viernes, 18 de octubre de 2019

AGUA






El hombre siempre soñó con volar y aunque lo consiguió en parte, mediante artefactos como el globo o el   avión,  seguimos envidiando a los pájaros que pueden hacerlo a voluntad y  planean libres describiendo caprichosas geometrías por el cielo.   Pero ya que el hombre no puede volar de manera autónoma la sensación que más se le parece es  nadar. Cuando te tiras al agua ya estás volando, aunque sea solo  un segundo, y cuando te sumerges tu cuerpo ya no pesa y te deslizas suave o haciendo piruetas, como  las golondrinas que anidan bajo el tejado de la iglesia. He disfrutado mucho dentro del agua y  cuando era pequeño, mientras buceaba, tenía una sensación de ingravidez que me encantaba, e intentaba andar sobre el fondo de la piscina como si fuera un astronauta caminando sobre la luna.
Cuando era un niño no teníamos fácil bañarnos  en el pueblo, así que  íbamos a refrescarnos bajo el Puente Romano, donde apenas cubría hasta las rodillas (aunque a mi madre le daba miedo porque allí había muerto un niño ahogado hacía tiempo  )  o a la charca que quedaba junto al molino del arroyo Guadamora donde  a veces corría un hilillo de agua pero otras estaba  estancada. El verano se hacía caluroso, la tierra se cuarteaba como un pergamino y las chicharras parecían quejarse a coro con su canto febril.
Por eso la gran alternativa era el  río Alberche, pero en bici tardábamos  media hora en llegar y haciendo dedo, dependía de la suerte, pero el viaje merecía la pena.  Allí nos divertíamos enormemente, nadábamos contracorriente, moviendo los brazos alocadamente, haciendo un molinillo de gotas y espuma, o nos dejábamos llevar por la corriente como un águila suspendida en el aire mientras espera su presa. A veces, después de bañarnos, nos acercábamos a ver la piscina de la urbanización de  la “Atalaya”. A mí me parecía la más bonita del mundo, como las que salían en las películas americanas. Realmente eran dos, una para niños y otra para mayores , tenían forma ovalada, pero lo más chulo era que estaban conectadas por un pequeño túnel y se podía pasar de una a otra buceando. Era una piscina privada para los residentes en la urbanización, pero un día Isa, la hija del practicante, nos vio y nos invitó a pasar a mi amigo Jesús y a mí. Fue una experiencia increíble, sentía que vivía  el mayor de los lujos, con su agua transparente y sus azulejos  resplandecientes que parecían reflejar el cielo.
Hoy en día todos los pueblos  tienen  su piscina municipal y un montón de piscinas particulares, por lo que ya no nos    llama la atención, pero en mi niñez me habría parecido estar viviendo en el paraíso.  Sin embargo  ahora,  la piscina de la Atalaya está ya abandonada pero aún mantiene el recuerdo de la belleza que tuvo  entonces  como las ruinas de una monumento antiguo.

De adolescente, pasé un verano de campamento  en Piedralaves junto a “La Charca de la Nieta”, que era una piscina natural formada por  un muro de contención, un azud hecho por los molineros, que  retenía las frías aguas de la garganta de Nuño y formando un enorme embalse de agua con bastante profundidad . Era un lugar precioso, todo rodeado de pinos altísimos y unas  grandes piedras de granito desde donde nos tirábamos al agua. Una tarde que acabábamos de merendar tuve la ocurrencia de tirarme de cabeza desde una de las que mayor altura tenía, pues había unas chicas del pueblo tomando el sol a lado y no podía dejar pasar la ocasión de mostrar mi valentía. Di uno de mis mejores saltos pero nada más sumergirme empecé a sentir que me desvanecía, el agua venía muy fría de las fuentes de Gredos y el bocadillo de queso todavía  a medida que profundizaba mi cabeza se iba perdiendo, notaba que me  desvanecía y pero sentía temor sino una cálida sensación de sueño y 
Cuando sea viejo sé que me dolerán  las articulaciones y los músculos ya no  darán juego,  los movimientos serán cada vez más complicados  y el trayecto  que va desde la plazuela hasta  la Iglesia se convertirá en una peregrinación , en una expulsión al destierro . Entonces seguiré metiéndome en el agua  aún con más deseo porque allí me sentiré más joven , más ligero. Y el día que ya no pueda nadar, me meteré por última vez en el agua, en un río, en el mar , y dejaré que mi cuerpo se hunda hasta el fondo y, esperando la muerte como aquel día en la charca de la nieta. Si mi cuerpo nunca pudo surcar el cielo al menos mi alma podrá  por fin podrá batir sus alas libre y volar libre por el firmamento.






EVASIÓN





De adolescente el colegio  fue  una cárcel para mí. Yo  era movido, soñador,   inconstante y no podía soportar pasar tantas horas  sentado en el mismo sitio. Los pupitres eran dobles  y los alumnos parecíamos bueyes unidos en  una yunta, condenados  a arar todo el día la misma tierra, nuestro cerebro. Quizá ese  era el único camino de adquirir cultura pero a mí me parecía que siempre íbamos por el mismo surco.  A ello se unía el fastidio que me producía  vivir en Madrid,  añoraba cada instante  los campos sembrados  y las calles empinadas de Bayuela .
Cuando el resto de mis compañeros seguían en el libro las líneas que leía el profesor, yo miraba por la ventana los cables de la luz, que me parecían renglones, y los pájaros que se posaban en ellos eran  signos de puntuación esperando palabras  para poder volar. Más allá  de  los edificios, más allá de los ladrillos barnizados de humo  y los cristales grises, veía unas nubes  lejanas e imaginaba que en ese momento sobrevolaban Bayuela y eso me hacía sentir algo mejor.
Un día, en clase de matemáticas, mientras Don Leovigildo desarrollaba un problema en la pizarra, y yo estaba absorto en estos pensamientos, alguien cogió sus gafas de la mesa y las pasó al compañero de atrás, y así fueron pasando  sucesivamente de pupitre en pupitre , pero luego  la cosa se fue animando y pasaban de una fila otra cruzando el cielo de la clase describiendo parábolas imposibles . En uno de los vuelos  llegaron  hacia donde yo estaba y al intentar cogerlas,  para que no se cayeran,  me quedé con una patilla en la mano. Toda la clase estalló en una risa estruendosa y cuando el profesor se dio la vuelta me pilló, como a un pasmarote, con sus gafas en una mano y con la patilla amputada en la otra. 
Aunque le dije que yo no había sido, D. Leovigildo me castigó sin remisión a estar sin  recreo una semana, y como era hermano salesiano además de profesor de matemáticas, me obligó a copiar con buena letra  el  “Levítico”, el libro más aburrido del Antiguo Testamento. Aquellos días se me hicieron   insufribles pues  yo necesitaba correr y estar al aire libre, y sin embargo estaba allí enterrado en vida.  Sentía agobio  y tristeza a partes iguales y la pizarra me parecía el muro lóbrego  de una prisión donde pintaba rayas con  tiza por cada  día de encierro, como si fuera el Conde de Montecristo.
Pero el viernes, cuando por fin sonó el timbre a las 5 de la tarde, me pareció escuchar las campanas de la torre llamando a arrebato. Salí disparado hacia la puerta del colegio, donde me estaban esperando mis padres, en el pequeño SEAT 850 especial, con todo  preparado para ir al pueblo. A medida que íbamos saliendo de Madrid se iba liberando el peso que me oprimía  el pecho y al cruzar el límite de la provincia, donde una gran espada custodiaba el cartel “ Bienvenido a Toledo “ me sentí como un exiliado  que volviera a su patria después de un largo destierro.
Maqueda y su castillo eran para mí  el anuncio de que Bayuela estaba ya cerca. Mi padre solía parar allí a echar gasolina, pero  yo no quise bajar ni a hacer pis para no demorar ni un minuto la partida. Continuamos el viaje y cuando por fin llegamos al cruce y dejamos “la general” mi corazón se desbocó al enfilar hacia la Sierra de San Vicente. Al pasar por el puente del río Alberche le pedí a mi padre que me dejara allí,  como si fuera un “espalda mojada”  que volviera a cruzar el río Colorado, de vuelta a casa,  decepcionado por el sueño americano. Desde allí fui corriendo hasta Bayuela, necesitaba desfogarme, sentirme libre otra vez  , contemplar la línea de horizonte sin interrupciones de edificios ni coches, tan  solo    encinas y unas vacas pastando a su sombra.
Cuando tienes 13 o 14 años , con una energía desbordante y un mundo maravilloso que está ahí  para descubrirlo, se hace difícil estar sometido a  tantas horas de disciplina y magisterio, a la monotonía  del horario de clase  y al reducido espacio  de un aula escolar. Por eso, ahora que soy profesor, cuando estoy en clase y veo a un alumno despistado, con la mirada perdida en el cielo, no le regaño ni afeo su conducta sino que me da gana   de abrirle la ventana para que pueda echar a volar.

CIGARRILLOS


He sido fumador ocasional, me podía pasar semanas enteras sin probar un cigarrillo, pero a lo mejor un sábado, con los amigos, me fumaba un par de ellos. Sé que es malo y desaconsejo hacerlo, pero he de reconocer que el tabaco ha  tenido siempre en mi vida  un atractivo estético, un encanto poético.
La primera vez que fumé, con 10 u 11 años, no fue un cigarrillo, sino una caña que cortamos dos o tres amigos del pueblo, al lado del Canto de los Enamorados. No sé a quién se le ocurrió la idea, pero teníamos ganas de experimentar y sentirnos mayores. Había que aspirar mucho para sacar humo  y daba un picor horrible en la garganta. Como la experiencia no fue muy exitosa, dimos un paso más en nuestra escalada hacia el vicio y la perdición, fuimos al estanco, que entonces estaba en la Calle Larga y compramos un paquete de Celtas Cortos. Era el más barato, pero cómo no nos tragábamos el humo daba igual su calidad, lo malo era que al no tener boquilla  se te pegaban las hebras a la lengua.
Me pareció divertido y pensé que cuando fuera mayor iba a fumar. No entendía mucho del tema, tenía la idea peregrina de que el tabaco negro lo fumaban solo los hombres, mientras que el rubio se había inventado después,  para que pudieran fumar las mujeres, pero decidí que fumaría “Rex” como mi profesor Don Ángel de 6º de EGB o “3 Carabelas” porque tenía un diseño muy bonito con los tres barcos en dorado sobre un fondo rojo. Luego fui descubriendo otras marcas, pero sin duda las más seductoras eran el Palmeiras, que tenía el papel oscuro con un ribete dorado en la boquilla, y sobre todo  el More, fino, alargado y de color caoba, la aristocracia de los cigarrillos.
Como era difícil encontrar estos pitillos en el estanco y además eran caros, la única  manera de conseguirlos era como  trofeos  tirando con las escopetillas en las fiestas de Bayuela. No  vayan a pensar que era una barraca de feria con su mostrador y todo, la cosa era mucho más artesanal,  de andar por casa. En la plaza, en la puerta de los cosiles, se ponía un hombre mayor con una  especie de maleta gigante  sobre unas patas de metal. Los blancos eran cigarrillos pinchados en un  palillo, tapones con anillos de bisutería y bolas de chicle de diferentes colores, que le daban algo más de vistosidad al puesto. Y allí de pie, si poder apoyarse en ningún sitio disparábamos como podíamos,  a veces se cruzaba gente por delante, como si estuviéramos en un Saloon del  Oeste. Tras conseguir el botín, lo llevábamos de medio lado en la comisura de la boca, como si fuéramos unos dandis,  luciéndolo con chulería delante de las chicas.
 Y es que, en mi caso, estaba muy relacionado el acto de fumar con que hubiera chicas delante. Me sentía más seguro, menos azorado  si tenía un cigarrillo en la mano. Recuerdo a María, una chica atractiva y distante, cuando quería fumar me pedía que me encendiera un cigarrillo, ella solo quería darle unas caladas, luego me lo devolvía y cuando mis labios se posaban en la boquilla todavía quedaba sabor de su boca, aquello me parecía un ejercicio de sensualidad sublime, una acto de complicidad maravilloso. Esos cigarrillos fumados a medias eran como  besos a través de una carta donde se imprimen los labios pintados con carmín, como acariciarse con la ropa puesta. Nunca tuvimos nada, pues  yo no jugaba en su liga, pero aquello inflamaba mi pasión y hoy  aviva mi nostalgia.
Como dije al principio, he sido un fumador social, encenderme un cigarrillo  era una manera de festejar  momentos especiales en la vida,  como lanzar cohetes en las fiesta del pueblo.  Los cigarrillos que más he disfrutado han sido en una buena charla con amigos, viendo partidos de futbol  o jugando al mus, donde dar una calada te daba la pausa necesaria para pensar la jugada y luego cuando exhalabas el humo creabas un halo de misterio que envolvía a tus contrincantes, y  que aprovechaba, muchas veces, para pasar seña. Cuando prohibieron fumar en los bares dejé de jugar al Mus.
Y ahora ya no fumo, pero mientras escribo esto tengo en la boca un cigarrillo de plástico, de esos de mentira que saben a mentolado y venden  en las farmacias. Me hago la ilusión de que echo humo, aunque en realidad  es el vapor de los recuerdos.

BICICLETAS


Cuando iba a cumplir  8 años le pedía mi Tía Florinda que me regalara una bicicleta, como todos los demás chicos de aquella época quería una  BH (Beístegui Hermanos, marca española). Cuando aquella mañana del 31 de Julio me levante y vi en el corral de mi casa la bici que me había traído, mi reacción no fue de alegría, más al contrario de cabreo y decepción:¡ la bici era de color azul celeste! Era una bici para chicas. Mi tía me explicó que a esas alturas del verano apenas quedaban bicis, (y eso que había ido a comprarla a “Mundial radio” en Talavera) y  era la única que tenían disponible,  si quería podía cambiarla pero tendría que  esperar una semana a que llegara una nueva remesa. Como las ganas de estrenarla eran mayores que las cuestiones estéticas, terminé aceptándola, aunque  un poco a regañadientes.

 Pasado un tiempo me alegré de habérmela quedado: no era tan chula  como la  Andrés Deza, que era blanca con las banderas del real Madrid a ambos lados de la rueda delantera, o la de Placi que tenía el manillar  tipo chopper y unos flecos de cuero colgando de los agarradores, pero tenía un color azul cielo que nadie más tenía en Bayuela y jamás volví a ver . además de diferente era útil, cuando estaba jugando con los chicos en la plaza y me tenía que ir a casa, la encontraba a la primera entre la más de una docena de bicicletas, todas iguales, que había recostadas en  los poyos del ayuntamiento.Con esa bici aprendí a montar, pero como Bayuela está llena de cuestas, tuve que hacerlo,  como muchos, en el campo de fútbol. Mi padre me llevaba agarrando el trasportín y  cuando pude dar las primeras pedaladas sólo, sentí la emoción que ha tenido el hombre a lo largo de la historia  cuando ha superado los límites de su  cuerpo y ha conseguido hazañas como volar.

Una vez, tenía roto el freno delantero y bajaba a gran velocidad, quise frenar pisando con las suelas de mi John Smith directamente sobre la cubierta pero cuando quise torcer en el cruce de Garciotún no pude y  salí recto volando, aterrizando sobre el barbecho, quedándome todo el cuerpo sembrada de arañazos.  Lo peor es que rompí un polo Lacoste blanco que llevaba puesto, que aunque ya estaba viejo y muy pasado, le tenía mucho cariño.

En torno a los 25 años me apunté a la moda de la “mountain bike” que iba perfecta a mi gusto: ir por  el campo y hacer el cabra.  Me compré una Bianchi, italiana.  Muchas veces me seguía Linda, la perrita de mi madre, y aunque en las cuestas abajo la perdía de vista luego en las cuestas arriba me cogía, aunque tenía las patas cortas, pues  su ritmo era incansable. Un día iba por el Cordel y cuando quise torcer para ir al Puente de los Pilones, se me atravesó, y por no pillarla frené en seco y me caí encima de la bici. Me clavé el manillar en el pecho y me  quedé sin aire,  pensé incluso que me había roto alguna costilla pues me salió un moratón considerable. Volví andando al pueblo porque me dolía mucho al respirar y Linda iba detrás  mí, a un metro de distancia, apesadumbrada, como si supiese que había sido por su culpa, y aunque yo la llamaba con dulzura, no quería acercarse.

He tenido otras bicis (las cosas cada vez duran menos) y ahora tengo una Scott, americana, con la que sigo saliendo de vez en cuando,  aunque cuando llego a una cuesta muy empinada, lo reconozco, me bajo y la llevo empujando, pero sin ningún complejo, pues cuando era chaval y alguna vez se me atravesaba subir  la cuesta del Real y me bajaba , me volvía a subir rápidamente si escuchaba venir un coche.
y
Y cuando sea viejo y mis fuerzas no consigan ya enderezar una bicicleta y ponerla en movimiento,  pedalearé sobre una bici estática en el salón de mi casa, sin peligro de accidentes pero esperando  la última de las heridas (la muerte es tan superior que te da toda una vida de ventaja) pero todavía cerraré los ojos, extenderé los brazos y creeré que soy joven y puedo volar

miércoles, 13 de junio de 2018

LA BELLEZA




Cuando era pequeño, mi madre decía que yo era el niño más guapo del mundo y yo lo creí pues ella nunca mentía, pero cuando en 3º de EGB   las niñas de mi clase votaron que el niño más guapo del curso era Raul Galíndez me llevé una gran decepción. Mi padre, para consolarme me dijo: “Un hombre vino al pueblo vendiendo gustos y nadie le compró ninguno  porque todos tenían ya el suyo”. Me quería decir que el concepto de belleza era una cosa subjetiva, pero yo sabía que no era así. Poco después  me enteré de que los Reyes Magos eran los padres, así que abandoné la niñez con la inocencia rota  y con la conciencia de que la vida no iba a ser tan de color de rosa como yo imaginaba.

Con 12 años, al inicio de  la pubertad ,me empecé a preocupar más por mi aspecto, recuerdo que cuando pasaba por la amplia ventanales de la Cafetería “Dos Plazas” disimulaba como que estaba viendo quien había dentro pero, en realidad, me miraba para ver si estaba bien peinado. Con esa edad cualquier pequeña imperfección, unas orejas un poco despegadas, unos centímetros de menos o unos  granos de más   suponían un grave revés en tu autoestima, así que yo no estaba muy contento con mi tabique nasal virado hacia afuera. Ese mismo año me habían dado un cabezazo haciendo Judo y me desviaron ligeramente la nariz. No era  aparatoso como para hacerme parecer un boxeador pero era lo suficientemente evidente para que se notara y la gente me preguntara. De hecho mi tocayo y quinto Juli “Chaparro” , con la gracia que le caracteriza, me puso el mote de “Judoka” y me decía con guasa: “Deja ese deporte, muchacho, que un día te vas a partir la crisma”.

Ese verano estaba con mi Tío Arturo en el “Reguero Bastián” y después de quitarle las alforjas y el cabezal al burro  me dijo que le llevara a beber al caño que había al final de una cuesta .Sabía que me hacía ilusión montar a pelo, pero el burro no compartía el mismo deseo y al verse libre de ataduras y  montado por un jinete inexperto empezó a correr alocadamente hacia el chorro de agua fresca y cuando llegó a la fuente frenó en seco. Salí por las orejas aterrizando con mi cara del suelo. Me golpeé la nariz e inmediatamente se me hinchó y puso roja (es verdad que la tengo un poco grande pero también es mala suerte que  todas las hostias vayan a parar  siempre al mismo sitio). Pensé que la gente me iba a tomar por Cyrano de Bergerac, el chico de la nariz grande que escribe poesías a las chicas, pero pasados unos días y habiéndose reducido la hinchazón comprobé con gran alborozo que la nariz , del golpe, se me había puesto milagrosamente recta. Así, una semana después, el día de mi decimotercer cumpleaños lo celebré muy feliz,  con una nariz mejorada que  podía mostrar y una historia divertida  para poder contar (hoy lo hago por enésima vez).

Cuando eres joven, tienes  una imagen idealizada de ti mismo, obtenida quizá después de atusarte un buen rato delante del espejo, por eso luego no te ves bien en las fotos que te han sacado a traición y nos esforzamos en ponernos serios y con nuestro mejor perfil cuando nos apuntan con una cámara . Todos menos mi amigo Luis que, quizá por ser guapo sin intentarlo, le parecía ridículo posar y  siempre salía haciendo muecas o sacando la lengua.

Sé que me hice mayor cuando dejó de preocuparme el estar guapo  y me veía bien en todas las fotos. Te aceptas como eres pero además  te das cuenta de que la vida hace justicia con la belleza: con el tiempo los guapos ya no lo parecen tanto y sólo pueden perder, mientras que los  normalitos, los corrientes, los feos, cuando se acostumbran a nuestra cara ya no  desagrada e incluso  puede llegar a parecer original.

Finalmente, cumplidos ya los 50, me preocupan más otros aspectos  de la vida y cuando me miro al espejo no me veo ni guapo ni feo, solo me veo viejo

NO LEAS ESTAS LÍNEAS SI ESTÁS TRISTE




No leas estas líneas si estás triste o has cumplido más de 60. No leas este artículo si estás afligido o te sientes viejo,  pero tampoco  si eres joven y feliz…








…NO SIGAS LEYENDO.













Con este párrafo en blanco te he dado la oportunidad  de que lo dejaras y siguieras ojeando tranquilamente el “Aguasal”. No quiero  amargarte la existencia. Todavía estás a tiempo de leer el artículo de Robert que siempre  te contagia su buen humor (Roberto hace pan también con las palabras pues todo lo que dice tiene mucha miga). O si prefieres puedes leer el artículo de Gogar pues sus pensamientos  destilan  un deseo juvenil de cambiar el mundo. Porque yo suelo escribir de la adolescencia, ese lugar  feliz a donde vuelan  los sueños  pero no anidan las penas. Pero hoy no me da la gana, m e he levantado cruzado y voy a hablar de la vejez y la muerte.
Cuando yo era niño, había un abuelo que se sentaba todos los días del año en los poyos del ayuntamiento, con la cabeza apoyada sobre la garrota y la mirada perdida en el horizonte de las agujas de la calle de Prisco. Permanecía en esa postura horas y horas, y cuando alguien pasaba por delante y le saludaba, le  devolvía el saludo levantado ligeramente la cabeza  pero sin mover ningún otro  músculo de su cuerpo. Se podría decir que no dormía ni comía pues a  cualquier hora le podías encontrar  allí, como una estatua.
Un día me senté a su lado, y pasado un  rato en el que parecía no haber advertido mi presencia, le pregunté porque nunca se movía, él me contestó: “Estoy viejo y cansado, hijo, sólo tengo fuerzas para soplar las velas de los cumpleaños  y enterrar a mis amigos”
 Creo que no se movía para burlar a la muerte, como queriendo mostrarle que  su vida era insignificante y que no le merecía la pena llevárselo.  Pienso que se camuflaba en los poyos para que la muerte le confundiera con la sombra  del rollo, aunque el rollo se mostraba siempre recto y orgulloso y  él cada día  más encorvado y abatido.
Un verano volví y no lo encontré. Esperé que tan sólo estuviera pachucho y que cuando mejorara volvería a ocupar su lugar en la plaza, pero pasados unos días, temiéndome lo peor,  pregunté por él y me confirmaron que había fallecido . Por desgracia la muerte nunca olvida, nunca se despista, nunca perdona. Como oí decir a  Apolonio un día en la barra del bar: “Los jóvenes también mueren, pero es que los viejos no queda ni uno” .Durante un tiempo la plaza se me hizo extraña sin él, como cuando quitan los entablados después de las fiestas.
Si comparamos la  vida de un hombre con el periodo de tiempo de una semana, podríamos decir que la Tercera Edad es como un Domingo, es el final de todo,  un tiempo de descanso y  vacío. A mí nunca me gustaron los domingos, ni en  vacaciones, porque es un día en que todo lo emocionante  ya ha pasado (el viernes, el sábado) y desde que  te levantas tienes una sensación de  resaca, por el alcohol o por los recuerdos, que  ratifica la idea de  que todo lo bueno se  termina.  
La vejez es  un domingo por la tarde y la muerte un lunes eterno.

viernes, 29 de septiembre de 2017

DON MANUEL




En 1971 , cuando empecé  el colegio, mi primer profesor fue  Don Arturo, un hombre riguroso e irascible que lucía un bigotito recortado y fascista que subrayaba su mal humor. D. Arturo era muy estricto y todavía utilizaba el castigo físico como práctica educativa. La dictadura franquista  estaba cercana a  su fin pero todavía quedaban  retazos  de una forma cuartelaría de ver la vida.  Aparte de algún “regletazo” en la mano cuando no te sabías la lección, en ocasiones utilizaba una práctica cruel cuando dos alumnos hablaban: “El cascanueces”.  Te llamaba a su mesa junto al compañero con el que estabas  hablando, te cogía de las patillas y te levantaba del suelo , y apenas puesto de puntillas, cuando  estabas semiflotando  como una marioneta,  golpeaba las dos cabezas. Regresabas a tu sitio sin ganas de volver a hablar pero también sin ganas de aprender, sin ganas de pensar, pues tenías dolor de cabeza hasta el final de la clase.

Un día que había traído los ejercicios sin terminar, porque no sabía cómo se hacían,  me expulsó al pasillo (cuando te echaban de clase, el pasillo resultaba un lugar inhóspito y frío, que no te auguraba nada bueno, como el corredor de la muerte), y me dijo que no me dejaría entrar hasta que no los tuviera bien hechos. Asustado ante esa perspectiva  me escapé del colegio y me fui a mi casa pues   vivía muy cerca. Llegué llorando y le rogué a mi madre  que me los hiciera y aunque me reprendió por haberme escapado, no pudo menos que ayudarme ¡era tan buena!. Cuando volví a clase y se los di a D. Arturo, les echó un vistazo inquisitivo y luego me pegó un capón. Pensé que quizá mi madre se había equivocado en algún ejercicio, pero salí de dudas cuando me dijo: “Ves como tenía yo razón, no los habías hecho porque no te había dado la gana”. La verdad era que las matemáticas se me daban mal, fatal,  con ellas siempre me pasó  como con   las mujeres: por mucho tiempo que las dedicara, nunca las comprendí. Y  así ocurrió que algún verano me amargaron la existencia (las matemáticas, no las mujeres).

Al curso siguiente la cosa cambió radicalmente. Tuvimos a D. Manuel, un profesor alegre y progre que lucía una  larga barba  y vestía rebecas coloridas de sabor hippy. Su pedagogía era totalmente distinta, un  adelanto de los nuevos tiempos que iban a llegar, se basaba en crear un ambiente de libertad y participación  en clase que  resultaba muy estimulante. En lugar de colocarnos en clase por apellido o por calificaciones, como se hacía todavía en algunos colegios, intercalaba alumnos buenos con otros a los que les costaba más seguir las clases, para que unos ayudaran a los otros. No enseñó a jugar al ajedrez, que entonces era algo totalmente inusual e innovador.  A mí me tenía mucho cariño y me llamaba “El imaginativo” porque siempre estaba inventando historias  y hacía  preguntas raras. Al siguiente curso, con gran pesar, descubrí ya no estaba en el colegio. Alguien nos comentó que se había marchado a trabajar a Francia. Quizá la Directora no entendió sus métodos y él  tuvo que buscar otros caminos. Yo le eché mucho de menos.

 Algunos años después, estando en el patio del colegio,  aparcó al otro lado de la valla un Citroen DS de color negro cuyo morro alargado le daba el apelativo de  “Tiburón”. Me pareció el coche más bonito que había visto en mi vida (la verdad es que en aquellos años no había mucha variedad más allá de los SEAT)  y me pareció un adelanto de la técnica, pues aunque ya había parado  seguía bajando lentamente de nivel mientras emitía un resoplido que le hacía parecer  un una nave espacial. Pero mi capacidad de asombro fue aún  más lejos  cuando vi salir del coche a D. Manuel. Después de abrazarnos a todos,  nos explicó que  había estado  recorriendo toda Europa por trabajo y  en su tono didáctico habitual nos dijo: “Viajad chicos , viajad todo lo que podáis. Viajar es mejor que comer, viajar es mejor que estudiar. Si el colegio es la mejor gimnasia para la mente, viajar es el atletismo del alma”.   


Es incalculable  la huella que un buen profesor puede dejar en sus alumnos. Fue por Don Manuel que me dediqué a la docencia. Fue por él que mi primer coche fue un Citroen BX de segunda mano, que aunque no tenía el perfil curvilíneo y sensual del “Tiburón” conservaba la suspensión hidroneumática autonivelable que tanto me impactó de pequeño. Con ese coche, siguiendo sus enseñanzas, hice un viaje en solitario por Portugal, sin itinerario marcado ni ruta definida, durmiendo por las noches en pensiones baratas  y moteles marchitos, viviendo por el día entre ciudades seculares  y monumentos eternos.