remesa. Como las ganas de estrenarla eran mayores que las cuestiones estéticas, terminé aceptándola, aunque  un poco a regañadientes.

 Pasado un tiempo me alegré de habérmela quedado: no era tan chula  como la  Andrés Deza, que era blanca con las banderas del real Madrid a ambos lados de la rueda delantera, o la de Placi que tenía el manillar  tipo chopper y unos flecos de cuero colgando de los agarradores, pero tenía un color azul cielo que nadie más tenía en Bayuela y jamás volví a ver . además de diferente era útil, cuando estaba jugando con los chicos en la plaza y me tenía que ir a casa, la encontraba a la primera entre la más de una docena de bicicletas, todas iguales, que había recostadas en  los poyos del ayuntamiento.Con esa bici aprendí a montar, pero como Bayuela está llena de cuestas, tuve que hacerlo,  como muchos, en el campo de fútbol. Mi padre me llevaba agarrando el trasportín y  cuando pude dar las primeras pedaladas sólo, sentí la emoción que ha tenido el hombre a lo largo de la historia  cuando ha superado los límites de su  cuerpo y ha conseguido hazañas como volar.

Una vez, tenía roto el freno delantero y bajaba a gran velocidad, quise frenar pisando con las suelas de mi John Smith directamente sobre la cubierta pero cuando quise torcer en el cruce de Garciotún no pude y  salí recto volando, aterrizando sobre el barbecho, quedándome todo el cuerpo sembrada de arañazos.  Lo peor es que rompí un polo Lacoste blanco que llevaba puesto, que aunque ya estaba viejo y muy pasado, le tenía mucho cariño.

En torno a los 25 años me apunté a la moda de la “mountain bike” que iba perfecta a mi gusto: ir por  el campo y hacer el cabra.  Me compré una Bianchi, italiana.  Muchas veces me seguía Linda, la perrita de mi madre, y aunque en las cuestas abajo la perdía de vista luego en las cuestas arriba me cogía, aunque tenía las patas cortas, pues  su ritmo era incansable. Un día iba por el Cordel y cuando quise torcer para ir al Puente de los Pilones, se me atravesó, y por no pillarla frené en seco y me caí encima de la bici. Me clavé el manillar en el pecho y me  quedé sin aire,  pensé incluso que me había roto alguna costilla pues me salió un moratón considerable. Volví andando al pueblo porque me dolía mucho al respirar y Linda iba detrás  mí, a un metro de distancia, apesadumbrada, como si supiese que había sido por su culpa, y aunque yo la llamaba con dulzura, no quería acercarse.

He tenido otras bicis (las cosas cada vez duran menos) y ahora tengo una Scott, americana, con la que sigo saliendo de vez en cuando,  aunque cuando llego a una cuesta muy empinada, lo reconozco, me bajo y la llevo empujando, pero sin ningún complejo, pues cuando era chaval y alguna vez se me atravesaba subir  la cuesta del Real y me bajaba , me volvía a subir rápidamente si escuchaba venir un coche.
y
Y cuando sea viejo y mis fuerzas no consigan ya enderezar una bicicleta y ponerla en movimiento,  pedalearé sobre una bici estática en el salón de mi casa, sin peligro de accidentes pero esperando  la última de las heridas (la muerte es tan superior que te da toda una vida de ventaja) pero todavía cerraré los ojos, extenderé los brazos y creeré que soy joven y puedo volar

miércoles, 13 de junio de 2018

LA BELLEZA




Cuando era pequeño, mi madre decía que yo era el niño más guapo del mundo y yo lo creí pues ella nunca mentía, pero cuando en 3º de EGB   las niñas de mi clase votaron que el niño más guapo del curso era Raul Galíndez me llevé una gran decepción. Mi padre, para consolarme me dijo: “Un hombre vino al pueblo vendiendo gustos y nadie le compró ninguno  porque todos tenían ya el suyo”. Me quería decir que el concepto de belleza era una cosa subjetiva, pero yo sabía que no era así. Poco después  me enteré de que los Reyes Magos eran los padres, así que abandoné la niñez con la inocencia rota  y con la conciencia de que la vida no iba a ser tan de color de rosa como yo imaginaba.

Con 12 años, al inicio de  la pubertad ,me empecé a preocupar más por mi aspecto, recuerdo que cuando pasaba por la amplia ventanales de la Cafetería “Dos Plazas” disimulaba como que estaba viendo quien había dentro pero, en realidad, me miraba para ver si estaba bien peinado. Con esa edad cualquier pequeña imperfección, unas orejas un poco despegadas, unos centímetros de menos o unos  granos de más   suponían un grave revés en tu autoestima, así que yo no estaba muy contento con mi tabique nasal virado hacia afuera. Ese mismo año me habían dado un cabezazo haciendo Judo y me desviaron ligeramente la nariz. No era  aparatoso como para hacerme parecer un boxeador pero era lo suficientemente evidente para que se notara y la gente me preguntara. De hecho mi tocayo y quinto Juli “Chaparro” , con la gracia que le caracteriza, me puso el mote de “Judoka” y me decía con guasa: “Deja ese deporte, muchacho, que un día te vas a partir la crisma”.

Ese verano estaba con mi Tío Arturo en el “Reguero Bastián” y después de quitarle las alforjas y el cabezal al burro  me dijo que le llevara a beber al caño que había al final de una cuesta .Sabía que me hacía ilusión montar a pelo, pero el burro no compartía el mismo deseo y al verse libre de ataduras y  montado por un jinete inexperto empezó a correr alocadamente hacia el chorro de agua fresca y cuando llegó a la fuente frenó en seco. Salí por las orejas aterrizando con mi cara del suelo. Me golpeé la nariz e inmediatamente se me hinchó y puso roja (es verdad que la tengo un poco grande pero también es mala suerte que  todas las hostias vayan a parar  siempre al mismo sitio). Pensé que la gente me iba a tomar por Cyrano de Bergerac, el chico de la nariz grande que escribe poesías a las chicas, pero pasados unos días y habiéndose reducido la hinchazón comprobé con gran alborozo que la nariz , del golpe, se me había puesto milagrosamente recta. Así, una semana después, el día de mi decimotercer cumpleaños lo celebré muy feliz,  con una nariz mejorada que  podía mostrar y una historia divertida  para poder contar (hoy lo hago por enésima vez).

Cuando eres joven, tienes  una imagen idealizada de ti mismo, obtenida quizá después de atusarte un buen rato delante del espejo, por eso luego no te ves bien en las fotos que te han sacado a traición y nos esforzamos en ponernos serios y con nuestro mejor perfil cuando nos apuntan con una cámara . Todos menos mi amigo Luis que, quizá por ser guapo sin intentarlo, le parecía ridículo posar y  siempre salía haciendo muecas o sacando la lengua.

Sé que me hice mayor cuando dejó de preocuparme el estar guapo  y me veía bien en todas las fotos. Te aceptas como eres pero además  te das cuenta de que la vida hace justicia con la belleza: con el tiempo los guapos ya no lo parecen tanto y sólo pueden perder, mientras que los  normalitos, los corrientes, los feos, cuando se acostumbran a nuestra cara ya no  desagrada e incluso  puede llegar a parecer original.

Finalmente, cumplidos ya los 50, me preocupan más otros aspectos  de la vida y cuando me miro al espejo no me veo ni guapo ni feo, solo me veo viejo

NO LEAS ESTAS LÍNEAS SI ESTÁS TRISTE




No leas estas líneas si estás triste o has cumplido más de 60. No leas este artículo si estás afligido o te sientes viejo,  pero tampoco  si eres joven y feliz…








…NO SIGAS LEYENDO.













Con este párrafo en blanco te he dado la oportunidad  de que lo dejaras y siguieras ojeando tranquilamente el “Aguasal”. No quiero  amargarte la existencia. Todavía estás a tiempo de leer el artículo de Robert que siempre  te contagia su buen humor (Roberto hace pan también con las palabras pues todo lo que dice tiene mucha miga). O si prefieres puedes leer el artículo de Gogar pues sus pensamientos  destilan  un deseo juvenil de cambiar el mundo. Porque yo suelo escribir de la adolescencia, ese lugar  feliz a donde vuelan  los sueños  pero no anidan las penas. Pero hoy no me da la gana, m e he levantado cruzado y voy a hablar de la vejez y la muerte.
Cuando yo era niño, había un abuelo que se sentaba todos los días del año en los poyos del ayuntamiento, con la cabeza apoyada sobre la garrota y la mirada perdida en el horizonte de las agujas de la calle de Prisco. Permanecía en esa postura horas y horas, y cuando alguien pasaba por delante y le saludaba, le  devolvía el saludo levantado ligeramente la cabeza  pero sin mover ningún otro  músculo de su cuerpo. Se podría decir que no dormía ni comía pues a  cualquier hora le podías encontrar  allí, como una estatua.
Un día me senté a su lado, y pasado un  rato en el que parecía no haber advertido mi presencia, le pregunté porque nunca se movía, él me contestó: “Estoy viejo y cansado, hijo, sólo tengo fuerzas para soplar las velas de los cumpleaños  y enterrar a mis amigos”
 Creo que no se movía para burlar a la muerte, como queriendo mostrarle que  su vida era insignificante y que no le merecía la pena llevárselo.  Pienso que se camuflaba en los poyos para que la muerte le confundiera con la sombra  del rollo, aunque el rollo se mostraba siempre recto y orgulloso y  él cada día  más encorvado y abatido.
Un verano volví y no lo encontré. Esperé que tan sólo estuviera pachucho y que cuando mejorara volvería a ocupar su lugar en la plaza, pero pasados unos días, temiéndome lo peor,  pregunté por él y me confirmaron que había fallecido . Por desgracia la muerte nunca olvida, nunca se despista, nunca perdona. Como oí decir a  Apolonio un día en la barra del bar: “Los jóvenes también mueren, pero es que los viejos no queda ni uno” .Durante un tiempo la plaza se me hizo extraña sin él, como cuando quitan los entablados después de las fiestas.
Si comparamos la  vida de un hombre con el periodo de tiempo de una semana, podríamos decir que la Tercera Edad es como un Domingo, es el final de todo,  un tiempo de descanso y  vacío. A mí nunca me gustaron los domingos, ni en  vacaciones, porque es un día en que todo lo emocionante  ya ha pasado (el viernes, el sábado) y desde que  te levantas tienes una sensación de  resaca, por el alcohol o por los recuerdos, que  ratifica la idea de  que todo lo bueno se  termina.  
La vejez es  un domingo por la tarde y la muerte un lunes eterno.

viernes, 29 de septiembre de 2017

DON MANUEL




En 1971 , cuando empecé  el colegio, mi primer profesor fue  Don Arturo, un hombre riguroso e irascible que lucía un bigotito recortado y fascista que subrayaba su mal humor. D. Arturo era muy estricto y todavía utilizaba el castigo físico como práctica educativa. La dictadura franquista  estaba cercana a  su fin pero todavía quedaban  retazos  de una forma cuartelaría de ver la vida.  Aparte de algún “regletazo” en la mano cuando no te sabías la lección, en ocasiones utilizaba una práctica cruel cuando dos alumnos hablaban: “El cascanueces”.  Te llamaba a su mesa junto al compañero con el que estabas  hablando, te cogía de las patillas y te levantaba del suelo , y apenas puesto de puntillas, cuando  estabas semiflotando  como una marioneta,  golpeaba las dos cabezas. Regresabas a tu sitio sin ganas de volver a hablar pero también sin ganas de aprender, sin ganas de pensar, pues tenías dolor de cabeza hasta el final de la clase.

Un día que había traído los ejercicios sin terminar, porque no sabía cómo se hacían,  me expulsó al pasillo (cuando te echaban de clase, el pasillo resultaba un lugar inhóspito y frío, que no te auguraba nada bueno, como el corredor de la muerte), y me dijo que no me dejaría entrar hasta que no los tuviera bien hechos. Asustado ante esa perspectiva  me escapé del colegio y me fui a mi casa pues   vivía muy cerca. Llegué llorando y le rogué a mi madre  que me los hiciera y aunque me reprendió por haberme escapado, no pudo menos que ayudarme ¡era tan buena!. Cuando volví a clase y se los di a D. Arturo, les echó un vistazo inquisitivo y luego me pegó un capón. Pensé que quizá mi madre se había equivocado en algún ejercicio, pero salí de dudas cuando me dijo: “Ves como tenía yo razón, no los habías hecho porque no te había dado la gana”. La verdad era que las matemáticas se me daban mal, fatal,  con ellas siempre me pasó  como con   las mujeres: por mucho tiempo que las dedicara, nunca las comprendí. Y  así ocurrió que algún verano me amargaron la existencia (las matemáticas, no las mujeres).

Al curso siguiente la cosa cambió radicalmente. Tuvimos a D. Manuel, un profesor alegre y progre que lucía una  larga barba  y vestía rebecas coloridas de sabor hippy. Su pedagogía era totalmente distinta, un  adelanto de los nuevos tiempos que iban a llegar, se basaba en crear un ambiente de libertad y participación  en clase que  resultaba muy estimulante. En lugar de colocarnos en clase por apellido o por calificaciones, como se hacía todavía en algunos colegios, intercalaba alumnos buenos con otros a los que les costaba más seguir las clases, para que unos ayudaran a los otros. No enseñó a jugar al ajedrez, que entonces era algo totalmente inusual e innovador.  A mí me tenía mucho cariño y me llamaba “El imaginativo” porque siempre estaba inventando historias  y hacía  preguntas raras. Al siguiente curso, con gran pesar, descubrí ya no estaba en el colegio. Alguien nos comentó que se había marchado a trabajar a Francia. Quizá la Directora no entendió sus métodos y él  tuvo que buscar otros caminos. Yo le eché mucho de menos.

 Algunos años después, estando en el patio del colegio,  aparcó al otro lado de la valla un Citroen DS de color negro cuyo morro alargado le daba el apelativo de  “Tiburón”. Me pareció el coche más bonito que había visto en mi vida (la verdad es que en aquellos años no había mucha variedad más allá de los SEAT)  y me pareció un adelanto de la técnica, pues aunque ya había parado  seguía bajando lentamente de nivel mientras emitía un resoplido que le hacía parecer  un una nave espacial. Pero mi capacidad de asombro fue aún  más lejos  cuando vi salir del coche a D. Manuel. Después de abrazarnos a todos,  nos explicó que  había estado  recorriendo toda Europa por trabajo y  en su tono didáctico habitual nos dijo: “Viajad chicos , viajad todo lo que podáis. Viajar es mejor que comer, viajar es mejor que estudiar. Si el colegio es la mejor gimnasia para la mente, viajar es el atletismo del alma”.   


Es incalculable  la huella que un buen profesor puede dejar en sus alumnos. Fue por Don Manuel que me dediqué a la docencia. Fue por él que mi primer coche fue un Citroen BX de segunda mano, que aunque no tenía el perfil curvilíneo y sensual del “Tiburón” conservaba la suspensión hidroneumática autonivelable que tanto me impactó de pequeño. Con ese coche, siguiendo sus enseñanzas, hice un viaje en solitario por Portugal, sin itinerario marcado ni ruta definida, durmiendo por las noches en pensiones baratas  y moteles marchitos, viviendo por el día entre ciudades seculares  y monumentos eternos.

jueves, 7 de abril de 2016

NOCHE VIEJA EN EL BAR DE FRUTOS




La última noche de 1987 tomé las doce uvas antes de terminaran las campanadas. No lo hice por que trajera suerte, ni tampoco por tradición,  las comí rápido porque estaba deseando salir a la calle.  La Nochevieja era una ventana a la ilusión, era una promesa de risas y besos , era una noche donde todo era posible.
La gente salía a las calles y se dirigía en masa a celebra el Año Nuevo al Puri, al Toro o a la discoteca, pero la Peña Iceberg, a contracorriente,  habíamos quedado en el bar de Frutos. Era un bar típico  de pueblo donde convivían dos generaciones distintas: por un lado los parroquianos habituales, abueletes y jubilados que jugaban eternamente a las cartas y por otro  chavales jóvenes que iba exclusivamente a jugar al ping-pong o al futbolín. Por las noches apenas tenía clientela, pero nosotros lo habíamos convertido en nuestros cuarteles de invierno, donde tomábamos siempre la primera copa.
Cuando entramos en el bar había solo tres personas: Frutos, detrás de la barra,  y al otro lado Eulalio , su padre, y Tío Matías , un viejete de  boina gastada y mirada añeja que siempre estaba allí y que parecía formar parte de la decoración. Se alegraron mucho al vernos, y nos felicitamos el año con grandes abrazos y palmadas en la espalda. A la copa de coñac de Tío Matias, que campeaba solitaria sobre el mostrador, se unieron pronto   dos ponches , 3 medios de ginebra , un vodka con naranja y una Cocacola sola  (Jesús era el único de la peña que no bebía alcohol, le bastaba con su inteligencia para sortear la realidad).
Animado por el entusiasmo con que habíamos entrado, Eulalio, acompañado por una botella de anís, comenzó a cantar villancicos  y canciones antiguas que  enseguida coreamos:” Estaba el hombre en su lugar, vino la mujer y le hizo mal. La mujer al hombre, el hombre al fuego, el fuego al palo, el palo al perro…”
Estaba la tele puesta, entonces no había otro canal que “La 1” y si en Nochebuena, a las 12 de la noche, todo el mundo estaba ante el altar en la misa del gallo, en Nochevieja , a la misma hora,  todos los españoles estaban ante el televisor viendo el mismo programa especial de fin de año. No  estábamos prestando atención pero cuando  salió a  actuar Sabrina, una italiana espectacular y voluptuosa, sex simbol de la época, todos en el bar nos  callamos como por encanto y nos acercamos  a la pantalla. Si el flautista de Hamelin podía conducir a los niños a donde quisiera con el sonido de su flauta  ella nos podía llevar al fin del mundo con el canalillo de su escote.
Vestía unos pantalones vaqueros cortísimos y ajustados, una chupa de cuero negro  tipo torera y un body blanco que realzaba generosamente su busto. Cuando empezó a bailar, los pechos se le salían   y tenía que  taparse  constantemente, labor que resultaba imposible. En medio de ese bamboleo tan sugerente Tio Matias gritó: “¡Que se quite la sariana!”. Nos empezamos a tronchar de risa pues nos hizo gracia la expresión y  además compartíamos el mismo deseo.
 Como no podía ser de otro modo  por fin se le salió un pezón. Cuando le vi pensé que era redondo y sonrosado como un sol de invierno, Tío Matias, más prosaico pero más certero dijo: “Tiene unos pezones como los faros del camión de Tío Uve” y decía la verdad, eran  grandes y luminosos como una luna de verano. Cuando terminó su actuación volvimos a la barra y durante unos segundos permanecimos callados, había pasado un ángel ( de Victoria´s Secret). Tuvimos que volver a empezar la canción: “Estaba la mosca en su lugar, vino la araña y le hizo mal…”
Eran ya las 2 de la madrugada, nos habíamos alargado más de lo esperado, y aunque lo estábamos pasando bien teníamos que irnos, habíamos quedado con nuestras amigas. Las habíamos convencido de que ese año había que empezarlo de un modo diferente: nos daríamos un beso en la boca para felicitarnos el año. Habíamos argumentando que era lo moderno, lo europeo. Acabábamos de entrar en la CEE y  mi primo Josemi , que había estado en Amsterdam , me contó que las holandesas le daban un “pico” en los labios cuando le saludaban . Queríamos también derribar esa frontera.
Estábamos poniendo los abrigos y despidiéndonos de Frutos cuando se abrieron las puertas metálicas de par en par, haciendo gran estruendo al golpear contra la pared. Eran  nuestras amigas que, cansadas de esperar, venían a buscarnos. Estaban guapísimas, peinadas y maquilladas con esmero y con unas faldas demasiado cortas para ser invierno aunque todavía largas para nuestro deseo. Se dirigieron hacia nosotros  con  sonrisa pícara  y ojos brillantes y nos empezaron a saludar con un beso en la boca. Sus labios me supieron tan dulces  como el ponche que estaba tomando.

 Salimos del bar abrazados a ellas, riendo, cantando,  pensando que la noche era larga. Tío Matias, nos miraba con incredulidad y admiración, pensando que la vida era corta o que, quizá, había nacido demasiado pronto.

jueves, 14 de enero de 2016

SUERTE

                                    

El primer  fin de semana de Octubre de 1981  eran las Fiestas de Cardiel en honor a la Virgen del Rosario. Yo no era mucho de  ir a las fiestas de otros pueblos pero esta era una excepción, primero porque soy medio cardielejo y en segundo lugar porque tienen un encanto especial. Al ser las últimas del año son como la despedida definitiva de las vacaciones de verano,  edad dorada para un adolescente, y aunque ya ha empezado el Otoño,  los días son todavía bellos y cálidos. 
El sábado por la noche, estaba con mis primos en la plaza del  Cerrillo oyendo tocar a  los “Pekes Brandys” y  vi llegar  a tres chicas de Bayuela: Marta, Elena y  Patricia. Me acerqué a saludarlas y aunque no éramos amigos, el hecho  de encontrarse con una cara conocida, siendo ellas forasteras,  hizo que me recibieran con gusto. Con quien más conecté fue con  Patricia que se reía todo el tiempo con las cosas que le contaba  y  en un momento dado  me cogió de la cintura y, sin preguntarme,  me sacó a bailar un pasodoble. En un descanso, mientras tomábamos una Mirinda y  charlábamos me comentó que era la primera vez que bajaba a Cardiel y que no conocía el pueblo. Entonces yo, como buen anfitrión,  me   ofrecí a ser su guía turístico. Primero rodeamos la iglesia y le mostré la pared donde se jugaba al frontón (deporte nacional de Cardiel), luego  le enseñé el rollo, hermano  pequeño del de Bayuela, después  el ayuntamiento y como final del tour,  le llevé a dar un paseo hasta el puente sobre el arroyo Saucedoso,
 Sentados sobre el pretil del puente  nos quedamos en silencio y mirábamos las estrellas , el momento era  mágico: la luna menguante parecía guiñarme el ojo   y en la orilla los chopos se inclinaban sobre la aliseda insinuándome  que la besara , estaba a punto de hacerlo pero de repente la magia se rompió y dijo: “Nos tenemos que marchar, va a venir a recogernos el padre de Elena y  a lo mejor me están buscando”. Efectivamente cuando volvimos al Cerrillo ya estaban esperándole para marcharse, antes de entrar en el coche se volvió sonriéndome y me preguntó:“¿Nos vemos mañana? ,¿Estarás en Bayuela?”.  “Sí, le contesté,  subo al pueblo a dormir.”
Al día siguiente, Domingo, habíamos  quedado mi amigo  Manolo y yo  a jugar al mus con Goyo y Miliki. Eran mayores que nosotros pero en un campeonato que se había celebrado en la “Cafe”, durante el verano,  habíamos jugado la final con ellos. Nos habían ganado pero nos ofrecieron  caballerosamente jugar la revancha y  habíamos elegido ese día.
Todo estaba dispuesto, el tapete verde como el césped del Santiago Bernabeu, los chinos plateados y  relucientes. Me encantaba jugar al mus, y hacerlo con Goyo y Miliki  era como  jugar la Copa de Europa contra el Madrid. Goyo faroleaba sin pestañear y Miliki te miraba muy fijamente a través de sus  gafas de pasta y, como si estas tuvieran rayos X, te adivinaba las cartas,  sobre todo en juego, parecía saber siempre  si  llevabas o no 31.
Habíamos perdido la primera vaca, entonces entró Patricia por la puerta de la Plaza y me sonrió, cruzando la cafetería con coquetería  para salir  estilosamente por  puerta de la Plazuela. Pensé que lo había hecho para que la viera. En ese momento perdí todo interés por la partida y toda mi atención estaba en ella, que, no por casualidad, se había sentado en los poyos de la Teléfonica, justo enfrente de la ventana  donde estaba jugando. Yo  quería perder cuanto antes y salir a  hablar con ella, pero  entonces empezaron a entrarme buenas cartas, lo cual además de ser un contratiempo era de  mal agüero: “Afortunado en el juego, desafortunado en amores”. Eran las 6 de la tarde y los que vivían en Madrid ya empezaban a marcharse, pues  con que hubiera un poco de  caravana se tardaban  tres horas en llegar, por lo que posiblemente Patricia no tardaría mucho en partir. Ella volvió a entrar en la cafetería, compró unas pipas y volvió a sonreírme.
Tenía que terminar la partida como fuera y empecé a arriesgar y a echar órdagos. Tenía a Goyo y Miliki totalmente despistados, también a mi compañero que me miraba sorprendido, no sabían  a qué atenerse. Miliki ya no acertaba en sus predicciones  y Goyo se desesperaba porque yo siempre llevaba cartas. Empatamos a una vaca y en la definitiva ya no sabía si ir a ganar o a perder, pues las cartas se mostraban caprichosamente en contra de mis deseos. Llegamos al juego definitivo, Miliki echó un órdago,  puse las cartas boca arriba y sin esperar a comprobar quien había ganado, salí disparado hacia la plaza,   pero en ese momento  el 124 blanco del padre de Patricia acaba de recogerla y se dirigía  calle abajo hacia el cruce. El perro de adorno que muchos coches de aquella época  llevaban en la parte de atrás movía la cabeza  arriba y abajo,  corroborando lo que yo pensaba, que sí, que había perdido mi oportunidad.

Aquella fecha quedaría  marcada en mi vida como “El día en  que gané a Goyo y Miliki pero perdí  el amor de una mujer”