domingo, 30 de noviembre de 2014

HERMANOS







Un hermano es quien más se parece a ti ,es como tu espejo. Ha crecido en el mismo ambiente que tú, se ha educado con los mismos valores. Los recuerdos son comunes y las vivencias compartidas, en muchas ocasiones se te parece en la forma de hablar, incluso en el propio timbre de la voz. En mi caso esa comunión es muy grande pues al ser yo 5 años mayor que mi hermano nunca hubo atisbo de rivalidad y sí un sentimiento paternal  de protección .

Cuando éramos pequeño, en el pueblo, dormíamos en la misma habitación. Las casas de pueblo siempre tienen más ruidos que las de la ciudad y por la noche dan más miedo. El suelo de madera de la troje crujía como si alguien caminara penitente y a veces las termitas mordían virutas de las puertas con una apetito insaciable. Una de esas noches de sonidos desconocidos yo estaba asustado metido dentro de la cama, con la cabeza tapada por la colcha a modo de estandarte contra los monstruos de la habitación. Entonces él dijo: “Juli, tengo miedo” y en ese mismo instante una sensación de calor y coraje inundaron mi cuerpo y dejé de tener miedo , luego alargué la mano, salvando el corto espacio que había entre ambas camas y cogí la suya diciéndo: “Estando yo a tu lado nunca te va a pasar nada” Esto le tranquilizó y al poco tiempo se volvió a dormir. Pero pocos meses después  no cumplí mi promesa.

Durante el mes de Junio nos apuntaron a un cursillo de natación en Madrid, ,mi hermano tenía 5 años y todavía no sabía nadar bien y mi madre, previsora, quería que ese verano nos defendiéramos en el agua para cuando fuéramos a bañarnos al río Alberche. Transcurridos 10 días le pasaron del nivel “iniciación” a “perfeccionamiento“, donde yo estaba, en la zona donde cubría la piscina. Sin ningún preámbulo le echaron al agua y al no sentir el suelo bajo sus pies, se empezó a poner nervioso y se puso a agitar los brazos compulsivamente y viendo que se hundía me gritó. “¡juli, tírate!”, dudé un segundo , sólo un segundo, pero ya el profesor se había tirado y le acercaba al borde. Cuando llegó a mi lado lloraba desconsolado por el susto y yo también lloraba por haberle fallado. En las semanas siguientes , durante muchas noches , tuve la pesadilla de que mi hermano me pedía auxilio y yo me quedaba petrificado y no podía tirarme.

Pero ese mismo verano la vida me dio la oportunidad de enmendar mi fallo. A finales de Agosto ya montaban la plaza en el pueblo para las fiestas, e inevitablemente los niños jugaban a los toros. Mi madre le había hecho a mi hermano una muleta con un trapo rojo y un estoque con una caña y él toreaba a un amigo suyo que embestía con nobleza. Yo estaba hablando con mis amigos, sentado en el entablado encima de los toriles, que era mi preferido pues era el único que quedaba de madera cuando se hizo la plaza de hierro. Entonces vino llorando porque un chico más mayor le había quitado la muleta y no se la devolvía. Yo no es que fuera muy gallito pero cuando algo tenía que ver con mi hermano me daba fuerza extra y me dirigí a por el abusón. Cuando rodeé el royo me sorprendí al ver que el chico en cuestión era Benito “rompepelotas”.

Benito era un chico del pueblo, bastante bruto, cuyo mote , según la leyenda, tenía dos orígenes: un día jugando al futbol pegó tal punterazo al balón que le reventó descosiendo las costuras, otra versión decía que en una pelea le había pegado una patada tan grande en la entrepierna a un chico que este ya dejo de crecer y nunca llegaría a ser un hombre . Quizá ambas historias fueran reales. Lo cierto es que él y sus amigos se metían con todo el mundo, conmigo también. Me llamaba “palicucho”, no se bien porqué, nunca le pregunté, supongo que porque era de complexión delgada y les parecía poca cosa.

Cuando me dirigía hacia él ya era tarde para echarme atrás , mi hermano andaba tras de mi, y sus amigos también, como público impaciente que espera que algo ocurrá. Cuando estuve frente a él le pedí que le devolviera la muleta a mi hermano. Benito sonrió y como única respuesta alzó la caña ,que hacía de estoque, y se abalanzó a mi para darme en la cabeza. Yo cogí la caña con las dos manos y con su propio impulso le hice un” ipon sionague”, una llave de judo que yo había practicado en clase ( era cinturón amatillo-naranja) cayendo como un saco sobre el suelo, dando una gran costalada. No se levantó del suelo y mientras sus amigos le auxiliaban yo le devolví la muleta a mi hermano y me di media vuelta y me fui. En ese momento gané el orgullo de mi hermano y el respeto de los que se metían conmigo que desde entonces me cambiaron el mote por el de “judoka”.

Como decía al principio un hermano es quien más se parece a ti, es como tu espejo, y en mi caso es donde mejor me reflejo pues tiene mis mismos rasgos pero sin mis defectos.

 

 

 

 

EL PRIMER BESO





PLANTEAMIENTO

Verano de 1977, tenía 12 años. Sentado en los poyos de la plaza veía la vida pasar. Era temprano, todavía alguna mujer venía de la vaquería con la lechera rebosante para preparar el desayuno, pero yo madrugaba mucho (nunca me gustó estar en la cama) y como me aburría en casa me iba a la plaza a esperar a que salieran mis amigos. Sólo Tío Blas se me adelantaba y cuando yo llegaba ya estaba allí columpiando las piernas y silbando canciones antiguas.

Allí estaba cuando se acercaron Elena y Silvia y se pusieron a hablar conmigo. Nos conocíamos de toda la vida pero había sido ese verano cuando habíamos hecho por primera vez una panda de chicos y chicas. Estábamos hablando de trivialidades cuando sin venir a cuento me preguntaron: ¿ tienes novia en Madrid . Les contesté que no y se rieron. Aún no había encajado la primera pregunta cuando hicieron otra más atrevida
“¿has besado alguna vez a una chica?”. La verdad era que nunca lo había hecho pero no quería pasar por timorato y les contesté que sí. Creí que ya había acabado el interrogatorio pero sin darme tregua inquirieron con tono malicioso: “¿con lengua?”. Este concepto no lo comprendí, y como no sabía que contestar solo acerté a decir: “sois bastante cotillas, ¿No? . Como me mostré un poco azorado dedujeron que no lo había hecho y dijeron: “Pues si tienes suerte lo mismo hoy pruebas, esta noche vamos a jugar a la botella” y se marcharon a hacer unos recados.

Yo tenía que saber cómo era un beso con lengua, para ello necesitaba alguien de confianza que me lo explicara. La persona apropiada era mi primo Tito , 5 años mayor que yo, jugaba al baloncesto y tenía buena planta, yo sabía que tenía éxito entre las chicas y cuando le planteé la cuestión me contestó:“un beso en los labios es como llamar a la puerta, un beso con lengua es entrar hasta la cocina”. La metáfora no resolvió mis dudas así que tendría que aprenderlo por mí mismo.

NUDO

En mi época, las primeros experiencias amorosos con chicas solían suceder con juegos como “la cerilla” o” la botella”. Aquella noche nos reunimos con las chicas en el “Canto de los enamorados” lugar propicio por su discreción, alejado del pueblo y apartado de la carretera. Elena, que por ser la más desarrollada físicamente desataba admiración en los chicos y obediencia en las chicas se erigió como la Suma Sacerdotisa del juego y ponía las prendas cuando el que perdía elegía “verdad o condición”. Después de unas prendas inocentes para entrar en calor como era preguntar “¿Quién te gusta?” o dar un beso en la cara , la botella paró enfrente de Toñi, una chica menudita y atractiva, con mucha personalidad que llevaba el pelo corto a lo “garzon”. Ella dijo condición y Elena emitió su veredicto: “Un beso de tres segundos en los labios a quien señale la botella, exclamaciones y grititos nerviosos acogieron la sentencia. A mi me encantaba esa chica así que recé para que la botella al girar en el suelo se dirigiera a mí. El casco de vidrio daba vueltas y vueltas, y al igual que el péndulo de Foucault muestra la rotación de la tierra, así la botella, girando sobre sí misma, revelaba el movimiento turbulento de mi corazón. Cuando finalmente paró y su boca me apuntó di gracias al cielo. Desde entonces nunca he ganado nada en la lotería, no me ha tocado nada en las quinielas, creo gasté toda mi fortuna aquel día, pero no me arrepiento. Ella se levantó se dirigió a mi y posó sus labios en los míos, fue como una caricia, como un chispazo. Los demás contaban en alto: 1, 2 y 3”, y cuando terminó el conteo sus labios permanecieron un segundo más sobre los míos. Ese segundo extra valía más que los otros, me lo daba ella porque quería, no estaba obligada por la dictadura del juego. Fue mi primer beso y fue genial.

DESENLACE

Aquel primer beso tuvo su epílogo en el cine de verano, el sábado siguiente ponían “Lo que el viento se llevó”, Toñi y yo nos sentamos junto. Desde que nos dimos el beso se notaba que había algo entre nosotros. Cuando apagaron la luz fui a apoyar mi mano en el posabrazos de aquellos bancos de madera antiguos y me encontré con la mano de Toñi, al instante nuestros dedos se entrelazaron como compatriotas en el exilio. Supe que era el momento de tomar la iniciativa, tenía miedo de que me rechazara pero era mayor el deseo de volver a besarla. Me giré hacia ella y acercándome despacio puse levemente mis labios en los suyos, ella me cogió del cuello acercándome más, abrió su boca y su lengua rozo la mía. Una sensación maravillosa recorrió todo mi cuerpo, de repente no había gravedad, no había norte ni sur, estaba en otro planeta, me sentí como Neil Armstrong la primera vez que pisó la luna, volviendo del revés la frase que él mismo pronunció fue un pequeño paso para la humanidad pero un gran salto para el hombre (que yo empezaba a ser), por fin supe lo que era un beso con lengua.

La película era larga, duraba 3 horas, pero como cambiaron de rollo 8 veces pasó de las 4 de duración. Cuando se apagaba la luz nos besábamos y cuando se encendía disimulábamos y ni tan siquiera hablábamos. Si nunca antes había besado a una chica, ahora estaba sumando minutos y minutos, adelantando a muchachos más despabilados que yo. Incluso me permití compadecerme de Clark Gable que, ya al final de la película, tan sólo consiguió dar un beso a Vivien Leigh y encima no era con lengua.

Aquella noche, ya en mi casa, me costó mucho dormir pues no podía dejar de pensar en Toñi, y cuando cerraba los ojos veía sus ojos cerrados mientras me besaba.

sábado, 14 de septiembre de 2013

FAENAS





Afirma Rousseau que "El hombre es bueno por naturaleza pero la sociedad le corrompe", yo por el contrario pienso que el ser humano cuando nace es un animal, busca por encima de todo satisfacer sus deseos sin importarle nada los demás, pero la sociedad, a través de la familia y la escuela, le va humanizando, domesticando. El hombre es un salvaje que se ha amansado, como un lobo que se convierte en perro.

No obstante, hay días en la vida que sale de su guarida la bestia que llevamos dentro, y uno desea hacer lo que le dé la real gana, es más hacer cosas incorrectas, prohibidas, ilegales, más aún cuando tienes 11 años, que has dejado de ser un niño y te crees el rey del Mambo. En esa etapa necesitas salirte del camino que te marcan para encontrar el tuyo propio. Hacer travesuras es cruzar la frontera del mal para saber luego donde están los límites. Hacer faenas es un entrenamiento para la vida.

Aquel día de verano de 1976 mi amigo Manuel y yo habíamos pasado una mañana aburrida, sin saber que hacer (entonces no había piscina municipal) y decidimos que por la tarde íbamos a cambiar el rumbo de las cosas, haríamos lo que quisiéramos, nada nos pararía. Para empezar no obedecí una de las principales normas que había fijado mi madre para ese verano: "Durante la siesta todo el mundo está en casa, y si no te quieres dormir te tumbas en la cama y descansas". Echarme la siesta entonces me parecía estar enterrado en vida, meterme en la cama era como encerrarme en un ataúd. Con 12 años la vida te depara emociones mejores que ver como se desprenden los caluchos del techo.

Salí de mi casa con sigilo cerrando con cuidado la gruesa aldaba de hierro de la puerta antigua y me dirigí hacia el cementerio, donde había quedado con Manuel. Quizá este no fuera el sitio más adecuado para estar una tórrida tarde de verano a las 4 de la tarde pero la soledad del lugar era necesaria para nuestra primera ocurrencia.

Cuando llegó Manuel le pregunté: "¿Has traído el tabaco?", y sin contestar, dándolo por supuesto, me dijo "¿Y tu el chocolate?". El se encargaba de robarle unos cigarrillos de la marca Sombra a su padre y yo me ocupaba de llevar chocolate para que luego no nos oliera el aliento. A mi no me hacía especial gracia fumar, de hecho no me tragaba el humo, pero lo que sí me gustaba era encender los cigarrillos con el mechero de mecha, el olor de la cuerda quemada me hacía sentirme como un hombre de los de antes, hombre de campo, de esos que tienen más callos en el alma que en las manos.

Después estuvimos deambulando más de una hora por una Bayuela completamente vacía, parecía un pueblo fantasma, con las calles abandonadas por alguna catástrofe invisible. Tuvimos la sensación de que el pueblo entero nos pertenecía. A eso de las 5 empezaron las primeras señales de vida y entonces nos fuimos a la plaza. Sentados en el último escalón del rollo veíamos pasar la vida con un sentimiento de superioridad , tanto por la altura desde la que veíamos pasar a la gente como por la sensación de inmortalidad que da cumplir 11 años y tener toda la vida por delante.

Estando allí, vimos pasar en su bici deslumbrante a Mauricio alias "el lagartija" que tenía ese mote por su afición a llevar polos de la marca Lacoste . Su padre tenía una boutique en la calle Alcalá de Madrid y él era un niño "pera" que hacía gala de ello. Fue el primero en Bayuela en vestir unos Levis Strauss, que según decía le habían traído de EEUU (yo estaba orgulloso de mis Wrangler pero sin duda aquello era otra categoría). Entró en el bar de Frutos acompañado por su primo Enriquito y otros dos o tres muchachos. Mauricio siempre llevaba dinero encima e invitaba a jugar al billar y a comer toreras a todo aquel que le hiciera la rosca. Los muchachos se le pegaban recibiendo sus obsequios y se lo agradecían como si fueran la corte del Rey Sol. Solían jugar al billar, que entonces me parecía un juego aristocrático y elitista, el tapete verde me parecía de terciopelo y las bolas nacaradas yo pensaba eran de marfil, y además el contador marcaba la considerable cantidad de una peseta por minuto. Nosotros cuando éramos capaces de juntar dos pesetas entre todos, las empleábamos en jugar al futbolín que me parecía un juego más solidario y popular, podían jugar 4 a la vez y un tiempo indefinido (sobre todo cuando una de las monedas se quedaba atrancada permitiendo que después de cada gol la bola volviera a salir) .

Mauricio había aparcado a la puerta de Frutos su bicicleta tipo chopper. Era la Harley Davidson de las bicicletas, con su sillín bajo y el manillar doblado hacia dentro, tenía una bandera a cada lado de la rueda delantera, una de España y la otra del Real Madrid, y siempre la llevaba reluciente, impoluta, personalizada con su nombre escrito con letras doradas sobre la barra central.

Manuel y yo nos miramos y no tuvimos que decir nada, en unos instantes Manuel llevaba la bici de Mauricio a toda prisa y yo iba detrás, en el trasportín. En nuestra carrera hacia el lado oscuro habíamos arrancado a lo grande, una sensación de libertad y locura nos invadía. Ibamos determinados a realizar nuestra siguiente proeza ... (CONTINUARÁ)

El siguiente paso en nuestro camino de aventura y perdición era colarnos en la piscina de Doña Jose para ver a sus nietas en bañador. Tenían nuestra edad y eran muy guapas, desde el principio del verano las perseguíamos y aunque ellas se quejaban y nos llamaban pesados, siempre se sonreían cuando pasaban por delante. Saltar la pared de piedra y entrar en la finca fue el 2º acto delictivo de ese día tras del robo de la bicicleta. Ocultándonos entre los olivos fuimos avanzando hacia a la piscina, el mejor lugar para observarlas era detrás de los vestuarios junto a un emparrado que hacía de sombra, camuflados por las hojas compartíamos escondite con un escuadrón de avispas golosas que atacaban un racimo de uvas con la misma decisión que Luke Skywalker lo hacía con la estrella de la Muerte. Allí estábamos con los ojos bien abiertos y el corazón desbocado asistiendo fascinados a una exhibición de juventud y belleza, cuando sentí de repente varios picotazos en el culo, y no pude evitar gritar un exabrupto. Entonces ellas se percataron de nuestra presencia y preguntaron ¿Quién anda ahí?.Cuando nos vieron salir del emparrado se taparon con sus toallas y empezaron a gritar entre excitadas y divertidas: ¡Fuera de aquí! ¡Fuera de aquí!. Manuel y yo salimos corriendo a toda prisa, mientras su perro, que era pequeño pero vivaz, por eso le llamaban Chispa, nos ladraba y corría detrás envalentonado por nuestra huída.

Aquel fracaso pudo cortar nuestras ganas de correrías pero a los 11 años la imprudencia es mayor que la razón, y decidimos ir a merendar gratis. Con la bici del "lagartija" nos dirigimos a un huerto que estaba en el camino al Puente Romano, cerca del arroyo, y que tenía unas sandías espectaculares. Había una caseta donde estaba el motor para sacar agua del pozo y donde se guardaban los aperos de labranza, sabíamos que allí tenía el dueño , Tío Candiles, un cuerno con el condumio para hacer gazpacho. Nos preparamos uno con el agua fresca del pozo en una lata vacía de leche condensada que hacía las veces de vaso y aunque tenía cierto sabor metálico no podía haber nada mejor para la sed (todavía no se había inventado el Aquarius). Al acabar Manuel se levantó, arrancó una sandía de la mata y me la tiró desde lejos para que la cogiera, tuve que hacer una palomita para atraparla y que no cayera al suelo y reprendí a Manuel su acción, pero esto en lugar de amilanarle le animó aún más y empezó a tirarme más sandías. Pude atajar dos más al vuelo pero la tercera estalló contra el suelo como una bomba, explotando su jugosa carne roja por todos lados y saltando las pipas por el aire como si fuera metralla poniéndome perdido. Nos pusimos a reír y yo le comencé a tirar tomates y pepinos como si fueran granadas de mano.

 

En medio de esa incruenta y colorida batalla vegetal sonó una voz potente que clamaba: "¿Qué hacéis ahí gaznápiros?¡venid aquí ahora mismo!". Era un guardia civil a caballo, con su correspondiente pareja, que desde el camino nos requería. Una mueca de espanto se dibujo en la cara de Manuel, yo me quedé paralizado pero vi como él saltaba la pared de piedras de un brinco en dirección al arroyo y le imité, corrimos como alma que lleva el diablo. Sentía fuego en las sienes y no dejaba de correr, el corazón amenazaba con salírseme del pecho y estallar, como las sandías del Tío Candiles. Cuando llegué a casa me metí en mi habitación y no me moví, esperando que en cualquier momento llegaran los guardias civiles para detenerme, en las paredes frías y encaladas de mi habitación veía los muros de la cárcel. Aquella noche no pude dormir bien, sentía los aguijonazos en mi trasero pero aun más los pinchazos de remordimiento en mi corazón.

A la mañana siguiente me desperté pensando que todo había sido una pesadilla pero entonces vino Manuel a buscarme y me dijo que los guardias civiles, que no habían logrado cogernos, habían seguido la pista de la bici de Mauricio, que habíamos dejado allí abandonada, y habían ido a su casa a buscarle. Aunque él lo había negado todo, le hacían responsable del destrozo de las sandías y del allanamiento de la caseta y su padre le enviaba castigado a Madrid el resto del verano. Al escuchar esto, dudé unos instantes, pues mi primer impulso era meter la cabeza debajo del ala y salir de rositas de la situación, pero enseguida supe que no podía cometer tal injusticia, Manuel estaba de acuerdo. Cuando íbamos a casa de Mauricio nos encontramos con su coche que bajaba por la botica dirección a Madrid, el padre iba circunspecto conduciendo y Mauricio, en el asiento detrás, llevaba la cabeza agachada con la resignación de un reo. De manera decidida me puse en medio de la calle haciéndole frenar bruscamente, me acerqué a la ventanilla y le explique a su padre que nosotros éramos los culpables.

 

Estuve una semana castigado sin salir a la calle salvo para ayudar al Tío Candiles a "cerrar" unos camiones de paja para compensar así el destrozo que le habíamos hecho. No se me ocurre peor condena, el calor que hace en el pajar y el peso de las alpacas te hace sudar y la paja se te pega picándote todo el cuerpo, pero a mí no me importaba, incluso me hacía sentir bien porque podía reparar en parte el disgusto que tenía mi madre, pobrecita, con lo buena que era. Por el camino aprendí un par de lecciones de la vida: Mauricio, aunque le había robado la bici y le había metido en un problema, me miró desde entonces con cierto respeto por haber dado la cara cuando me podía haber callado, y es que el valor puede hacer perdonar otros defectos. Las nietas de Doña Jose, por su parte, me vieron el resto del verano con cierta admiración porque si el incidente de la piscina había sido algo patético, la historia de la persecución por los guardias civiles había corrido por todo el pueblo y me había convertido en una especie del Lute en miniatura. Nunca he sabido porqué, pero a las chicas les gustan los malos, los atrevidos, los que cruzan la frontera.

ESTACION SUR




En el verano de 1980 cumplía 15 años y por primera vez me dejaron ir solo a Bayuela. Mi padre cogía el "permiso" en Agosto y el mes de Julio se me estaba haciendo muy largo en Madrid así que convencí a mi madre para adelantar mi llegada en una semana al resto de la familia. Cogí el metro hasta la estación de autobuses y a medida que ascendía por las escalerillas mecánicas aumentaba mi excitación: iba a emprender un viaje formidable, no por la distancia, apenas cien kilómetros , sino por lo que suponía pasar de ser un adolescente, que iba con sus padres a todos lados, a ser un adulto con cierta independencia. Además Bayuela representaba para mí la tierra de la promisión y los sueños, imagino que así sería para los primeros colonos América.

La Estación Sur era bulliciosa y antigua como las calles de un bazar oriental. Los viajeros iban y venían a un ritmo constante, con la cadencia del flujo sanguíneo, cargaban con bolsos y tiraban de las maletas que, adornadas con cintas y pegatinas de colores, me recordaban cometas arrastradas por la arena. Mientras esperaba para comprar el billete frente a las taquillas de Castro Bonel vi llegar a la cola a una chica guapísima, me pregunté si cogería mi misma línea. Era morena y tenía una melena larga y brillante que se movía al andar como si una manada de toros corriera por su pelo. Sus ojos rasgados le daban un aire enigmático y muy atractivo. Llevaba vaqueros oscuros y camiseta negra, indumentaria que puso de moda la película Grease y que se convertiría en el traje de princesas de los años 80.

Me dirigí a la dársena enseguida pues quería coger sitio junto a la ventanilla y monté en el coche de línea en cuanto abrieron las puertas. Estuve esperando10 minutos y cuando faltaba poco para la partida subió al autobús la chica de la estación. Sólo quedaban dos sitios libres, uno detrás del conductor a lado de una señora mayor que llevaba un gran bolso sobre las piernas y el otro a mi lado, al final del pasillo. Dudó un instante pero finalmente se dirigió hacia donde yo estaba. Me pareció un guiño del destino ,y si alguien piensa que había un 50 % de posibilidades de que eligiera mi asiento, la siguiente señal fue inequívoca: llevaba en la mano un libro, tenía el dorso marcado por la pegatina de un biblioteca, lo que mostraba que era lectora habitual, cuando vi la portada no me lo podía creer , estaba leyendo el mismo libro que yo "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez .

En cuanto arrancó el coche se puso a leer y yo saqué de mi mochila el ejemplar que me había dejado mi profesora de Literatura para el verano, lo abrí ostentosamente para que lo viera y me puse también a leer. Como llevábamos 20 minutos de viaje y ella no había advertido la coincidencia, o quizá la había pasado por alto, aproveché un frenazo que dio el autobús a su paso por Móstoles para mirar directamente el libro y como si acabara de darme cuenta decirle : ¡Vaya, que casualidad!, ¿Te está gustando?, yo acabo de empezar, ella se sonrió y me dijo: Mucho, no puedes dejar de leerlo, pero dicho esto volvió a enfrascarse en la lectura. Yo sólo llevaba 50 páginas pero miré la página por la que iba y comencé a leer a partir de ahí para seguir su ritmo, iba estropear la gracia del libro pero quería saber lo que ella estaba sintiendo, pensar lo que ella estuviera pensando, sentir de algún modo que estábamos conectados.

En Navalcarnero un atasco más grande de lo habitual nos tenía retenidos y en media hora apenas habíamos avanzado unos cientos de metros. Al pasar por la plaza del pueblo, bajo su pórtico de piedra se guarecía el vendedor del "rico bombón helado", las gentes le llamaban desde el coche y el se acercaba con su nevera a la espalda y les vendía su dulce y refrescante mercancía. Hacía calor, tenía hambre y además vi una ocasión inmejorable para quedar como un caballero, así que le pregunte que si le apetecía un helado, ella me miró sorprendida pero pasado un instante dijo: Vale. Por la ventanilla llamé al vendedor que subió al autobús a darme los helados. Ella se comía el bombón crujiendo con delicadeza la corteza de chocolate y lamiendo la nata con suavidad. Yo, que he sido siempre bastante impetuoso para todo, lo comía a bocados dejando mutilado el helado en cada mordisco. Al final ella se quedó chupando el palo en la boca con una gracia y sensualidad que a mí me volvía loco.

A partir de ese momento comenzamos a charlar, me dijo que iba al Real, pues una amiga suya le había invitado a pasar unos días allí. Yo le expliqué que pasaba el verano en un pueblo que estaba justo antes, en Castillo de Bayuela. Le hablé de las bondades de la región, de la belleza de la sierra y de que algún día me gustaría dejar la ciudad y vivir en el campo, ella me dijo que por nada del mundo viviría en otro sitio que no fuera Madrid. Como vi que por ese lado no tenía mucho futuro le pregunté por sus gustos musicales,
yo le conté que mi grupo favorito era Police pero ella prefería Supertramp.

La Castro Bonel hacía una parada técnica en Escalona, 20 minutos en los que la gente estiraba las piernas y tomaba algo en el bar. En otras ocasiones esta parada me resultaba fastidiosa pues sentía cerca la presencia de Bayuela y suponía prolongar la espera, pero aquel día no me hubiera importado que hubiéramos tenido que quedarnos allí a hacer noche. Le pregunté que si quería conocer el castillo y me ofrecí como cicerón. E
n su privilegiado enclave sobre el Alberche, frente a sus robustas fachadas y almenas altivas quise mostrarle mis conocimientos de Historia y le conté que allí nació el
Infante Don Juan manuel, nieto de Fernando III el Santo, que escribió el Conde Lucanor, y que más tarde el castillo fue destruido por un incendio, ya en época de Álvaro de Luna. Ella no parecía muy sorprendida por que le explicaba así que también le conté que su amplio patio de armas fue utilizado como campo de fútbol durante unos años y que siendo niño estuve allí viendo un partido del CD Castillo, y como ganó 1-2 con un penalti dudoso en los últimos minutos, algunos seguidores tiraron por el terraplén al árbitro, despeñándole como si fuera un vulgar bandido en tiempos de la Edad Media y aunque algunos le persiguieron logró salvarse corriendo cuesta abajo y cruzando el río a nado, en la fría aguas del Invierno. Ella mostró más admiración por este episodio que por los hechos ocurridos en el Medievo. Uno nunca sabe cómo sorprender a una mujer.

Cuando reiniciamos el viaje ya no hubo silencios, como sabiendo que se acercaba el fin del viaje ( y de la relación) no parábamos de contarnos cosas. De Escalona a Nombela le conté que quería ser profesor y ella me dijo que sería escritora. Yo le pregunté por sus sueños y ella me pregunto por mis historias. Por la carretera estrecha y sinuosa que nos llevaba a Nuño Gómez vimos muchos conejos en las cunetas, algunos al vernos huían pero otros se quedaban en la carretera mirando con curiosidad. Hoy día esa es una imagen inédita pues ni los cazadores encuentran uno aunque revuelvan las tripas de la tierra, pero aquellos eran otros tiempos, cuando había peces en los arroyos, mariposas en los campos y lagartos en las piedras.

De camino a Garciotun pasamos por una dehesa con toros bravos y le dije: ¡ Mira qué bonitos!, me encantan .
Ella se abalanzó sobre mi ventanilla para verlos mejor y su cuerpo se pegó al mío con tal intimidad y calor que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no rodearla con mis brazos y besarla. El corazón no dejaba de llamar a la puerta de mi pecho y cuando se despegó estaba tan confuso que no sabía que decir. Para sobreponerme a la emoción que sentía, y también para impresionarla, le conté que yo corría los encierros (aunque no le dije que empezaba la carrera desde el bar de Frutos y que cuando sonaba el tercer cohete ya estaba casi en la plaza).



Entre risas y complicidades llegamos a Bayuela. Cuando el autobús paró en la plaza yo no estaba aun preparado para la despedida así que simplemente cogí mi mochila y le dije: Me ha gustado mucho conocerte. Entonces no había móviles ni e-mail para intercambiar así que sólo me quedó añadir: Espero que volvamos a vernos. Ella me contestó lacónicamente : Lo mismo digo.Cuando el autobús arrancó me quedé en medio de la plaza como atontado, tan quieto y petrificado que parecía la sombra del rollo, entonces ella sacó la cabeza por la ventanilla y gritó: Me llamo Teresa. Yo estaba tan confundido que no reaccioné, la verdad es que habíamos conectado tanto que no nos había hecho falta darnos el nombre.

Pasaron un par de días y el recuerdo de Teresa no me abandonaba, su imagen no se desvanecía sino que, por el contrario se hacía cada vez más intensa, así que cogí mi BH azul celeste (la única de ese color que había en todo el pueblo) y subí al Real para ver si la encontraba. Otras veces paraba en la media legua para descansar y echar un trago, pero aquel día, a rebufo del amor, subía a toda pastilla sin apenas sentarme en el sillín. Cuando terminé la cuesta, frente al Tico- Tico, sin apenas resuello para hablar pregunté a un grupo de chicas pero no la conocían, fui a la piscina, a las escuelas, recorrí todas las calles del pueblo y me senté durante horas en la plaza por si ella pasaba pero no la encontré. Lo mismo hice en días posteriores pero tampoco tuve suerte. Estuve un poco abatido el resto del verano pero quizá fue mejor así para no estropear un bonito recuerdo. Fue una gran historia de amor aunque solo duró 3 horas y 25 minutos.

P.D.

Si por casualidades del destino estás leyendo este artículo, Teresa, sólo quería decirte una cosa: Me llamo Julián.

LA VERBENA


Desde bien pequeño me fascinaba la verbena, recuerdo que mis padres me llevaron a una que se celebraba enfrente de la Cooperativa. Estaba adornada con ruedas de carro antiguas y tenía un escenario de madera parecido a los "entablaos" que se ponían en las fiestas. Las luces de colores pestañeaban coquetas y la música clamorosa y vibrante me estremecía. Todo aquello me parecía un espectáculo maravilloso, como el "Circo Mundial" que ponían en la Plaza de las Ventas.

Siendo ya un chaval recuerdo la verbena que se celebraba en el Olivar. Me quedaba con mis amigos revoloteando alrededor de la puerta, como moscas en una taza de chocolate. Veíamos entrar a los mozos hablando a voces y fanfarroneando mientras las parejas salían con sigilo, susurrándose secretos al oído. A veces intentábamos colarnos ( una vez me llegaron a sacar de la oreja), pero otras Tío Fanegas se apiadaba de nosotros y nos dejaba pasar cuando llevábamos más de una hora dando por saco. Recuerdo haber visto allí a Los Pekes Brandis , que eran de Hinojosa, su cantante con pelo largo y barba recortada interpretó una canción de la ópera-rock Jesucristo Superstar con un verismo que me impresionó. Todavía hoy sigue tocando en las fiestas de los pueblos (los viejos rockeros nunca mueren), para mí es como el Mick Jagger de la sierra San Vicente.

Pero cuando pienso en la verbena pienso en la cancha polideportiva del CD Castillo, en ningún lugar he sido tan feliz en mi vida como en aquellos 1000 m. cuadrados. Durante la semana jugábamos allí a futbol y a tenis, utilizando como red improvisada una treintena de sillas oxidadas, y luego, sentados en la repisa de la puerta del matadero, hablábamos de chicas e imaginábamos cómo sería el futuro. Pero cuando aquel lugar se convertía verdaderamente en el paraíso de nuestra adolescencia era en las noches veraniegas de los sábados, cuando se celebraba la verbena. Allí crecían a la par, como en el jardín del edén, la alegría y la oportunidad, el amor y la revelación, y todo ello sobre una pradera de cemento que durante el día desgastaba nuestras zapatillas pero que por la noche florecía bajo nuestros pies.

Bailábamos con un entusiasmo y agitación como el de los indios cuando conjuran a la lluvia, aunque lo que nosotros deseábamos de verdad era que precipitaran nuestros sueños. Pero cuando el baile llegaba a su momento culminante era cuando tocaban las lentas. En aquellos tiempos aquella era una de las pocas oportunidades en que podías tener una chica entre tus brazos. Yo en esa cercanía sentía tanta emoción que temía que lo bombeos de mi corazón se transmitieran mediante mis manos a sus caderas, como si mis dedos fueran baquetas que redoblaran sobre su piel.

Un día, durante un descanso del baile, le pedí al cantante de Vieja Banda que tocara lentas, le expliqué que quería sacar a bailar a una chica. Ella acababa sus vacaciones ese día y se marchaba de regreso a Valencia a la mañana siguiente, no volvería verla hasta Navidad (y eso en la adolescencia era toda una vida) .

- El se sonrió y me preguntó "¿Cómo se llama esa chica tan afortunada?.

-María, le contesté algo ruborizado.

Para coger ánimos fui a la barra del bar a pedir un "medio". Como se habían quedado sin vasos limpios, el camarero vació la mitad de la botella de Pepsi en el fregadero rellenando el resto con ginebra. Luego me dirigí a la pista de tenis y me coloqué junto a la línea de dobles como el torero que espera en los tercios la salida del toro.

Cuando se reinició el baile, Ernesto, el cantante del grupo cogió el micrófono y dijo: "Dedicamos esta canción a María ,que se marcha mañana, de parte de un admirador que la echará mucho de menos".

En ese momento me quedé paralizado, no era mi intención mostrar tan a la luz mis sentimientos y me quedé azorado sin saber qué hacer. Si la sacaba a bailar sería evidente para todo el mundo que yo había hecho la petición pero si no lo hacía ella partiría sin saber mis sentimientos. Durante esos segundos de indecisión vi como Víctor Alcázar, uno de los guapos oficiales del pueblo, se dirigía hacia ella y la decía algo al oído. Ella se echó a reír y se dirigió con él a la pista de baile, se fundieron en un abrazo y ella apoyó la cabeza en su hombro en un signo indudable de complicidad. Sin duda alguna Víctor Alcázar se había apuntado el tanto de la canción y más tarde se apuntaría otra muesca en su revolver. Así es la vida, los ligones aprovechan la oportunidad en cuanto se les pone a tiro, mientras los tímidos escribimos poemas de amor.

Mientras el cantante de Vieja Banda silbaba "La muerte tenía un precio" yo sentía, ¡qué paradoja!, que la vida no valía nada. Aquella noche, cuando me metí en la cama, no podía dormir pues durante mucho tiempo seguía escuchando el zumbido de la música en mis oídos y el eco de la derrota en mi corazón.

VOLVER


Yo vivía feliz en Castillo de Bayuela, satisfecho en mi pequeño mundo, convencido de no querer estar en otro lugar, pero en 1981 un primo de mi padre, que había emigrado a América durante la dictadura, le ofreció un trabajo muy bien pagado en una prospección petrolífera de Venezuela. Lo que iba a ser una campaña de un año de duración, se convirtió en un empleo de por vida. Yo tenía 16 años, desde entonces no he vuelto al pueblo.

Dicen que la adolescencia es la patria de todo hombre, pues bien, desde entonces me consideré un apátrida, un bayolero errante y hoy, 30 años después vuelvo a casa, entusiasmado pero lleno de añoranzas, ilusionado pero con miedo de sentirme un extraño, de no ser reconocido, como Ulises de regreso a Itaca. Lo peor del paso del tiempo no es encontrar cambiado un lugar en que viviste sino comprobar que quién más ha cambiado eres tu.

Por la moderna autovía A-5, que entonces era una carretera de sólo dos carriles más conocida como la general, tomo el desvío y me enfrento al "sky-line" del pueblo formado por la sierra de San Vicente y el Cerro y las pulsaciones del mi corazón empiezan a acelerarse, como cuando era un chaval y veía de lejos la chica que me gustaba. Cuando pasé el cruce de Garciotún sentí que se abría una puerta en el tiempo y que, en ese mismo momento, cruzaba el umbral de la memoria, donde habitaban mis recuerdos más lejanos y también los más queridos.

La cuesta ya no tenía las curvas de antaño, algunas de las cuales todavía se podían apreciar en el margen izquierdo, como el meandro de un río que hubiera quedado fuera del cauce. El asfalto, que entonces era rugoso y lleno de baches, ahora era firme y liso como si la carretera se hubiera hecho un lifting, Estaba preparado para ver las cosas cambiadas pero aún no había entrado en el pueblo y ya eché en falta la caseta de los camineros. Aquel edificio de piedra, rematado en sus esquinas de ladrillo, había sido siempre la primera construcción que anunciaba la población, y aunque ya la conocí abandonada y fui testigo de como su techo se rendía, lentamente, cayendo las tejas como lágrimas, era un punto importante en el mapa sentimental de mi adolescencia. Aquel era un lugar habitual para ir de paseo por la noche y detrás de sus muros fumé mi primer cigarrillo, un celtas cortos sin boquilla, el más barato que pudimos comprar en el estanco. Era un tabaco negro de sabor áspero y olor amargo que sólo fumaban los hombres mayores del pueblo, pero entonces nos daba igual porque no nos tragábamos el humo. También allí, jugando a verdad o condición, di mi primer beso, que fue corto en el tiempo pero largo en el recuerdo.

Comprendí que para asimilar todo lo que me esperaba tenía que ir más despacio así qué aparqué el coche en el espacio donde otrora se levantaba la caseta y decidí continuar andando. Al entrar por fin al pueblo vi la casa de Antonio Tofiños, el auxiliar, que estaba tal como la recordaba, sólo faltaba, aparcado a la puerta, el R-12 ranchera de color blanco con que llevaba a misa a sus hijas, tan bellas, tan encantadoras, que a mi aquel Renault en vez de un coche me parecía una carroza real. Yo las espiaba desde la báscula de camiones que estaba enfrente, ahora ya marchita y oxidada. Desde su techo, en las noches de verano, contemplaba sus ventanas y cuando apagaban la luz me tumbaba, miraba al cielo y avistaba las estrellas fugaces deslizándose por el firmamento como gotas de agua sobre el cristal.

Las calles conservaban su trazado y algunas casas permanecían, pero las más antiguas, aquellas de adobe y piedra encaladas de blanco habían desaparecido y habían sido sustituidas, con mayor o menor fortuna, por construcciones de ladrillo o simplemente revocadas, cubiertas con otros colores, entre el amarillo y el ocre.

La plaza también había cambiado, hasta el ayuntamiento era distinto, sólo quedaba un dintel de piedra de la antigua construcción, que a su vez era un recuerdo del concejo primitivo. Sólo el rollo se mantenía imperturbable, testigo de muchos cambios, como una marcapáginas de piedra que se deja en el libro de la historia para saber por donde seguir leyendo. Recordaba los poyos donde Tío Blas, desde primera hora de la mañana, silbaba sus alegres canciones y saludaba con cariño a los vecinos, como si fuera el heraldo del nuevo día, el profeta de lo cotidiano.



En la plazuela me sorprendió ver al verraco rodeado de una valla, como si estuviera encerrado en una cochiquera. En mis tiempo estaba sólo, rotundo, elevado sobre un podio por el que los niños escalábamos con difícultad hasta cabalgarlo. Había una manera arriesgada que consistía en ir corriendo y subir del impulso, de ese modo, un día, taloné mal y estrellé mi cabeza contra sus testículos de piedra, un chichón enorme recordó todo el verano mi osadía y más tiempo aún las risas de los demás.

Miles de recuerdos se agolpaban en mi mente pero me costaba encajarlos en ese nuevo escenario. Empecé a tener una sensación extraña, como si fuera un intruso en aquel lugar, como si ya nada tuviera que hacer allí, y pensé que quizá Joaquín Sabina tenía razón al cantar "Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Decidí marcharme, sin que nadie me viera, para no volver jamás, pero ya que iba a ser la última vez, subiría al cerro como despedida.

Por el camino de la Fuente Arriba, quebrado y antiguo, jalonado de piedras poderosas y alcornoques fornidos, pensé que el hombre envejece y se arruga mientras los pueblos se modernizan y rejuvenecen, corriendo en direcciones opuestas, pero la naturaleza siempre está ahí, permanente, invariable , metáfora de la eternidad , y empecé a sentirme más confortado, más seguro, arropado por imágenes que reconocía y que no habían cambiado desde mi infancia: la sillita de la reina, el faratón del moro, la fuente sarmiento... Coroné el cerro y atravesé murallas milenarias que me hablaban de pueblos antiguos que existieron mucho antes que yo, y la Torre Castilla, vieja pero orgullosa, alzada por árabes y cristianos para que yo ahora la viera, me decía que yo también pertenecía a ese lugar.

Desde las lancheras, bandera de musgo y piedra, que ondea sobre Bayuela, contemplé las casas apiñadas y las calles torcidas, los campos desnudos y los caminos vacíos y sentí que todo seguía igual. Desde aquella distancia el pueblo parecía el mismo y en mi corazón no habían pasado los años, y entonces volví a sentirme bayolero, y volví a sentirme un chaval.





EL DÍA QUE MANUEL CONOCIÓ EL MAR"


El día que Manuel conoció por primera vez el mar le pareció una mierda.

Tenía 8 años y apenas había salido del pueblo, aunque esto a él no le preocupaba pues allí se sentía feliz. Su padre, sin embargo, pensó que ya era el momento de que su familia tuviera unas vacaciones de verdad y decidió llevarlos a la playa. Y así, un cálido día de Agosto, salieron de madrugada con el 850 azul cargado de maletas y el corazón de ilusiones.

Al llegar a la costa a Manuel le llamó la atención lo grande que era el mar pero le decepcionó su color ceniciento que nada tenía que ver con el azul radiante con que le pintaban en la escuela. Además le pareció tremendamente aburrido, no había árboles donde subirse, ni montañas donde esconderse, no había caminos ni ríos, no había nada, tan sólo arena y olas, y estas iban y venían con una monotonía que le recordaba el vaivén de la mecedora de su abuelo. También le desilusionó el hecho de no poder ver los animales marinos, pues en el pueblo jugaba con los perros y corría tras los gatos, pero allí no podía contemplar al bizarro pez espada haciendo esgrima con la espuma, ni al calamar gigante tocando varios instrumentos como un hombre-orquesta, ni al temible tiburón labrando con su aleta el océano.

Desencantado, se puso a caminar, cabizbajo, observando las huellas que dejaba la gente como puntos suspensivos sobre el renglón de la laya. De repente se chocó con una niña que corría en dirección contraria, ella tampoco le había visto pues tiraba entusiasmada de una cometa y miraba a lo alto. Cayeron ambos al suelo, y Sebastián, que estaba malhumorado, le iba a reprochar su acción cuando ella se echó a reír con todas sus ganas y entonces a Manuel, al ver sus ojos chispeantes y su risa encantadora, se le pasó el enfado de repente. Le ayudó a levantarse mientras ella se sacudía la arena del cuerpo con coquetería.

- Perdona, le dijo, no te vi.

- No pasa nada, yo tampoco iba atento, le contestó con algo de timidez.

- Cuando vuelo la cometa es que me olvido de todo. ¿Quieres probar? es muy divertido, ¡Venga inténtalo!

Manuel no estaba muy convencido, pero ante su insistencia cogió los dos hilos como ella le dijo y al momento, como si tuviera vida propia, la cometa se elevó rápidamente, surcando el cielo sin esfuerzo, con la sencillez de una nube, con la elegancia de una rapaz. Con su larga cola multicolor dibujaba garabatos en el cielo y le pareció que era la cometa quien le llevaba a él y no al revés. Sus brazos acompasaban sus movimientos por el cielo como si estuvieran bailando y la música era el viento. Durante unos minutos quedó absorto siguiendo el zigzag de la cometa como si esta fuera el péndulo de un hipnotizador y cuando salió de ese estado de trance le devolvió la cometa y con verdadero agradecimiento le dijo:


  • ¡Genial! ha sido genial.
  • Me alegro de que te haya gustado, me llamo María ¿Vienes conmigo?

No pudo decir que no (ningún hombre dice a una chica que no) y ella le tomó de la mano y le llevó a coger conchas por la playa, y aunque a él le parecían todas iguales, ella encontraba las más raras, con los brillos más vivos y las vetas más preciosas. Y a veces, entre todas ellas, encontraban un trozo de vidrio tallado por las olas y pulido por la sal y decía: ¡Mira! un diamante, si era un cristal transparente, o ¡Mira! una esmeralda si era el trozo de una botella de champan.

Al terminar el paseo el cubo de plástico estaba lleno de tesoros y Manuel tenía una sensación de bienestar y alegría que le sorprendió, y pensó, por primera vez, que quizá el mar tuviera su gracia. Este sentimiento fue efímero pues se escuchó una voz requisitoria que clamaba: ¡María! ¡Vamos!, Tenemos que irnos.

Ella encogió los hombros tiernamente e hizo un mohín de tristeza con la boca tras lo cual dijo: Me llaman mis padres, ya nos veremos, dio media vuelta y se marchó. Nunca más volvió a verla.

De vuelta al pueblo Manuel se acordaría muchas veces de ella, sin embargo nunca echó de menos el mar. Era lógico, su pueblo, en la sierra de san Vicente, era el lugar de España más alejado del mar, y Manuel era fruto de la montaña, un hijo del interior. Se crió entre pendientes y cuestas y lo rectilíneo le parecía aburrido, él no estaba hecho para la horizontalidad. Para Manuel pasado el Alberche todo le parecía playa y la Mancha era como el mismo mar.